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Chile: ¿entre Cuba y Hungría?

Ambos extremos, Cuba y Hungría, terminan encontrándose en un punto común: la tentación autoritaria. Se presentan como mundos incompatibles, pero comparten la misma esencia: restringir derechos en nombre de un ideal superior, ya sea la revolución o la patria. Y en ese espacio, Chile aparece como el laboratorio perfecto.

Muchas veces nos dicen que somos un experimento, la sociedad ideal para ensayar ciertas fórmulas. A veces se trata de introducir comportamientos; otras, de imponer restricciones o libertades, todo dependiendo del prisma político con que se mire. Pero ya cansan. Chile necesita volver a la normalidad, al equilibrio. Y aquí empieza la historia, antes de que todo se vaya al carajo de nuevo:

Cuba: la historia es ya conocida. Sus defensores en Chile insisten en que allá operan “reglas flexibles”, que se vive una “situación excepcional”, que la retención de pasaportes o las limitaciones al movimiento son parte de un proyecto político que —según ellos— debe comprenderse bajo la lógica del bloqueo. En suma, una indulgencia exagerada frente a medidas que, vistas desde cualquier otro lugar, serían denunciadas como graves atentados a las libertades más básicas.

Hungría: aparece como el extremo opuesto. No es casualidad: a 360 grados de Cuba —y no, no hay error en el cálculo— se levanta un modelo que reivindica el autoritarismo, la desconfianza en la diversidad, el nacionalismo exacerbado y el control ideológico desde la trinchera contraria. Es el mismo experimento, pero invertido: uno que, en Chile, se abraza con entusiasmo desde la extrema derecha, alimentado por el miedo y las noticias falsas que se esparcen en redes sociales.

Ambos extremos, Cuba y Hungría, terminan encontrándose en un punto común: la tentación autoritaria. Se presentan como mundos incompatibles, pero comparten la misma esencia: restringir derechos en nombre de un ideal superior, ya sea la revolución o la patria. Y en ese espacio, Chile aparece como el laboratorio perfecto. Un lugar donde unos y otros buscan importar fórmulas, como si fuéramos una sociedad disponible para probar recetas ajenas, sin detenerse a pensar en nuestra propia historia ni en los costos de repetir modelos de control y exclusión.

Porque no se trata solo de mirar hacia afuera para condenar o aplaudir. Los (not) ejemplos internos ya nos superan. La pregunta de fondo es cuánto de Cuba o de Hungría habita en nuestra política actual: la normalización del “estado de excepción” como respuesta automática, el desprecio por los contrapesos institucionales, la sospecha permanente frente al pluralismo y la defensa inerte de la libre expresión (aunque se mienta).

Ahí está el verdadero riesgo: que en nombre de defendernos de un extremo terminemos abrazando al otro. Y que, aunque distintos en color, ambos compartan la misma opacidad.

No necesitamos remedios de laboratorio ni ideologías importadas, sean añejas o disfrazadas de innovadoras. No hay que ir muy lejos para verlo: el actual Gobierno, presentado como un experimento de izquierda renovada, nos está saliendo demasiado caro. Los efectos en el empleo femenino de un supuesto “proyecto feminista” y el ninguneo pasado —del otro lado— al Ministerio de la Mujer son solo una muestra. Otra más de cómo vamos de babor a estribor sin detenernos en el punto medio.

Pero Chile merece más de Chile: instituciones sólidas, respeto por la democracia, seguridad y crecimiento económico.

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