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Las juventudes: otro error identitario

Hay que mirar con suspicacia a quienes avivan la rebeldía y potencial de cuestionamiento juvenil pretendiendo llevar agua al molino político propio, porque dicha capacidad de replantear los paradigmas rápidamente se devuelve contra quienes fueron los impugnadores en su minuto.

A dos años del Rechazo, uno de los resabios de la fiebre octubrista que sigue dando que hablar es la mentalidad identitaria. La lógica plurinacional y sus parientes que comprenden al pluralismo desde las vivencias principalmente vinculadas al ámbito étnico, sexual o de género, pretendieron subdividir nuestra sociedad en un conjunto de identidades estanco, como si las personas cupieran en una gran etiqueta. Esto choca con la realidad, en que cada persona cuenta con varios ángulos, dimensiones y pluralidad de visiones políticas, de mundo o religiosas, por mencionar algunas, todo lo cual suele difuminarse bajo el ejercicio identitario.

Sin embargo, la mentalidad identitaria no se agota sólo en esto. Hay un caso que ha pasado más desapercibido: el discurso sobre las “juventudes”, que sigue sumamente vigente entre las fuerzas progresistas y cae en varios reduccionismos que corresponde despejar.

Para el mundo frenteamplista, por ejemplo, la juventud ha sido un pilar de su proyecto político de rasgos generacionales evidentes. Su origen a raíz de las movilizaciones estudiantiles ató su destino a la protesta juvenil y erigió al estudiante universitario como un verdadero “sujeto político” de su discurso.

Esto en sí mismo no es una gran novedad ni un problema. El error identitario en el que incurren dichas izquierdas consiste en reducir lo juvenil a una suerte de estamento inmóvil y a ratos antojadizamente uniforme, funcionando además en paralelo o incluso en contradicción al resto de la sociedad.

Un ejemplo de esa miopía ocurrió tras la notable adherencia que tuvo la votación del presidente Boric en segmentos de votantes más jóvenes, que confirmó a sus correligionarios en una visión de estar liderando una suerte de oleada de refundación generacional. Pero luego de plasmar en el texto convencional gran parte de sus ideas, lo que ocurrió es que el Rechazo arrasó en prácticamente todos los segmentos, sin exceptuar a las nuevas generaciones. Por ejemplo, de acuerdo al equipo de data science de Unholster, el 58% de las mujeres menores de 34 años habrían votado Rechazo, y el 56% de los hombres de esas edades también. El voto obligatorio parece haber destapado, en todo segmento, un “sujeto político” distinto al que acostumbraban las nuevas izquierdas, lo cual exigiría complejizar o sofisticar algunas premisas como la de las “juventudes” en clave identitaria, en vez de querer tapar el sol con un dedo torpedeando la obligatoriedad del voto, reacción digna del sillón de don Otto.

Estas miradas tampoco son patrimonio de las nuevas izquierdas chilenas. En Horizonte Ciudadano –organización fundada por Michelle Bachelet– hace poco realizaron un encuentro sobre juventud donde, entre otras cosas, mencionaban la necesidad de agregar “perspectiva de juventudes” a las instituciones y políticas públicas (como si se tratara de algo neutro y estable), que estarían dominadas por un supuesto “adultocentrismo”, una aplicación de manual del diccionario de la opresión identitaria.

Finalmente, un clásico error cometido más transversalmente suele ser contraponer a “los jóvenes” y sus tendencias generalizadas, con sus antecesores, quienes son tildados de verdaderos “dinosaurios” en extinción, que van de salida. Por supuesto que los contrastes son evidentes desde las cuestiones más “de moda” hasta dinámicas más subterráneas y epocales. El problema es que se olvidan los vasos comunicantes intergeneracionales con esa actitud, borrando además de un plumazo las enormes divergencias internas que existen en cada generación. Se asume, al convencerse de que una generación reemplaza a la otra y sus paradigmas, que existe una trayectoria inflexible de la historia en una cierta dirección, cuando la realidad en verdad muestra mucho más tendencias pendulares o derechamente erráticas.

Se suele interpretar de esta manera a grandes masas generacionales antojadizamente, en base a cierta fotografía presente o ciertas voces predominantes. Hay que mirar con suspicacia a quienes avivan la rebeldía y potencial de cuestionamiento juvenil pretendiendo llevar agua al molino político propio, porque dicha capacidad de replantear los paradigmas rápidamente se devuelve contra quienes fueron los impugnadores en su minuto.

El reduccionismo identitario sigue muy presente en varias de las mentalidades políticas posmodernistas, siendo “las juventudes” solamente una de varias agendas en que permanecen empecinados varios. Un nuevo aniversario del 4 de septiembre es un buen momento para recordar cómo estos imaginarios pueden dislocarse fácilmente de nuestra realidad humana compleja. Si el replanteamiento no llega, probablemente volverán a estrellarse contra el Chile común y su gente concreta.

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