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Desafío climático: es hora de actuar

Es verdaderamente insólito que hoy, con toda la evidencia científica y empírica que existe en las zonas de sacrificio, el compromiso de cierre de las centrales a carbón sea voluntario, mientras en otras áreas se ha actuado con mayor celeridad o rigor.

Mucho se ha reflexionado durante 2023 sobre las horribles consecuencias del cambio climático. Las frases de alarma del secretario general de la Organización de Naciones Unidas han sido claras, diversos líderes políticos han hecho lo propio prometiendo cambios o emplazando al sector privado a hacerlos… pero nada parece ser suficiente.

Y la verdad es que no lo es. Las palabras se las lleva el viento y acciones no hemos visto muchas.

En marzo de este año, el presidente del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) aseguró que la incorporación de una acción climática eficaz y equitativa no sólo reduciría las pérdidas y los daños para la naturaleza y las personas, sino que también aportaría mayores beneficios, por lo que llamaba a tomar medidas más ambiciosas, ya que está demostrado que si actuamos con un sentido real de urgencia, “aún es posible garantizar un futuro sostenible y habitable para todos”.

Pero luego nada ocurre. El calentamiento global nos ha llevado, entre otras cosas, a ser testigos de fenómenos meteorológicos cada vez más extremos: olas de calor de mayor intensidad, lluvias más fuertes, sequías prolongadas, mega incendios, inundaciones, huracanes y tormentas cada vez más letales, entre tantos otros.

Estos eventos cada vez más frecuentes conducen también a graves problemas sociales, donde la inseguridad alimentaria e hídrica crecen de manera preocupante, sobre todo en los territorios más vulnerables, y se incrementarán debido al aumento de las temperaturas.

La comunidad científica ha alertado que hoy, nuestro planeta está en su punto más caliente en más de 2.000 años y se encamina a volverse más caliente de lo que ha estado en dos millones de años, debido a la acción humana, principalmente, por el consumo de combustibles fósiles y la deforestación.

¿Qué nos deparan los próximos años? ¿Qué estamos esperando verdaderamente para actuar? Mientras glaciares y reservas de agua son arrasadas en todo el orbe para lograr extraer un par de gramos de algún mineral, o las industrias siguen produciendo y extrayendo hasta literalmente matar sus entornos, las políticas de los gobiernos del mundo, y también en Latinoamérica, son lentas y contradictorias con la urgencia de atender la crisis climática mundial, privilegiando, aún en este escenario, una economía de consumo que nos lleva a destruir todo lo que garantiza nuestra permanencia en la Tierra.

En Chile hemos sido testigos de cómo la actividad de las carboneras afecta la salud de las comunidades cercanas. En la zona de Quintero-Puchuncaví, en la región de Valparaíso, la tierra está contaminada y ya casi no existe la pesca por el impacto de la producción carbonera. El aire es tóxico, las concentraciones de contaminantes muchas veces han superado los límites permitidos -legales y que dictan los estándares de la Organización Mundial de la Salud- provocando intoxicaciones masivas en la población.

En este Día Internacional contra el Cambio Climático debemos comprometernos a actuar con decisión. Durante años, la ciencia nos ha dicho que el punto de partida en esta lucha de supervivencia es detener la quema de combustibles fósiles. La buena noticia es que hoy  las fuentes de energía renovables son mucho más asequibles, tanto que podemos soñar en el corto plazo con una economía mundial que funcione 100% sobre energías limpias. Esta transición tiene el desafío de ser una transición justa, que no replique las mismas dinámicas que nos condujeron hasta esta crisis, y que ponga en el centro la protección de los ecosistemas, el respeto a los derechos humanos y la equidad.

Sabemos que la generación energética en base a carbón es de las mayores amenazas a las que se enfrenta nuestro clima. El carbón es el combustible fósil que más contribuye al cambio climático y las centrales térmicas de carbón son la mayor fuente de emisiones de CO2 producidas por el ser humano. Es por esto que la revolución energética en Chile debe comenzar con la descarbonización de nuestra matriz ahora y no en 17 años más.

El cierre de la Fundición de Ventanas, así como el de otras 7 centrales a carbón, ha sido un paso correcto en esta dirección, pero sabemos que es sólo uno de muchos más que se deben dar. Sólo en la zona de Quintero-Puchuncaví aún operan una quincena de empresas de alto riesgo ambiental y social, mientras otras 20 centrales termoeléctricas a carbón todavía se encuentran funcionando, ocho de ellas sin siquiera un compromiso de cierre, por lo que podrían operar hasta 2040.

Es verdaderamente insólito que hoy, con toda la evidencia científica y empírica que existe en las zonas de sacrificio, el compromiso de cierre de las centrales a carbón sea voluntario, mientras en otras áreas se ha actuado con mayor celeridad o rigor.

Es imperativo contar con un compromiso firme en la materia. Sólo así podremos seguir disfrutando de este mundo en el que vivimos. Basta de sólo alarmarnos con las terribles escenas meteorológicas que estamos presenciando y comencemos a actuar de manera decidida en la fuente real de su ocurrencia mediante una legislación y políticas públicas adecuadas para poder hacer frente a los desafíos que hoy enfrentamos.

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