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El Frente Amplio lo perdió todo

No hay un caso reciente en la política chilena de una derrota tan evidente, fulminante y rápida como la sufrida por el Frente Amplio y que escenificó su estocada final esta semana con la oficialización de la candidatura presidencial de Carolina Tohá.

La política está llena de triunfos y derrotas. De avances y caídas. Alegrías y penas. Es así. No hay vuelta que darle.

Y claro, la gracia del político hábil está en, primero, entender eso lo más rápido posible y, segundo, no dejarse amilanar ante los costalazos, que, casi por definición o regla, siempre van a ser más que las victorias.

Dicho eso, no hay un caso reciente en la política chilena de una derrota tan evidente, fulminante y rápida como la sufrida por el Frente Amplio y que escenificó su estocada final esta semana con la oficialización de la candidatura presidencial de Carolina Tohá.

Los meses dirán si la apuesta de la ex ministra del Interior logrará levantar vuelo, pero su sola concreción grafica el más que prematuro ocaso del Frente Amplio desde el punto de vista ideológico y programático. (Hay que hacer esa distinción porque seguramente siempre van a estar dispuestos a sumarse a alguna coalición que les permita optar a una remuneración fiscal).

Si bien fue una derrota rápida, igual se dio por etapas, en una suerte de martirio un tanto dramático por escenas. Ya se ha dicho varias veces que el primer capítulo de este funeral se comenzó a escribir el 4 de septiembre de 2022, con la aplastante derrota que la ciudadanía le propinó a la afiebrada y delirante propuesta constitucional apoyada por el Presidente Boric, sus ministros, parlamentarios y partidos, y elaborada en gran parte por algunos de sus más conspicuos ideólogos e “intelectuales”.

No habían pasado ni seis meses de gobierno y la gran mayoría de las ideas con las lograron instalarse en La Moneda, ya no sintonizaban ni de cerca con las preocupaciones y esperanzas de los chilenos.

El vértigo, el mareo de altura, el afán redentor no les permitió darse cuenta que el viento soplaba en dirección contraria a la de octubre de 2019.

Luego, en capítulos de mucha menor duración y, por lo mismo, de mucho más veloz reproducción, se sumaron el rechazo a los retiros de fondos de pensiones, el crecimiento económico como prioridad (al menos en lo discursivo), la seguridad ciudadana, el apoyo a Carabineros y las Fuerzas de Orden, el rechazo a la inmigración, los estados de excepción en la Araucanía y un largo –muy largo- etcétera.

En paralelo, cada vez que había que buscar elenco para intentar mantener el barco a flote, se echaba mano a los fogueados navegantes de la ex Concertación, porque claro, los propios, los frenteamplistas químicamente puros –los moralmente superiores- estaban ocupados comiendo langosta en embajadas europeas o estudiando algún posgrado de dudosa utilidad en España, pero costeado por la billetera pública.

Si hasta Fernando Atria, tal vez ya demasiado extasiado con las pomposas recepciones en los palacios reales de Londres, se apuró en implorarle a Bachelet que se animara a concursar por la Presidencia. Había que intentar salvar los muebles como fuese, incluso con una figura estelar de los malditos 30 años. Adiós al pudor.

Y así fue que llegamos a la renuncia de Tohá y al anuncio de candidatura. Ella misma, en su discurso de oficialización le tiró un par de paladas más al cadáver.

“Quiero encabezar un gobierno nuevo, que le ofrezca a Chile un proyecto nacional, un proyecto de progreso, de cohesión y de seguridad”, dijo.

Progreso. Cohesión. Seguridad. Tres palabras que no se encuentra en el diccionario fundacional del Frente Amplio.

“Somos un país fuerte, sobrio (…) Vamos a jugar el partido, vamos a jugarlo para ganar y vamos a jugarlo mirando a todo Chile: no al 30 por ciento”, agregó.

Chao agendas identitarias. Chao lenguaje inclusivo. Chao compañeres. Chao 30%.

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