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No acepto

En este artículo, y a propósito de la crisis de Venezuela pero de muchas cosas más, nuestro columnista critica con fuerza a una forma muy específica de izquierda: la izquierda profesoral. Esa que prefiere una teoría elegante antes que un testimonio incómodo, reemplazando la democracia por la geopolítica y minimizando la corrupción, la tortura y la prensa clausurada.

La escena ocurrió en Madrid, pero podría haber ocurrido al mismo tiempo en Nueva York, en Santiago o en Buenos Aires. Un grupo de venezolanos celebraba la caída del dictador Maduro frente a un habitante local, de anteojos, gesto seguro y aspecto de intelectual. Con una mezcla de curiosidad, ironía y suficiencia, el intelectual les preguntó a los venezolanos qué era, exactamente, lo que había que celebrar. ¿La intervención colonial de una superpotencia sin Dios ni ley? ¿El secuestro de un hombre que defendía la riqueza petrolera de un país grande pero solitario, en un continente también grande y solitario?

Los venezolanos respondieron algo mucho más simple: celebraban la libertad. Después de veinticinco años de dictadura, o de algo muy parecido a ella, celebraban que el ex guardaespaldas de un matón de barrio —que se robó una elección hace un año— estuviera sentado en un tribunal y no instalado en el Palacio de Miraflores.

“Ustedes no entienden lo que pasa en Venezuela”, dijo entonces el presunto profesor, con un acento de perfecta y hasta simpática condescendencia. Fue ahí cuando el grupo de venezolanos estalló en carcajadas. Y en esas carcajadas estaba todo: el cansancio de que les expliquen su propio dolor, el hartazgo de los teóricos de café, la rabia de los que saben que el hambre no es una categoría sociológica sino un hueco en el estómago. Pero, sobre todo, estaba la alegría de los que por fin pueden reírse, merecidamente, de sus carceleros intelectuales.

La escena es mínima, pero reveladora. Resume una forma muy específica de izquierda: la izquierda profesoral. Esa que explica desde afuera, que corrige la experiencia ajena, que sospecha siempre del dolor real y prefiere una teoría elegante antes que un testimonio incómodo. Geopolítica antes que democracia, imperialismo antes que liberación, embargo que minimiza la corrupción, la tortura o la prensa clausurada.

Los campeones del sufrimiento ajeno

Se le dice al que sufre que es ingenuo por creer que lo que sufre tiene solución. La solución ellos no la dan ni la tienen, porque lo que les importa es probar que el mundo entero está mal. Ojalá que todos sean testigos del horror que vive Gaza… pero que nadie cometa el crimen de invocar una solución que, por cierto, implique pasar por alto crímenes y reivindicaciones, sanar las heridas, reconocer los errores de la otra parte, hablar con el enemigo.

Son juegos de suma cero. Menos que cero. Son juegos de winners que quieren también ganar en el deporte de perder. Es imposible que convoquen a los que sufren porque hasta ese dolor lo reemplazan con el suyo. No se trata de decirle a los venezolanos que no viven en una dictadura, sino hacerles ver que su caso obligó al mundo a romper el sagrado derecho internacional, que ellos son los culpables de que el día de mañana se acabe Groenlandia o que Irán sea, Dios no lo quiera, libre.

La gente no siempre tiene la razón, pero tiene sus razones. La izquierda de hoy piensa que la gente siempre está equivocada hasta que no estén de acuerdo con ellos. Les presento un ejemplar del caso. Se llama Pablo Fernández. En rigor se llama Juan Pablo Fernández Santos, pero prefiere que no lo llamen así porque suena a demasiado rico. No es pobre: estudia Derecho hace décadas y regenta un quiosco de diarios en León, España. Es el portavoz de Podemos.

Este héroe sin batallas propuso que en la pasada Navidad los militantes y simpatizantes les dijeran en la cena a la cara a sus padres, tíos o vecinos lo “fachas”, “racistas” y “machistas” que son. Aplicó su teoría en vivo, en un despacho televisivo, y llamó racistas y xenófobos a vecinos de un barrio popular de Badalona que rechazaban un centro de acogida para inmigrantes sin papeles.

Esta Navidad, Fernández Santos llamó pues a los españoles a enfrentar a sus parientes y decirles lo fascistas y racistas que son. Pero ¿qué sucedería si el suegro o la prima le dijeran que el fascista en rigor es él, que defiende el gobierno de Venezuela pese a ser, técnicamente, ideológicamente, lo más parecido al gobierno de Mussolini? ¿Qué pasaría si la cuñada le dijera a Pablo que el machista es él, que defiende al gobierno de Irán que lapida a mujeres y homosexuales?

La religión sin Dios de los flagelantes

Cada vez que la izquierda presenta una causa absolutamente incuestionable —Palestina, el feminismo interseccional, la plurinacionalidad— me pasa que no puedo enganchar sentimentalmente. Puedo entender, razonar, pero no encuentro nunca el vínculo moral con la pobreza y la opresión, con la vida real, con el dolor real. Es como si escogieran como evidente lo que es evidente para nadie más que para ellos.

