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La sra. contralora y el estatuto “especial” del presidente

Al final, esta nueva Contraloría —tan técnica, tan prudente, tan institucional— no es más que otro apéndice del poder estatal. Muy conocidos del barrio, sí… pero el amor —como decía la canción— es muy especial y extraño en estos tiempos.

“La noche debilita los corazones”. Y, al parecer, a la contralora también le llegó —o se le vino— la noche. Sin aviso. Sin cálculo. “De una”, como dicen los jóvenes, porque en sus estelares informes, auditorías y alocuciones, se posicionó más rápido que Jara en encuestas, estudios de opinión y respaldos. Todos eran Dorothy… pero, pero…, como dice un amigo, el poder se puede incomodar, no molestar. Y en esa búsqueda de hacer cosquillas sin provocar carcajadas, se topó de frente con Su Excelencia.

No hay que ser docto ni ciudadano ilustre para saber que, en un Estado de Derecho, todos —bueno, si se quiere enfatizar: todos, todas y él— estamos sometidos a la Constitución y a las normas dictadas en conformidad con ella. Que la Contraloría vela por la legalidad de la Administración, y que, con su habitual desgano, el Tribunal Constitucional resguarda el respeto de los actos estatales ante la Carta Fundamental. Pero olvidamos a los magos, que —para sorprender— son capaces de inventar un conejo solo para que otro lo críe. Y así, ante el brillo inmaculado de la contralora, nos deslizan con solemnidad —un conejo— que el Sr. presidente tiene un “estatuto especial”, regulado únicamente por la Constitución; ni delito puede cometer.

Ese “estatuto especial” es una forma elegante —y funcional— de decir que hay normas que sí obligan, y otras que se interpretan según el humor del poder. Hoy, con una interpretación alambicada, se sugiere que el Presidente puede hacer política, dar entrevistas, militar, mientras su Gobierno entero debe guardar silencio en plena campaña. Es decir, puede decir lo que quiera, cuando quiera y como quiera. Sin prescindencia, sin freno, sin responsabilidad política real. Porque claro, su cargo es “especial”.

¿Y la prescindencia entonces? ¿Se evapora? ¿Se aplica solo a funcionarios menores? ¿Un alcalde puede opinar pero no influir, mientras el presidente puede influir pero no opinar? La lógica se enreda, pero el poder se acomoda. Porque, cuando conviene, todos somos iguales; y cuando incomoda, el presidente es… un otro. No un ciudadano, no un funcionario, sino un ente distinto, especial, casi etéreo: un Sr. con tasa bancaria privilegiada. Ni María Antonieta se atrevió a tanto.

Al final, esta nueva Contraloría —tan técnica, tan prudente, tan institucional— no es más que otro apéndice del poder estatal. Muy conocidos del barrio, sí… pero el amor —como decía la canción— es muy especial y extraño en estos tiempos.

Y sí, claro está, la noche debilitó los corazones…

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