Pocas cosas sabíamos del ministro Quiroz cuando llegó a Hacienda, pero una de ellas, sin duda, era que las palabras formaban tanto o más su mundo que las cifras: autor de varias novelas, articulista, polemista de fuste, el economista y escritor Sebastián Edwards recomendaba sus informes y papers como los mejor escritos de la profesión, y sus colegas mismos, los que lo admiran y los que lo temen, alaban sin ironía el cuidado de su prosa.
Poseedor de un vocabulario amplio en varias lenguas, es imposible que ignore que “descontinuar” significa, simplemente, no continuar, y tampoco puede desconocer que en ese horrible español administrativo y sociologizante de las circulares y las minutas existen mil maneras de decir “reevaluar”, “reformular”, “reconducir”, “reasignar” sin tener que llegar al definitivo y definitorio “descontinuar”. El propio Quiroz terminó admitiéndolo en Radio Infinita: que tal vez la palabra precisa era “reformular”. Tal vez. Dos semanas después.
Pero hay algo aún más raro. En esa misma entrevista, el ministro comparó el oficio 16 con la carta privada de una pareja, como si alguien viniera de afuera a opinar sobre la correspondencia íntima entre dos ministerios. La imagen es desconcertante en una cabeza literaria. Una circular de Hacienda no es una carta de amor secreta, y aun si lo fuera, la idea de que no se puede juzgar el estado de una pareja, su amor o su odio, por las cartas privadas que se mandan, es directamente descabellada. El Werther de Goethe no tendría, para empezar, ningún sentido si nos hubiésemos limitado a las comunicaciones oficiales que el joven intercambiaba con la administración del pequeño estado alemán al que servía. La literatura entera vive de esas cartas. La historia, también.
En el amor todo es privado, incluso lo público. En el Ministerio de Hacienda, al revés, todo es público, incluso lo privado.
Sugerir, aunque sea por jugar, aunque sea por hacerse el lindo, que se va a descontinuar esto o aquello es bastante más grave que hacerlo. Es emitir una señal. Es dar un indicio. Eso que está justamente en el corazón de la economía, y también de la literatura: signos, señales, palabras, adjetivos que dicen lo que dicen y dicen, además, algo más.
Las palabras dicen lo que dicen. Descontinuar es, siempre y en cualquier contexto, no continuar. Y no continuar es cancelar, como faltar a la verdad es mentir. Pero en la boca del ministro de Hacienda, de este ministro de Hacienda, la palabra adquiere todavía un sentido más. En el mes y tanto que Quiroz lleva gobernando, de facto, el país, ha demostrado todas las capacidades técnicas que requiere el cargo, menos una. Quizás la más importante. El afecto.
Nos ha mostrado que sabe qué quiere hacer y cómo quiere hacerlo. No ha logrado, en cambio, explicar por qué. O más bien ha dejado ver un solo motivo convincente, una sola emoción plenamente humana: la venganza.
No es un problema de simpatía. Muchos ministros de Hacienda no han sido simpáticos. Otros, siéndolo, fingieron en ese cargo, en el que decir que no es la constante, una frialdad y una parquedad que les costaba el alma. Pero en los ojos de Quiroz hay algo más que parquedad o timidez. Hay algo parecido al rencor. El Estado no es para él solo el ogro filantrópico de la metáfora clásica, sino también un enano molesto y mediocre que hay que disciplinar como se pueda. Los funcionarios, un mal no del todo necesario. Los otros ministros, un engorroso inconveniente que debe pasar por alto como sea. El propio presidente parece sobrarle. Nadie recibe de él una sonrisa, un halago, un gesto que no sea el de una impaciencia profunda, sin orillas, sin límite. Todos sobran menos él. Todos hablan tonteras que sus oídos pacientemente deben escuchar. No parece querer a nadie. Quizás porque se sabe, al mismo tiempo, difícil de querer.
Mirando siempre un poco al suelo, bien vestido pero no del todo elegante, con cara de haber dormido mal, pareciera necesitar con urgencia algún antiácido que le permitiera digerir el mundo. Los que lo conocen piensan que todo empezó en el MOP-Gate, cuando todavía era parte de los economistas brillantes que orbitaban alrededor de la Concertación. Procesado siete años, condenado en primera instancia, finalmente absuelto por la Corte Suprema, salió del trance jurídicamente limpio pero socialmente quemado. La prohibición de trabajar en el Estado mientras duró el proceso lo convirtió a alguna forma moderada de libertarismo. El Estado no lo quiso, él dejó de querer al Estado. Le prohibieron trabajar en la administración pública, entonces decidió que a todos los que trabajaban en ella había que prohibirles hacerlo. Una compensación narcisista. Un consuelo. La reparación silenciosa por algo, por alguien, que falló.
La palabra “descontinuar” puede parecer neutra, administrativa, incluso banal en otro Ministerio de Hacienda. Pero no puede leerse fuera del contexto de la actitud del ministro Quiroz ante los hechos y los discursos. Sus intenciones pueden ser las mejores. Sus esfuerzos por aclarar que nada realmente se descontinuará hablan de que hay un corazón detrás de la máscara de plomo con que se envuelve día a día. Pero las frases siguen ahí. Las cifras también. Y vuelven a dar la impresión de que esta gente que nos quiere “reconstruir” no entiende —ni quiere entender— cómo llegamos a construirnos.