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Brian Wilson, la California que fue y la que nunca será

La música de Brian Wilson, con los Beach Boys y sin ellos, nunca fue panfletaria. Evitó Vietnam, los derechos civiles, cualquier forma de proclama. Pero eso no significa que no haya sido política. Fue, quizás, lo más político que podía cantarse en los años del desencanto: la felicidad. No como eslogan, sino como obsesión. Como utopía sonora. Como estructura espiritual.

Que Brian Wilson haya muerto justo cuando se incendiaba California es uno de esos azares nada azarosos que convierten la vida de los genios en una obra más. Como si el fuego allá fuera correspondiera al fuego que ardía —y se apagaba— en su cabeza. Una última coincidencia, tan cruel como poética, para quien mejor supo inventar un paraíso y mostrar, sin avisar, que también había un infierno escondido entre sus palmeras.

La música de Brian Wilson, con los Beach Boys y sin ellos, nunca fue panfletaria. Evitó Vietnam, los derechos civiles, cualquier forma de proclama. Pero eso no significa que no haya sido política. Fue, quizás, lo más político que podía cantarse en los años del desencanto: la felicidad. No como eslogan, sino como obsesión. Como utopía sonora. Como estructura espiritual.

Cuando compuso Pet Sounds, Wilson no quiso denunciar nada ni defenderlo todo. Quiso —según él mismo— que la música hiciera feliz a quien la escuchara. Pero al buscar la felicidad, encontró también su sombra. El desconsuelo, la fragilidad, la nostalgia. Por eso Pet Sounds no es alegre ni triste: es algo más raro y más humano. Es música que flota entre lo que tuvimos y lo que ya no volverá, música que te abraza y te deja solo al mismo tiempo. No hay armonía sin caos, ni belleza sin pérdida. Y esa conciencia está en cada arreglo, en cada nota casi inaudible, en cada respiro.

La otra gran obsesión de Wilson fue California. California real y su fantasma colectivo: la de las playas infinitas, los cuerpos dorados, los viñedos sin sombra, las autopistas sin destino. El verano eterno donde todo —todo— parecía posible. Incluso matarse. Incluso mandar a otros a matar. Ahí vivió Charles Manson, gurú frustrado del rock, amigo íntimo de Dennis Wilson —el único Beach Boy que sabía realmente surfear. La misma California que vendía limonada en bikini podía dejar escrito “Pig” en la pared con sangre. El sueño americano en su reverso exacto.

Brian y sus hermanos (y algunos primos) contaron esa historia entera: la luminosa y la oscura. La felicidad al borde del abismo. La armonía disfrazando la locura. Juntos, por separado, dejaron en cada etapa de su derrumbe personal o colectivo una obra maestra improbable: canciones que sonaban como sinfonías rotas, himnos imposibles, baladas del desperdicio, incendios en el estudio. Grandes canciones felices sobre la infelicidad. Grandes canciones terribles que se suponía hablaban de la playa. Canciones con nombres de esquinas de Los Ángeles, donde las estrellas de cine ya no encuentran el camino de vuelta a los estudios entre las bolsas de supermercado sin dueño.

Wilson, niño bueno que aprendió a cantar en la iglesia, se encontró con el rock, o peor: con el pop. Tuvo que reinventarlo para que cupiera su cuerpo ligeramente obeso y su mente totalmente obsesa. Se lanzó a una competencia sin cuartel, primero con Phil Spector y luego con los Beatles. Pero siempre escuchó otro sonido, uno que no venía de parlantes, ni de cuerdas, ni de metales, ni de señales electrónicas. Un sonido que sólo existe cuando el sol desaparece en el mar, como desaparece solo en Chile, en California y en las películas.

Wilson vivió en la imposibilidad de gozar la despreocupación con que fue criado en los años cincuenta y la imposibilidad de jugar a ser hippie en los sesenta y setenta. Vivió atrapado en la tragedia íntima de no poder dejar de ser un niño feliz que descubre, demasiado temprano, que la muerte es el final del juego. Un niño que sin embargo, sigue jugando. Su música quiso darle la espalda a la historia, y por eso la contó mejor que nadie. Porque los inmigrantes desplazados y los que los desplazan hablan del mismo sueño roto, de una utopía que nunca supo convivir con los ojos abiertos de una sociedad despierta. Esa es la California de los millonarios tecnológicos, o no, que llevan décadas caminando entre los homeless sin verlos. La que no ve a los profesores que duermen en sus autos para no vivir a cien kilómetros de sus escuelas. La que ya no encuentra en el verano ni sol, ni surf, ni redención. La que se quedó esperando el siguiente mes.

Wilson no fue mártir ni héroe. Fue alguien que peleó con su cabeza, con su cuerpo, con la industria, con su padre, con sus hermanos, y también con nosotros. Pero en esa pelea dejó un legado que no envejece: una música que no necesita ser explicada porque se mete directo en el pecho. Que no necesita ser comprendida porque nos comprende. Que no cura, pero acompaña.

Y ahora que ya no está, y que su California arde de nuevo, su música suena más clara. Más frágil. Más feliz. más verdadera también.

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