Secciones
Opinión

Poder

El mundo que viene no será más ordenado. Será cada vez más expuesto, más acelerado y más exigente en comprensión estratégica. Entender cómo hoy se cruzan poder, democracia, diplomacia, comunicación y negociación no es una discusión académica ni ideológica. Es una condición básica para no volver a llegar tarde.

La detención de Nicolás Maduro marcó un punto de quiebre. No solo porque haya caído un dictador, sino porque lo que vino después dejó al descubierto algo más profundo: el poder ya no está dialogando con el sistema; está operando por encima de él.

Lo que desconcierta hoy no sólo es Maduro. Es también Donald Trump enfrentándose al derecho internacional, a las formas clásicas de la diplomacia y a las expectativas políticas de millones de personas, dentro y fuera de Venezuela.

Para muchos venezolanos y latinoamericanos, la escena fue profundamente significativa. Emoción, alivio, lágrimas, banderas, sensación de cierre. Es la expresión de un dolor acumulado durante años. Durante demasiado tiempo, el sistema internacional fue incapaz de ofrecer una salida clara a una crisis que se prolongó más allá de lo tolerable. Trump, en cambio, actuó. Y ese contraste -acción versus espera- pesa hoy más que cualquier discusión jurídica.

Pero ahí comienza también la incomodidad.

En una misma jugada, Trump desordena todas las legitimidades al mismo tiempo. No reconoce a María Corina Machado como interlocutora válida, pese a su liderazgo opositor y respaldo ciudadano. En cambio, valida a Delcy Rodríguez como parte de una transición, desconociendo no solo a la oposición tradicional, sino también buena parte del relato internacional construido durante años.

La izquierda lo acusa de atropellar el derecho internacional.

La derecha celebra la eficacia.
Los organismos multilaterales quedan descolocados (o, para muchos, abiertamente obsoletos).

Los liderazgos locales pierden centralidad.

Y Trump sigue avanzando.

Aquí el punto no es si tiene razón o no. El punto es: ¿qué cambió para que esto sea posible?

El mundo cambió porque la forma de comunicarnos cambió más rápido que las instituciones. La política, la diplomacia y el derecho internacional siguen operando con lógicas diseñadas para un mundo más lento, más mediado y menos expuesto. Pero el poder hoy se ejerce con audiencias globales conectadas sin intermediarios. Ese desfase no es neutro: redefine quién tiene poder y cómo se negocia.

Trump no está negociando dentro del sistema; está negociando con el sistema. Usa la incertidumbre como herramienta, redefine interlocutores sobre la marcha y establece hechos consumados que obligan a todos los demás a reaccionar. Esto se hace gracias a un elemento decisivo: el uso directo de las redes sociales y de una comunicación inmediata, que le permite hablar al mundo en tiempo real y fijar agenda antes de que las instituciones logren siquiera procesar los hechos.

En ese escenario, el derecho internacional no desaparece, pero queda subordinado al impacto político, mediático y simbólico de la acción. La señal es brutal: la legitimidad ya no se construye sólo desde las normas, sino desde la capacidad de actuar, de comunicar y de controlar el momento.

Eso explica por qué, al mismo tiempo, hay pueblos celebrando, élites políticas confundidas y marcos institucionales debilitados. El poder, hoy, no premia coherencia ni trayectoria. Premia control del ritmo, del relato y del timing.

Es precisamente en ese espacio donde emergen estas nuevas formas de ejercicio del poder. Las redes sociales y la hiperexposición mediática empujan las negociaciones más allá de los límites tradicionales. El poder no espera consensos largos: avanza, instala hechos, fuerza reacciones y redefine el tablero en público. Las negociaciones dejan de ser discretas y pasan a ser abruptas, expuestas y muchas veces incómodas.

Por eso la interpelación no es únicamente política, es estructural. Organismos internacionales como la Organización de las Naciones Unidas, la diplomacia en su conjunto e incluso la democracia, enfrentan un desafío ineludible: adaptarse a estas nuevas lógicas de poder y negociación, aprender a reaccionar a tiempo y a navegar en aguas radicalmente distintas, o arriesgarse a quedar definitivamente fuera del juego. No porque las reglas ya no importen, sino porque cuando no logran responder al ritmo de los conflictos reales, otros actores ocupan el espacio con reglas distintas.

El mundo que viene no será más ordenado. Será cada vez más expuesto, más acelerado y más exigente en comprensión estratégica. Entender cómo hoy se cruzan poder, democracia, diplomacia, comunicación y negociación no es una discusión académica ni ideológica. Es una condición básica para no volver a llegar tarde.

Notas relacionadas







El bolero que no pidió permiso

El bolero que no pidió permiso

Lo que duele y conmueve es que Lui Alberto Martínez se va justo cuando esa estética vuelve a ser valorada sin pedir perdón. Bloque Depresivo es el síntoma más visible: llenan, convocan, hacen coro colectivo con el melodrama que antes se escuchaba a escondidas. Cantan desde el mismo árbol genealógico: la pena como celebración comunitaria, el drama como lugar de encuentro.

Foto del Columnista Mauricio Jürgensen Mauricio Jürgensen