Sobre todo eligen como evidentes causas que piden que renuncies a ser lo que eres: que pidas disculpas por ser judío, blanco, hombre, humano y no animal. Disculpas por todas esas mismas cosas que los que te piden que te disculpes… son. Es como si ser de izquierda fuera algo parecido a esos juegos sadomasoquistas en que un sometido cumple a la distancia los deseos de su sometedor por el puro placer de hacerlo.

Ninguna de esas causas es de izquierdas, o no lo son especialmente, pero todas piden que ya no seas quien eres. Son religiosas, en el sentido del sacrificio, y absolutamente ateas en el sentido de la desesperación que las anima, porque se sabe que ninguna de ellas cumplirá sus objetivos. De hecho, se sabe que los que se someten a ese juego están condenados a ser pillados infraganti, como le pasó a Errejón y Monedero en España, y a Catalina Pérez y Alberto Larraín en Chile.

“Yo te creo, amiga”. “No es no”. La plurinacionalidad, el lawfare y la politización del sistema de justicia como remedio a ella, el control de la prensa, Palestina del río hasta el mar, la interseccionalidad punitiva, el veganismo y el animalismo antihumanos: casi todas las causas incuestionables de la nueva izquierda me resultan complicadas de adherir sin más.

Para Marx la plurinacionalidad sería una aberración como cualquier adoración a un mundo preindustrial, mítico y místico, que era más bien la pasión de los nazis. Para el feminismo de mi madre y mis abuelas, la idea de que los derechos de las mujeres implican el fin de la presunción de inocencia sería una barbaridad inasumible.

Lo que caracteriza las distintas causas de la izquierda contemporánea es una inclinación a la pureza, es decir, a la crueldad. Pedirle a un judío, a un hombre o a un blanco que pida disculpas por serlo. El mundo allá afuera, los dolores de los pobres o de los migrantes, siguen igual, pero eso no es lo importante. Los privilegiados no tienen que compartir sus privilegios, basta con que sufran por tenerlos.

No me voy de mi propia casa

En la izquierda de mis padres, que me tocó vivir en mi adolescencia, los que veníamos de la burguesía ilustrada nos sentíamos ligeramente culpables por dicho origen. Procurábamos encontrar un sindicalista, un obrero o un poblador que dijera las verdades que nosotros no podíamos decir. Pero existía ese roce, esa culpa, esa dialéctica. La izquierda que da lecciones no conoce eso. No conoce al hombre común ni quiere conocerlo. Quiere peinarse distinto, quiere comer distinto, quiere pensar distinto, aunque lo haga en grupo, en secta, en capilla.

Es la conciencia de su fragilidad la que marca su manera de estar en el mundo. Bourdieu, ese hombre que reivindicaba a los de abajo y dividía el mundo en dominados y dominadores (pero escondió toda la vida vergonzosamente su acento del sur de Francia) ejemplifica perfectamente esa falsa conciencia. No quería lo que fue, no quería que le perdonaran haberlo sido, creó una teoría como quien crea un búnker, se escondió en ella y mandó a pelear a otros por él.

Yo no quiero dejar de ser de izquierda porque algunos decidieron que serlo como Orwell, Pasolini o Camus ya no sirve. Yo no quiero darle mi lugar en esa izquierda sentimental, moral, ética. A unos zorrones con biblioteca. Yo acepto ser blanco, socialdemócrata, vacilante o burgués, mientras ellos acepten ser fascistas, pedantes y, en muchos casos, neonazis. Yo los acepto en mi familia disfuncional si no quieren llevarse a los abuelos Marx, Camilo Torres o Trotsky a morir en la plaza de frío o de calor. Yo acepto ser ideológicamente débil, pero no acepto que lectores de Laclau y Butler sientan que son ideológicamente infalibles. Y, sobre todo, no acepto que gente que siente tan poco pase la vida entera “sintiéndose ofendida”. No acepto que gente que no escucha a nadie sea el portavoz de nadie.

No acepto que me obliguen a celebrar con la derecha por logros que deberían ser de izquierda, ni a razonar con la derecha porque ellos han abandonado la razón como argumento. No quiero irme a ningún lado mientras ellos sigan sin pagar las cuentas usando todos los servicios de la casa.

El caso de Venezuela es quizá solo la muestra más insolente de lo que está matando a la izquierda, tanto en España como en Chile. Eso mismo es lo que ha permitido que sea finalmente Donald Trump, por malas razones y de muy mala manera, quien haya logrado darles a muchos hombres y mujeres inmigrantes, pobres y oprimidos algo parecido a la esperanza.

Esta es mi casa. La casa de mi padre que fue al exilio. La casa donde viven todavía Marx —el que quería que los obreros comieran, no que se flagelaran—, Camilo Torres —que murió con los pobres, no tuiteando sobre ellos—. No pienso cederla a los usurpadores. No pienso dejar que unos recién llegados con maestría en Laclau me expliquen que Orwell era problemático. Son ellos los intrusos. Son ellos los que deberían explicar qué hacen en una casa que desprecian, hablando en nombre de gente que no conocen, defendiendo ideas por las que Marx vomitaría.

Por eso no me voy. Porque alguien tiene que recordarles que la izquierda era otra cosa. Y que puede volver a serlo. Que, entre los escombros de su demolición teórica, todavía late un corazón que se conmueve con el dolor ajeno sin necesidad de teorizarlo.

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