Billy Joel es un mecánico de autos. Uno que anda con el huaipe colgando del bolsillo, las manos manchadas de grasa y aceite, y que vive ajustando tuercas y cambiando bujías en un taller lleno de posters con Playmates y juegos de llaves allen colgando de la pared. La vida trabajosa y rutinaria de un hombre sencillo, hasta que una mujer bellísima -inalcanzable para él- entra al taller, y la música, como siempre, cambia dramáticamente su destino. En la ficción de ese videoclip de 1983, esa mujer era Christie Brinkley, su futura esposa en la vida real, y la escena de Uptown Girl, uno de sus mayores éxitos ochenteros, encontró -sin proponérselo- la metáfora perfecta para describir al compositor estadounidense: un hombre común al que el amor y la música le cambiaron la vida. Un obrero del piano que, sin abandonar esa noble moral de taller, se convirtió en superestrella.
Como en sus canciones, Billy Joel -incluso en la cima- nunca encajó del todo en el traje de ídolo global. Siempre escribió desde abajo, desde la mirada, la moral y el corazón de un tipo de barrio que observa el mundo y lo cuenta. Y aunque en algún momento ya no era ese hombre, siguió cantando como si lo fuera.
El reciente documental de HBO entiende esa contradicción y lo muestra como lo que es: uno de los grandes compositores de la música popular de los últimos 40 años, injustamente minimizado por cierta crítica que confundió éxito con superficialidad. Este hombre nacido en 1949 como William Martin Joel fue un creador de hits prácticamente imbatible: entre 1977 y 1993 metió 33 canciones en el Top 40 estadounidense y otras 13 en el Top 10. Pero detrás de esas cifras -sorprendentes para una época repleta de talento- había mucho más que un gran hitmaker.
Leyendas como Bruce Springsteen, Paul McCartney, Sting, John Mellencamp o Don Henley -todos hombres con mejor prensa en su momento- aparecen en el documental para hablar de Joel con una admiración sin protocolo. Lo reivindican como un compositor serio, propietario de una diversidad estilística envidiable y capaz de pasar del rock más enérgico a la balada más delicada sin perder identidad. Se lo describe con justicia como un autor que llevó la canción pop a un nivel armónico y melódico poco frecuente en el género. Y lo que mejor se cuenta es que esa sofisticación no era casual: Joel venía de una infancia marcada por la formación clásica, por horas de piano y teoría musical, por el contacto temprano con el repertorio europeo que luego supo destilar en piezas pensadas para la radio, pero con una estructura armónica que desbordaba la media de su tiempo.
Sin embargo, la película Billy Joel: And So It Goes, disponible en HBO, también se encarga de recordarnos que su carrera estuvo atravesada por los mismos conflictos que sus letras insinúan: alcoholismo, depresión, estafas financieras. Y aún así, Piano Man nunca dejó de tocar: llenó estadios durante décadas, mantuvo vivo un repertorio que ya forma parte de la memoria colectiva y, en un gesto fiel a su estilo, decidió a mediados de los 90 no escribir más. No fue un capricho ni un retiro encubierto, sino un acto de completa honestidad: ya había dicho todo lo que tenía que decir. Desde entonces gira y toca sus clásicos sin intentar competir con ellos. Tal vez por eso -por ese compromiso inquebrantable con su pasado, con su oficio, con su “moral de taller”- su legado hoy se percibe más sólido que nunca.
Billy Joel entendió que no se necesitaba abandonar el taller para brillar. Que uno podía seguir siendo ese mecánico de Uptown Girl, con el rostro manchado de grasa, enamorado de la chica imposible, y aún así conquistar el mundo. Y que, a veces, la verdadera grandeza no está en parecer una estrella, sino en ser
-con talento, dignidad y oficio- un artista obrero que nunca dejó de escribir canciones desde la vereda, mirando pasar la vida, a punto de escribir una canción que te cambie la vida.