Muchas veces se entiende la cultura como eventos excepcionales o aislados, actividades como una obra teatral, un concierto o una exposición son “ocasiones” y no representan o forman parte del cotidiano.
Para quienes trabajamos en este ámbito, sabemos que hay una parte que está vinculada al consumo de experiencias, pero no olvidamos que aquello que entendemos por cultura debe ser parte de la vida de las personas, incidir en la forma en que nos relacionamos con la ciudad, los espacios y los demás. Hoy más que nunca la calidad de vida no es solo una aspiración justa de los ciudadanos, sino también una preocupación propia de la administración sostenible de ciudades y comunas. Las industrias creativas y como tal la cultura, no sólo impulsan el crecimiento urbano al generar empleo, turismo y revitalización económica, sino además proporcionan ingredientes vitales de las nuevas sociedades: identidad y cohesión social, cuestión de mirar ejemplos como Frutillar o Angulema en Francia.
Esta idea ha sido explorada por Allen J. Scot en su libro “The cultural economy of cities” (2000), quien plantea que la cultura no es un adorno ni un efecto secundario del desarrollo económico, sino un motor estructural de la economía urbana contemporánea. El autor relata cómo, desde fines del siglo XX, distintas ciudades comenzaron a reorganizar su crecimiento en torno a industrias culturales y creativas como el diseño, la industria audiovisual, música, moda, arquitectura, los medios y las artes, identificándose como plataformas para generar valor financiero, empleo, identidad urbana y competitividad global.
En la misma línea, el urbanista británico Charles Landry, uno de los pensadores más influyentes en el concepto de “ciudades creativas”, releva la creatividad como un recurso urbano transversal que puede aplicarse a políticas públicas, diseño urbano, gestión, participación ciudadana y resolución de los distintos problemas que enfrentan las ciudades (segregación, movilidad, sostenibilidad, cohesión social, etc). Todos ellos requieren imaginación, pensamiento lateral y colaboración interdisciplinaria, y es la cultura quien cumple un rol habilitador al expandir marcos de pensamientos, fortalecer la identidad y la confianza social necesaria para innovar.
En Chile debemos recordar el potencial de la cultura como herramienta de transformación y desarrollo tanto para las regiones, como en las comunas y barrios de la capital. En Lo Barnechea lo hemos comprobado con actividades como “Fichas a la calle”, donde los juegos de mesa se apoderan del espacio público; la recuperación de fachadas de las casas del eje antiguo con el programa “Fachadas de nuestra historia”; o la reciente inauguración del “Mural a cielo abierto” en plena autopista, una intervención artística y social que llena de vida un entorno que antes era gris.
La cultura como un hábito es una apuesta por el futuro.En tiempos veloces e inciertos funciona como anclaje, porque nos recuerda quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde queremos. Este significado esencial trasciende la semántica: cuando la cultura se convierte en una práctica cotidiana, las ciudades evolucionan.