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Putin: cómo crear una dictadura a través de elecciones

Putin cambió en 2020 la arquitectura constitucional para sortear los límites a la reelección con un modelo que le abre la vía para seguir en el poder hasta 2036.

Moscú está a 800 kilómetros de Ucrania, y la guerra no ha afectado los comicios de tres días que se han llevado a cabo, entre el 15 y 17 de marzo, en la que Vladimir Putin se va a reelegir por un porcentaje aplastante… Todo está preparado para que así sea.

Incluso los 300 mil soldados rusos muertos en la guerra, que él inició en febrero de 2022, sólo le importan a sus familias y la mayoría no son -en su mayoría- de las ciudades más cosmopolitas como Moscú y San Petersburgo, sino en sus jóvenes de regiones distantes de este inmenso país, que nutre su voluntarios, que se suman por patriotismo y por sueldos inalcanzable en sus provincias. De hecho, éstos son entre cuatro y seis veces más de los que ofrece un empleo promedio. Y si mueren o son heridos, la compensación se dispara en varios millones de rublos para sus familias, lo que les permite superar el “luto” de mejor forma.

Putin, de 71 años, ex director de los servicios de seguridad de Rusia y ex agente del KGB; asumió como presidente el 31 de diciembre de 1999 cuando sucedió a Boris Yeltsin, cargo que mantuvo hasta 2008. De hecho, podría dirigir el país hasta 2030 y renovar ese año su mandato hasta 2036 si se presenta a la reelección.

Esta amplitud de plazos y concentración de poder se llevó a cabo dentro de procesos constitucionales supuestamente legítimos. Se propusieron enmiendas constitucionales en el 2020. Hábilmente el presidente Putin celebró una votación popular, y “no un referéndum constitucional” que habría polarizado la votación. La reforma constitucional fue aprobada el 1 de julio de 2020, por un voto popular impugnado, pero con cero posibilidades desde la oposición para hacer valer sus objeciones.

Putin cuando firmó la orden ejecutiva a las enmiendas constitucionales, el 4 de julio de 2020, eliminó la cláusula consecutiva, del artículo que regulaba el número máximo de mandatos presidenciales, eso le permitía descontar los mandatos anteriores, y partir de cero, como si fuera la primera elección, antes que la enmienda entrara en vigor.

Para Putin, estas elecciones solo marchan “acorde al plan”. Después de dos años y un mes de guerra, sus regiones fronterizas se han convertido en un blanco diario de los drones y cohetes ucranios. Sin embargo, lo más importante para el mandatario es que el poder está bajo control.

Los rivales de Putin han sido aplastados, el sistema electoral presenta enormes sospechas, empezando por el opaco voto electrónico, y las fuerzas de seguridad y sus jueces no dejan resquicio para la protesta pacífica.

El mandatario nunca ha tenido menos rivales que en estas elecciones. Solo tres candidaturas han sido aprobadas por su asesor en la sombra, Serguéi Kiriyenko. Todas ellas de formaciones fieles al poder.

El principal opositor de Putin, Alexéi Navalni, murió- convenientemente- hace un mes en extrañas circunstancias en la prisión del círculo polar ártico en la que fue confinado por las autoridades.

El investigador electoral Serguéi Shpilkin —declarado agente extranjero por el Kremlin— publicó en 2008 un sistema para estimar la cifra de votos fraudulentos en las elecciones rusas. Según sus cálculos, en todos los comicios celebrados desde entonces, incluidos los legislativos, hubo entre 10 y 15 millones de votos irregulares.

Putin cambió en 2020 la arquitectura constitucional para sortear los límites a la reelección con un modelo que le abre la vía para seguir en el poder hasta 2036. Un nuevo mandato le permitiría igualar a Josef Stalin con tres décadas de mando. Ha nacido un nuevo zar avalado por “elecciones.”

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