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Trump: Un enigma sin misterio

Trump es cualquier cosa menos un tonto y cualquier cosa menos un bruto. No le importan, por cierto, los venezolanos, o los iraníes, o los cubanos, pero puede que les dé una libertad que gobiernos mejor intencionados no les dieron.

¿Qué piensa, cómo piensa, qué quiere, qué no quiere Donald Trump? Esta pregunta, esencial a la hora de entender una política que parece nacer de una serie de caprichos autobiográficos, es casi imposible de responder. Trump, es cierto, no esconde nada y lo dice todo, pero lo mezcla con patrañas, autoalabanzas, obsesiones menores, vulgaridad y violencia de tal manera que el resorte secreto tanto de su política como de su carácter resulta imposible de desentrañar. Es un enigma sin misterio, una esfinge que no para de moverse para seguir siempre en el mismo lugar.

Al comienzo de su primer mandato, recuerdo haberme enfrascado en una larga conversación con un amigo escritor norteamericano. Este no podía creer que yo considerara a este hombre que solo dice estupideces uno de los políticos más inteligentes de la historia de Estados Unidos. Para mi amigo, Trump era un bruto racista. Lo segundo es completamente indiscutible: su certeza de que los blancos son superiores a los negros y que estos deben ser reprimidos y castigados es la única inquebrantable de sus convicciones. Su política migratoria, monstruosa por donde se la mire, no es producto de un cálculo sino de algo parecido a una fe.

Lo otro, todo lo otro, es negociable. Y uno no puede dejar de admirar su arte a la hora de la negociación. Envuelto en mentiras, promesas y brutalidad, pero también con un fino conocimiento del otro, puede pasar de querer castigar a toda costa a Brasil a descubrir, después de hablar unos minutos con él, que le cae bien Lula y que va a ser su amigo. Por cierto, habría que ser ingenuo para creer que su cambio de opinión tuvo que ver con ese breve contacto personal, pero es parte de su astucia hacer que su política exterior se vea como una extensión de “The Apprentice”, el reality show en que expulsaba aspirantes a empresario como quien respira.

Trump desafía todo lo que consideramos bueno, justo, bello o noble, pero asquear, marear, espantar es parte de su arte de gobernar. Hipnotizados en nimiedades, puede ejecutar una política exterior que obedece a una perfecta lógica: la del poder. Pero lo que lo guía no es la sensación de su potencia sino la de su impotencia. Más allá o más acá de la retórica triunfalista, guía a Trump la idea de que Estados Unidos está entre la espada y la pared y no se puede dar el lujo de ser bueno, paciente o cuidadoso.

Pero a pesar de sus modales de Neanderthal, pudimos ver en Venezuela cómo su plan, por más audaz y peligroso que pudiera parecer, fue fríamente planificado no solo desde el punto de vista logístico sino estratégico, militar y político. ¿Todo lo hizo por petróleo? No lo escondió. Por petróleo se hizo también la guerra de Iraq o se quitó a Gaddafi del poder, pero es cosa de comparar estas guerras y sus efectos con lo que hasta ahora está costando la “extracción” venezolana para dejar de mirar con sorna a este que le exige a los noruegos que le den luego el Premio Nobel de la Paz.

Trump es cualquier cosa menos un tonto y cualquier cosa menos un bruto. No le importan, por cierto, los venezolanos, o los iraníes, o los cubanos, pero puede que les dé una libertad que gobiernos mejor intencionados, preparados, entrenados, no les dieron. El desprecio de Trump por la OTAN, la ONU, la OEA o los tribunales penales internacionales está en el centro de su ideología, que ve como una castración el orden mundial que nació de la derrota de Hitler, los millones de muertos en los campos de concentración y las dos bombas atómicas.

Pero sería ciego no ver que los hechos confirman esos prejuicios ideológicos. Porque la ONU y otras siglas que empiezan por O no solo han sido impotentes ante dictaduras como por ejemplo la venezolana, sino que han ayudado a prolongarla. La universalidad de los derechos humanos puede aún ser un avance civilizatorio, pero esconde mal que estos derechos se han convertido en otra arma arrojadiza en manos de un bando y otro, donde importa más la capacidad de sensibilizar al adormecido pueblo europeo que los datos fríos.

Trump no cree en el progreso o siente, como todo conservador antiilustrado, que el progreso es un retroceso para los valores feudales que sigue defendiendo. Los que crecimos en los años 90 sí vimos un mundo progresar y caer dictaduras, y abrirse economías, y colorearse paisajes grises. La salvaje concentración del poder económico en que terminó tanta maravilla acabó con esa primavera. Los que han crecido en el invierno del descontento que siguió a la crisis del 2008 no pueden tener esa fe. Para ellos el mundo no avanza hacia ninguna parte. Los hechos les dan la razón. Es lo que comprende mejor que nadie Trump.

Y sin embargo el progreso sigue sin que nadie crea en él. Trump no quiere un mundo mejor, quiere un mundo para él, pero quizás esté sin querer o contra su fe mejorándolo. Lo que sin ninguna duda no está mejorando es justamente lo que prometió resucitar: Estados Unidos. Grande again en ningún sentido, hundido en sus contradicciones y miseria, matando miserablemente a sus propios habitantes con armas fiscales, Estados Unidos se enfrenta a un espejo en que todos sus espantos aumentan.

Quizás como a muchas personas, Trump no pueda más que matar lo que ama y dar vida a lo que no le interesa. Es muy pronto para saber nada. Por el momento solo queda esta figura hipnotizante y terrible, que quiere cubrirse entero de oro para rivalizar con el sol y que es al mismo tiempo un anciano cansado y fanfarrón que sabe más de lo que dice, y habla casi siempre de lo que no sabe. Un Rey Midas al revés: todo lo que toca se convierte en escombros, pero de esos escombros, inexplicablemente, a veces brota algo parecido a la vida.

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