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Gabinete de José Antonio Kast: vírgenes y piratas

No es un gabinete de pesos pesados, aunque contenga algunos. Es, sobre todo, un ensayo, una prueba, una apuesta.

La ceremonia de presentación del gabinete fue fría, austera, deliberadamente aburrida. Sin embargo, nada fue improvisado. Todo estuvo cuidadosamente coreografiado. No para emocionar ni convencer, sino para transmitir orden, control y continuidad. No a la ciudadanía, sino a quienes realmente importaba tranquilizar: el poder económico y simbólico de la derecha chilena.

En el extremo izquierdo del escenario se posicionaron los tres integrantes del verdadero directorio del gabinete. Tres hombres grises, sin experiencia política relevante, que representan, sin embargo, lo más inevitable del poder real. No estaban ahí por casualidad ni por carisma. Estaban ahí como garantía.
Francisco Pérez Mackenna, designado ministro de Relaciones Exteriores, no tiene experiencia diplomática ni trayectoria en política exterior. Su principal credencial es su rol como director de Quiñenco. Fernando Barros, ministro de Defensa, tampoco tiene relación profesional con el ámbito militar o estratégico; su nombre es conocido, en cambio, por haber integrado la defensa de Augusto Pinochet durante su detención en Londres. El trío lo completa Fernando Rabbat, ministro de Justicia y Derechos Humanos, otra ironía cuidadosamente asumida: abogado que participó en defensas vinculadas a Pinochet en el caso Riggs, ahora encargado de una cartera que lleva en su nombre aquello que su trayectoria pública tensiona.

Un poco más cerca del presidente electo, pero no demasiado, se ubicó Ximena Rincón, vestida como si asistiera a una gala de la fundación Iguales. Designada ministra de Energía, nada sabe del sector, pero le sobra eso mismo: energía. Ximena Rincón podría calificarse como la primera pirata del gabinete: vieja loba de mar, llena de heridas, capaz de haber sido ministra de Michelle Bachelet cuando gobernaba en alianza con el Partido Comunista y hoy pieza funcional en un gobierno de derecha dura. Tiene oficio, tiene resistencia y tiene algo que escasea en este gabinete: instinto de supervivencia.

Justo detrás de ella se situó María Paz Arzola, ministra de Educación. Podría llamársela la primera virgen del gabinete: joven, bella, preparada, técnicamente sólida, pero con nula experiencia política o gremial. A su cargo queda, nada menos, que el sistema educacional completo, uno de los ministerios más peligrosos de esta legislatura, con protestas estudiantiles, gremiales y universitarias ya anunciadas, y una conflictividad estructural que ningún gobierno ha logrado desactivar del todo. En ese escenario, su figura parece pensada menos para resistir el conflicto que para encarnar una promesa de orden y normalidad que la realidad se encargará rápidamente de poner a prueba.

Detrás de Rincón se posicionó Martín Arrau, hombre de confianza del presidente, una suerte de doble prolijo del príncipe Guillermo de Inglaterra, nombrado ministro de Obras Públicas. Perfil técnico, estética pulcra, lealtad asegurada: más imagen que trayectoria pública, más obediencia que experiencia.

A su lado apareció Natalia Duco. Nadie podría reprocharle que no tenga relación con el deporte, su cartera, aunque sí que encarne una de sus zonas más oscuras: el dopaje que marcó tempranamente el final de su carrera olímpica. Otra pirata a bordo.

Delante de ella se ubicó Jorge Quiroz, a quien sus propios colegas, que admiran su talento como prosista y su indudable capacidad técnica, llaman sin ironía un pirata. Un soldado experto en redactar informes brillantes y contradictorios para defender intereses empresariales en contextos complejos. Sin experiencia en el Estado, condición que parece casi un requisito en este gabinete, y sin militancia reconocible, salvo el partido de sí mismo.

Flanqueando al presidente por la izquierda, en primera fila, se situó Trinidad Steinert, nueva ministra de Seguridad. Exfiscal conocida por su lucha frontal contra el Tren de Aragua en el norte y por investigaciones vinculadas a corrupción en la Fuerza Aérea. Mujer dura, sin experiencia política, pero con potencial simbólico en un gabinete que carece de figuras visibles, salvo por quien se ubicó justo detrás del presidente.

Ahí estaba la vocera Mara Sedini. Cantante, actriz, periodista, polemista de Sin Filtro, figura que aporta algo de glamour y algo de peligro a un conjunto generalmente hosco, oscuro, sombrío, casi triste.
La otra nota de color, como una corona que rodea al presidente, la dio Judith Marín, socialcristiana, enemiga del aborto en todas sus causales. Prueba viva de que la llamada batalla cultural, que el candidato había prometido dejar en pausa, sigue plenamente en pie.

Por el lado derecho del escenario se alinearon los dos únicos ministros que podrían calificarse como ministros de emergencia. El primero, el UDI y chilote Claudio Alvarado, hombre que ha estado en política desde que el mundo es mundo, experto en dar patadas, recibirlas, cerrar acuerdos e inventar soluciones donde no las hay. A su lado, con un perfil similar pero integralmente Renovación Nacional, ahuasado y apatronado, se ubicó José García Ruminot, ministro secretario general de Gobierno.

En la primera fila de este pelotón volvió a aparecer una virgen dando la cara por los piratas: María Jesús Wulf, socióloga del Partido Republicano, cercana al presidente, estudiosa, seria y joven. A su lado, casi como su duplicado, Francisca Toledo, investigadora que escribe papers para el CEP. Detrás de ellas, figuras grises y poco conocidas fuera de sus industrias: Raus y Mas. A su costado, el demasiado conocido Jaime Campos, pirata entre los piratas, exministro de Lagos y Bachelet, que acumula el raro privilegio de haber sido casi siempre ministro de una cartera que su propio apellido recuerda: Agricultura.

Más adelante, otra virgen: Ximena Lincolao, profesora, líder de ONG, mujer y mapuche. Un nombramiento inesperado en un gobierno que no parecía interesado en ese tipo de símbolos. Delante de ella, María Chomalí, de quien hasta ahora solo se sabía que era la hermana médica del cardenal. Justo detrás, Francisco Undurraga, diputado de Evópoli, cuya relación con su cartera parece reducirse a su parentesco con artistas de todo tipo. Y cerrando la escena, Iván Poduje, exfuncionario de la Concertación, indignado con ella, fervoroso converso a la nueva derecha desde su púlpito en Sin Filtro.

Quedó al extremo izquierdo del escenario Catalina Parot, no por decisión política sino por falta de infraestructura adecuada para permitirle avanzar más allá, debido a su discapacidad. Exministra de Piñera, de reconocida capacidad, es una de las pocas figuras con experiencia real en un gabinete que se quiere urgente, infalible y profesional, en contraste explícito con el primer gabinete de Gabriel Boric, percibido como amateur.

El contraste de nombres, trayectorias y fortunas, entre cuentas corrientes personales y directorios empresariales, entre este gabinete y el de Boric no podría ser más evidente. Pero la falta de experiencia política de muchos ministros clave, las polémicas que arrastran varios de ellos y cierto aire universitario de think tank recuerdan inquietantemente aquel inicio. No es un gabinete de pesos pesados, aunque contenga algunos. Es, sobre todo, un ensayo, una prueba, una apuesta.

¿Se sostendrá en el tiempo?

¿Tendrá con qué respaldarse?

Marzo dirá.

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