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Un sistema colapsado

Lo de las fundaciones y el Frente Amplio, de comprobarse en tribunales, sería un hecho gravísimo, un inaceptable y evidente manotazo a los fondos públicos. Pero, a la vez, un nuevo capítulo de los muchos que hemos vivido en las últimas décadas por no querer asumir lo obvio: el antiguo sistema de financiamiento a los partidos políticos cruje por todos lados.

Partamos por reconocer esto: es del todo evidente que hay un tema muy complejo en Chile, muy enredado, muy poco transparente -delicado y sobre todo de larga data- en torno al financiamiento de los partidos políticos.

Un grave problema.

Poco a poco fueron quedando atrás -por suerte y en pro de emparejar la cancha- aquellos tiempos en que la ayuda monetaria bajaba, cual maná, desde el cielo de los mecenas con afanes patrióticos y religiosos. O llegaba en maletines desde el extranjero producto de los gallitos ideológicos (Estados Unidos/Rusia y ahora China) o de reputadas fundaciones alemanas, belgas, italianas o francesas que miraban hacia esta parte del mundo como si fuera un laboratorio.

El mapa y el territorio, como diría Houellebecq, cambió. Ya no hay plata a raudales viajando en business rumbo a Pudahuel y los pocos millonarios locales dispuestos a pasarle parte de su fortuna a los partidos, a dirigirlos desde su propia billetera, también se han hecho a un lado probablemente por el relajamiento, el abandono y la flojedad de las contrapartes.

El caso es que al acabarse, o disminuir al mínimo, buena parte de los antiguos subsidios, el sistema de partidos políticos no ha sido capaz de solucionar sus desórdenes y carencias económicas. Como pasa también con los clubes de fútbol, los socios que aportan con cuotas mensuales son cada vez menos y “la manutención financiera de los distintos conglomerados ideológicos que engalanan el escenario nacional” hace mucho rato depende -con el conocimiento de todos- de los malabares, las filigranas y los arreglines que los cerebros encargados de la recolección han sido capaces de inventar.

Durante un tiempo, en los noventa, la Concertación patentó los famosos sobre-sueldos (“sobre” porque llegaba aparte del sueldo oficial y, para no dejar registro, se entregaba en efectivo, en sobres). Una “ayudita” que todos los meses recibían por debajo de la mesa y en secreto los funcionarios mejor calificados y de mayores responsabilidades del gobierno. Escándalo… y luego silencio. A buscar otra fórmula.

Entonces vino el aporte indiscriminado de empresas privadas (Soquimich, Penta y otras) a todos y cada uno de los partidos, pese a que estaba claramente prohibido por ley. Las famosas “platas políticas”. Para esto se inventó un complejo sistema de entrega de boletas “ideológicamente falsas” que permitieran justificar el gasto a través de trabajos y asesorías jamás realizadas. Escándalo otra vez…. y luego silencio otra vez. Y a buscar otra genial idea en un ámbito donde el control externo fuera, ojalá, lo más laxo posible.

Esta vez todo indica que ha sido a través de las fundaciones culturales… haciéndole, demás está decirlo, un daño gravísimo a las que funcionaban de manera legal y transparente. Por eso, y porque las platas mal usadas esta vez son públicas, de todos y no sólo de un grupo de empresarios, es que ahora el tema, de comprobarse finalmente en tribunales, es mucho más grave. Gravísimo. El Frente Amplio lo sabe y lo sufre como una gran vergüenza y probablemente como el fin definitivo de sus ansias absurdas de diferenciarse éticamente del resto.

El problema de fondo (una vez castigados los culpables y ojalá funcionando de verdad el caiga quien caiga) es que muy probablemente no será la última vez. Subyace un tema del que nadie quiere hacerse cargo: como con TVN, la plata ya no da. La subsistencia económica de los partidos políticos no es posible en las actuales circunstancias. No hay suficientes adherentes, no hay suficientes mecenas, no hay suficiente creatividad. Ya está claro que para hacer campañas (sobrevaloradas y absurdamente caras, pero ese es otro tema) y para sostener candidaturas, para idear caminos al poder, no basta con el mero aporte del Servel. ¿Hay que repensar todo? Probablemente. Si todas y cada una de las veces terminamos del mismo modo es porque el problema supera el dibujo inicial. Es basal, estructural, de fondo.

Ayer fueron los sobresueldos y el financiamiento ilegal. Hoy son las fundaciones. Mañana será quizás qué. O lo asumimos de una vez por todas o no hay salida: el sistema político hace rato que parece estar quebrado.

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