Hablar de patrimonio suele remitirnos a monumentos, declaratorias oficiales o a la conservación material de los edificios históricos. Pero esa mirada, que podemos englobar en lo que Laurajane Smith denomina el “Discurso Patrimonial Autorizado”, deja fuera algo esencial: el patrimonio no es una cosa, sino un proceso social. Una práctica viva mediante la cual las comunidades construyen identidad, memoria y futuro. Ningún edificio es patrimonial por sí mismo; su valor nace de los vínculos que lo sostienen y de las historias que allí se han tejido.
La capilla “La Torina”, en Pichidegua, encarna con claridad esta idea. Se trata de una construcción de origen colonial, vinculada a la arquitectura rural en adobe y a la influencia de Joaquín Toesca. A lo largo de su historia ha resistido incendios, terremotos y el desgaste propio del tiempo. Sin embargo, su mayor fortaleza no está sólo en sus muros ni en el valor de su diseño, sino en la comunidad que la ha cuidado, protegido y mantenido viva por generaciones.
Paradójicamente, como ocurre en tantos casos en Chile, “La Torina” no cuenta con declaratoria de Monumento Nacional. Para la institucionalidad patrimonial todavía no alcanza la categoría de “bien de interés histórico”. Sin embargo, para los vecinos su valor es incuestionable: es el lugar donde muchos se bautizaron, contrajeron matrimonio, celebraron fiestas religiosas o participaron en actividades comunitarias. Es, en palabras del propio territorio, un archivo emocional colectivo. Volviendo a Laurajane: su valor patrimonial no radica en su materialidad, sino en las prácticas y significados que la comunidad ha construido en torno a ella.
Sin apoyo institucional estable, han sido los mismos habitantes quienes la han sostenido. A través de comités de limpieza, rifas, beneficios, mingas y formas contemporáneas de organización (desde reuniones presenciales hasta grupos de Whatsapp) la comunidad ha hecho lo que el Estado no ha logrado: mantenerla viva. Ese esfuerzo cotidiano, silencioso y persistente constituye una forma de conservación tan relevante como cualquier intervención técnica. Allí el patrimonio no se gestiona, se vive.
Las amenazas, sin embargo, son reales. Las inundaciones provocadas por el rio Cachapoal, el deterioro acumulado y proyectos de restauración inconclusos ponen en riesgo tanto su estructura como la relación afectiva que la sostiene. El peligro no es sólo material: una intervención mal concebida, hecha sin la comunidad o para fines ajenos a ella, como ocurriría bajo una lógica de turistificación o musealización excesiva, podría vaciar de sentido el lugar despojándolo de aquello que lo hace verdaderamente patrimonial.
La academia, en su rol de contacto y acción directa con las comunidades, tiene aquí una responsabilidad ética ineludible. Intervenir “La Torina” no puede entenderse como un ejercicio que mire el patrimonio desde la distancia; debe ser un diálogo horizontal que reconozca la legitimidad del saber local y el carácter vivo del patrimonio. En esta línea, la Universidad San Sebastián, a través de su Escuela de Arquitectura, ha iniciado un trabajo colaborativo con la comunidad de Pichidegua. Estudiantes y académicos han realizado un primer levantamiento de la realidad material e inmaterial de “La Torina”, documentando tanto su estado físico como las memorias, prácticas y significados que la sostienen. Esta labor constituye un paso concreto dentro del compromiso USS con las comunidades, entendiendo que respetar la memoria oral y las prácticas locales es tan importante como aplicar criterios técnicos de conservación. Como plantea Smith, el patrimonio es siempre una conversación sobre el presente, no una evocación estática del pasado.
Pero ningún esfuerzo comunitario o académico puede sostenerse sin un compromiso real del Estado y del mundo privado. La preservación del patrimonio vivo, especialmente en zonas rurales, requiere recursos, subsidios, programas de apoyo y financiamiento estable que permitan enfrentar riesgos estructurales, realizar obras urgentes y garantizar la continuidad de las prácticas que le dan sentido. No se trata solo de reconocer el valor simbólico de estos lugares, sino de dotarlos de las herramientas materiales necesarias para asegurar su permanencia en el tiempo. Sin ese respaldo, muchas comunidades quedan solas enfrentando deterioros, desastres naturales o intervenciones inconclusas, lo que termina profundizando su fragilidad.
El ejemplo de “La Torina” nos recuerda que rescatar el patrimonio es rescatar a la comunidad. Un edificio vive mientras es significado, usado y querido. Allí donde la memoria respira, en una capilla rural sostenida por sus vecinos, el patrimonio encuentra su sentido más profundo. Y es desde ese vínculo, no desde una ficha técnica, donde se construyen las raíces para proyectar el futuro de los patrimonios y sus comunidades.