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Nueva York y la renuncia al sueño americano

Mamdani ha sido señalado por declaraciones abiertamente hostiles a Israel y por su cercanía con consignas como la “intifada global”, lo que ha desatado alarma en la comunidad judía neoyorquina, históricamente uno de los pilares culturales y económicos de la ciudad.

La ciudad más poderosa, más cosmopolita, más vibrante del planeta acaba de entregar su destino a un experimento ideológico de consecuencias imprevisibles. Zohran Mamdani, un joven de 34 años, socialista declarado, ha conquistado la alcaldía de Nueva York con un discurso de gratuidad total y justicia radical que, para muchos, encarna más una rebelión emocional que un proyecto de gobierno. Lo que en campaña sonó a revolución de los comunes (transporte gratuito, vivienda garantizada, impuestos a los ricos, subsidios universales), ahora se enfrenta a la realidad de una ciudad que es, al mismo tiempo, símbolo del capitalismo y del multiculturalismo global. No hay promesa que resista el choque con el presupuesto, ni utopía que sobreviva al costo de mantener el orden en una metrópoli de ocho millones de habitantes.

El entusiasmo que lo llevó al poder no borra los fantasmas que trae consigo. Mamdani ha sido señalado por declaraciones abiertamente hostiles a Israel y por su cercanía con consignas como la “intifada global”, lo que ha desatado alarma en la comunidad judía neoyorquina, históricamente uno de los pilares culturales y económicos de la ciudad. Las principales organizaciones ya advirtieron que no dejarán pasar ningún acto de antisemitismo disfrazado de progresismo. Esa tensión identitaria, sumada a las turbulencias políticas que vive Estados Unidos, convierte su mandato en un campo minado desde el primer día.

Pero el problema va más allá de los gestos o las declaraciones. La victoria de un radical en el corazón financiero del mundo es un síntoma del agotamiento de una sociedad que, frustrada con el sistema, decide entregarse al discurso del todo o nada. Nueva York, que supo ser el laboratorio del progreso, el refugio del talento y la esperanza de la movilidad social, parece ahora dispuesta a ensayar el populismo de izquierda como antes lo hizo con el populismo de derecha. Y lo hace en un momento de vulnerabilidad: con desigualdad extrema, crisis de vivienda, inseguridad y un transporte público al borde del colapso.

Gobernar a la Gran Manzana requiere más cálculo que entusiasmo. Mamdani deberá enfrentar a la oposición y a los empresarios que ya amenazan con mover inversiones; tendrá que lidiar con la desilusión inevitable de sus propios votantes cuando descubran que la gratuidad universal no se financia con discursos. El dinero saldrá, tarde o temprano, de los mismos bolsillos que hoy lo aplauden. El riesgo es que la frustración social se convierta en rabia y que la promesa de igualdad desemboque en parálisis económica y fragmentación social. Y así, como tantas historias ya conocidas por todos.

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