Mientras la derecha se debate entre elegir a alguien que pueda redefinir un relato motivador, o contactar a Caterpillar o a Komatsu para arrendar una grúa que levante el perfil de Evelyn, el dilema de los politólogos y opinólogo de una mareada centroderecha está en ponerse un disfraz socialdemócrata o adoptar un estilo extremo republicano. Lo importante es ganar, aun con una identidad prestada.
En todo este circo electoral en el que los viejos líderes se han retirado, los mensajes siempre superan al mensajero, cuándo en tiempos de líderes era lo contrario. La sola presencia alcanzaba y la convicción por las ideas hacían de la política una vocación.
En estos tiempos trumpistas, libertarios y falso progresistas, la política es una oportunidad por sobre una vocación, lo que no quita que siempre ha sido una profesión, en la que más allá de las ideologías inventadas, hay que entender el comportamiento del “mercado” electoral, construir posicionamiento y contar con un plan integrado de comunicación que demuestre que ese profesional de la política conoce el camino al paraíso.
En ese devenir, lo único claro es que profesionalizar la política no significa dramatizarla y es ahí dónde la derecha debe evolucionar si alguna vez quiere gobernar. Consideremos que desde la llegada de la democracia, la derecha en sentido estricto nunca gobernó producto de la necesidad de recurrir siempre al “centro”, que para la derecha tiene cierto aroma a socialdemocracia.
En este escenario, que la derecha real no alcance resultados se explica por su exceso de dramatismo para mostrar los problemas de una sociedad, de crear demonios a los que el ciudadano debe temer y a la arrogancia de mostrarse como la única salida para resolver los problemas de todos, sin conocer a todos.
Mientras tanto, en la ciudad “roja” la izquierda siempre se las arregla para presentar su opción “light”, con un discurso afectivo, sin dramas y simplemente prometiendo esperanzas para todos que sabemos son de dudoso cumplimiento.
Esa izquierda que demoniza a los poderosos ricos y se apropia de la bandera de la desigualdad, al momento de tener que construir su mensaje tiene claridad para utilizar los términos “libertad”; “mercado”; “justicia” y “bienestar” y darles el significado que después les permita acomodarlo a situaciones que permitan convivir con poderosos y con quienes son los que realmente mueven la aguja de la sociedad. Acordar con los que pueden, es la habilidad distintiva de la profesión política.
Retomando estas confesiones de invierno, la farándula de la política opina. Que si Evelyn tiene que confrontar con José Antonio para evitar caer en el extremo y mostrarse cercana a un modelo concertacionista, o si Evelyn debe confrontar a Jara para hacerle saber a la sociedad que se viene el comunismo. ¿Aún suponemos que el ciudadano común va a creer que se viene el comunismo? ¿O es un discurso de tías viejas? Basta de miedos.
La clave para la derecha sigue siendo la manera en que se puede transformar el relato de Evelyn, que debiese tomar un curso positivo y no demostrar simplemente capacidades de gestión propias de un alcalde, sino plantear calidad política que la haga percibir como cercana a temas simples que exigen soluciones complejas, pero sin generarle dificultades a la gente común que no quiere saber de complejidades.
De allí que el manifiesto de Evelyn tiene que dejar de ser dramático para ser épicamente positivo y para eso hablar de soluciones al bolsillo y de caminar seguros por las calles. Es la solución y no el problema el que gana una elección.
En definitiva, en política todo es comunicación. Pero la comunicación no es válida si el mensaje no compatibiliza con el mensajero. Y en este caso, es necesario transformar el mensaje para que genere esperanza y no miedo, y que el mensajero simplemente le ponga una sonrisa.
Porque en una elección, el mensajero es el mensaje.