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El año nuevo de Gabriel Boric

A la hora de los brindis y las uvas, el presidente sabe que el próximo año no tendrá ningún trabajo estable. Pero sabe también que no tiene que ganarse la vida ni este año próximo ni en las próximas décadas.

Por más distintas que sean nuestras vidas, deseamos más o menos lo mismo a las doce de la noche del 31 de diciembre. Por más locos que sean nuestros deseos más extremos, queremos tener seguridad económica y familiar. Si podemos capturar alguna certeza más, nos sentimos privilegiados. Generalmente ninguna de esas cosas se alcanza —si se alcanza alguna vez— antes de los cincuenta años. Generalmente, todos los años todo vuelve a estar en juego.

Un buen trabajo, un buen sueldo, buenos amigos, hijos y parejas sanas. Por eso el año nuevo del presidente Gabriel Boric es quizás de una naturaleza absolutamente singular. A la hora de los brindis y las uvas, el presidente sabe que el próximo año no tendrá ningún trabajo estable. Pero sabe también que no tiene que ganarse la vida ni este año próximo ni en las próximas décadas.

El presidente a los 40 años ha conseguido casi todo lo que se puede desear. Difícilmente puede postular a un cargo mayor al que ocupó recién salido de esa adolescencia prolongada que nos promete el mundo de hoy. Lo único que podía desear —ser padre, ser marido, ser plenamente humano con todas sus contradicciones— también es algo que parece haber alcanzado.

Una posición que solo es envidiable a primera vista. Porque es cierto, el presidente no tiene que ganarse la vida, pero eso no implica que no la pueda perder. Es cierto que ha conseguido —con una cuota de suerte y esfuerzo en partes iguales— el poder, la fama, el amor, la prosperidad, la seguridad antes del medio siglo de vida. Pero lo ha conseguido en un arte, un negocio, una función que promete cualquier cosa menos paz, tranquilidad o calma. Porque por más que le guste jugar a ser escritor, Gabriel Boric es un político que posee poder pasado, prestigio presente e incierto futuro.

Para que cualquier sombra de envidia hacia el presidente se disipe, basta ver el trato que le propinan los que se supone lo han apoyado, desde que cometió el error de perder una elección en que ni siquiera era candidato. Como a una animita ha ido en masa toda la izquierda de su coalición —la misma que convirtió la asamblea constituyente en su carnaval particular— a depositar sus coronas funerarias a un presidente que muy luego no tendrá poder y que nunca tampoco supo o quiso hacerse temer. Es poco probable que esa izquierda que siempre se siente estafada y defraudada lo trate como otra cosa que un traidor. Ese desprecio de la izquierda no se verá por el momento compensado por ningún tipo de aprecio desde la derecha que desde el primer día de su gobierno tenía reservado para él un sobre nombre marino: el merluzo, una manera española de decir tonto.

El presidente es dueño de un cheque de muchos ceros que no puede cobrar en ningún banco. Su capital político es innegable, pero es innegable que no puede usarlo; por el momento le toca ser a la vez árbitro y arquero de un equipo especializado en autogoles. Muy joven para exiliarse y aislarse en alguna ONU, desnudo de credenciales académicas o de verdaderas ambiciones intelectuales de largo aliento, no puede ser otra cosa que un político de instinto, de raza, dueño, eso sí, de un sentido de la historia del que trágicamente careció su generación.

Con las ambiciones y los fracasos de ella tendrán también que enfrentarse, sin la anestesia del poder como calmante. De la honestidad con que logren mirarse a los ojos depende el destino de ese sector que es el destino también de Gabriel Boric. Un hombre que, para no tener ocupación estable, puede terminar por no tener ni un minuto libre. Su capacidad innata para resucitar y crear oportunidades donde no existen estará como nunca puesta a prueba. La única certeza que puede aliviarlo es saber que ha salido de peores que esta.

Una pequeña nota personal: algunos amigos míos se quejan de mi excesiva benevolencia con el presidente, y otros de mi continua severidad. Las dos cosas son ciertas. Yo suelo respetar a cualquiera que asuma por las urnas el puesto de presidente. Me resulta que hay en esa responsabilidad y en su aura algo sagrado. Pero eso mismo me hace de alguna manera instintivamente posicionarme en algo parecido a la perpetua oposición, a la crítica obligatoria que es el único antídoto que conozco ante la atracción que ejerce en mí el poder.

En el caso del presidente Boric me cuesta perdonarle la ambición abierta de reemplazar a mi generación y la que nos precedió sin tener del todo claro ni nuestros verdaderos defectos ni nuestras verdaderas cualidades. Me dolió que nos jubilaran pero me dolió que lo hicieran sin nunca del todo ocupar el puesto del que nos desalojaron con una actitud de rebelde pero también de hijos del dueño del boliche. Eso mismo que me da rabia también me lo hace entrañable, como uno no puede dejar de querer a alguien que vio crecer, hacerse y deshacerse, enredarse y desenredarse con una ingenuidad que era cualquier cosa menos inocencia en su caso.

Veo en Gabriel Boric algo más que una persona con buenas intenciones que derivan en buenas intuiciones. Creo que hay alguien que tiene valores humanos, cristianos, una cierta pureza provinciana y un contacto con el dolor propio y ajeno que no puedo dejar de agradecer. Me pasaba lo mismo, de manera distinta, con el presidente Piñera y con el presidente electo Kast, aunque los valores e ideas de ellos nunca fueron los míos. Las ideas y valores de Boric son los míos, y no puedo sentir como un logro que haya pasado de Laclau a Camus, de García Linera a García Márquez, de Cortázar a Borges.

Es cierto que en otro momento habríamos pedido más, pero en el mundo de Milei, Bukele, Maduro, Sánchez o Trump, que un gobernante quiera a su madre y a sus hijos, no considere que el canibalismo es una buena idea, y crea que los otros humanos tienen más o menos los mismos derechos que él, no es mucho que pedir. Me temo que el tiempo nos haga valorar esto que alguna vez fue un desdén, eso que fue alguna vez normal, como un tesoro que no debemos nunca desperdiciar.

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