En Chile, las vacaciones de verano no son iguales para todos. Mientras algunos niños descansan, viajan o van a colonias, miles quedan solos en sus casas, en la calle o frente a una pantalla, porque sus padres y madres simplemente no pueden dejar de trabajar.
Hoy, 2.500 niños, desde Iquique hasta Punta Arenas, viven una experiencia distinta: vacaciones acompañadas, leyendo y contenidos, gracias a Leer es Poderoso, de Fundación Familias Primero. No es un programa sofisticado ni caro. Es una red humana que funciona.
Es, en realidad, una red de apoyo público, privada y de la sociedad civil, que se articula desde la necesidad hasta la solución. Se sostiene gracias a personas muy distintas —jóvenes en misiones, dirigentas vecinales, adultos mayores, madres voluntarias e incluso las mamás de la Teletón— que entregan la misma oferta con enorme generosidad. Y también gracias a privados que creen en esta causa y se hacen parte con aportes concretos: recursos, materiales educativos, libros, colaciones y espacios de entretención que hacen posible que estos talleres funcionen con dignidad y calidad.
Algunos colegios abren sus puertas en vacaciones. Las municipalidades disponibilizan espacios, convocan a adultos mayores y articulan a los actores locales.
El SLEP Llanquihue se ha sumado, facilitando infraestructura y apoyo territorial para que estos talleres lleguen a más niños. Las sedes sociales de los barrios también se transforman en sedes de Leer es Poderoso, llevando la lectura y el cuidado al corazón de cada comunidad. Aquí ganan todos.
Ganan los niños, con vacaciones seguras, con sentido y con un espacio de aprendizaje afectivo. Ganan las madres y padres, que pueden trabajar tranquilos.
Ganan los adultos mayores, que vuelven a sentirse activos, útiles y comprometidos. Gana la comunidad, porque se tejen redes reales de cuidado.
Ganan las madres de la Teletón, que encuentran nuevas razones para sentirse desafiadas y protagonistas.
Ganan las madres de la comunidad, que sienten que aportan entre los suyos. Ganan los jóvenes en misiones o voluntarios de verano, que suman una experiencia transformadora a su paso por los territorios.
Lo que más impresiona no es solo el impacto en los niños, sino lo que ocurre alrededor: se activa la confianza, aparece la colaboración y se reconstruye algo que Chile necesita con urgencia: comunidad.
Hoy el desafío es escalar. No crecer como fundación, sino transferir la metodología, los materiales y la experiencia para que más personas se hagan cargo, en sus propios territorios.
Porque el objetivo es simple y urgente: que ningún niño en Chile pase sus vacaciones solo, en la calle o frente a una pantalla.
La filantropía se construye así: con confianza, colaboración y propósito compartido. No requiere grandes fortunas ni estructuras complejas.
Requiere personas dispuestas a hacerse cargo de lo que pasa al lado suyo. Cuando la comunidad se articula, todos ganan. Y cuando los niños no quedan solos, Chile también se cuida un poco más.