El primer gabinete de Gabriel Boric fue un manifiesto ideológico: símbolos antes que experiencia, gestos antes que competencia técnica. Ministros que habían escrito papers brillantes, pero jamás habían administrado ni siquiera una junta de vecinos. Izkia Siches en Interior fue el epítome: carismática, progresista, pero sin la menor idea de cómo funcionaba y funciona el Estado chileno.
José Antonio Kast acaba de repetir el mismo probable error con disciplina simétrica. Su gabinete—11 mujeres, 14 hombres— imita casi todo lo que criticó: ministros sin experiencia estatal significativa, académicos que jamás negociaron con un sindicato, y Trinidad Steinert en Seguridad como apuesta mediática, exactamente como fue Siches. Exfiscal regional, sin experiencia política, pero con “potencial simbólico”.
Es un gabinete gobernado por la “convicción”, esa manera redentora de ver el mundo que muestra símbolos inesperados —Ximena Lincolao, empresaria tecnológica con doctorado en Washington, destacada por Forbes—, pero que reafirma su impermeabilidad a la crítica: Fernando Barros y Fernando Rabat, abogados que defendieron a Pinochet, en Defensa y en Justicia respectivamente.
Hay algo más inquietante. Este gabinete tiene una buena cantidad de ministros que votaron No, que cantaron a Víctor Jara y no en broma, que vienen de mundos culturales incompatibles con Kast. Esto no significa necesariamente amplitud ideológica—los conversos son los más fanáticos—, pero sí una pluralidad que hace de este gabinete algo radicalmente nuevo: el más puro de la historia (con legionarios de Cristo, gremialistas duros y enemigos del aborto), pero también el más quiltro, el más excéntrico, el más mezclado.
LOS INTEGRISTAS: EL DIRECTORIO DEL PODER REAL
En el extremo izquierdo del escenario el día de la presentación se posicionaron los tres integrantes del verdadero directorio. Hombres grises, sin experiencia política relevante, que representan lo inevitable del poder: Francisco Pérez Mackenna en Relaciones Exteriores, director ejecutivo de Quiñenco. Fernando Barros en Defensa, socio fundador de Barros & Errázuriz, en el directorio de Oxiquim, consejero de la Sofofa. Garantía de que las Fuerzas Armadas no serán molestadas con temas incómodos. De los pocos entrevistados de mi larga carrera de entrevistador que me han hecho sentir incómodo, quizás porque estaba demasiado preocupado de que me sintiera cómodo. Demasiado untoso, demasiado obispal. Y Fernando Rabbat en Justicia, quien defendió a Pinochet en el caso Riggs y representó a Lucía Hiriart, ahora en la cartera que lleva en su nombre aquello que su trayectoria tensiona.
A ellos se suman las jóvenes guardianas del dogma: María Paz Arzola en Educación, ingeniera comercial sin experiencia política, crítica feroz del Sistema de Admisión Escolar. Francisca Toledo en Medio Ambiente, que escribe papers para Libertad y Desarrollo. María Jesús Wulf en Desarrollo Social, directora de Vértice, católica defensora de la vida desde la concepción. Y Judith Marín en Mujer, pastora evangélica socialcristiana enemiga del aborto, prueba viva de que la batalla cultural sigue en pie.
LOS INTEGRALES: LOS ADULTOS RESPONSABLES
Luego vienen los integrales, los que pertenecen más a la derecha tradicional que a Kast específicamente, los que estarían en este y en cualquier gobierno de derecha porque son los operadores políticos que preservan la gobernabilidad.
Claudio Alvarado en Interior, UDI y chilote, hombre que ha estado en política desde que el mundo es mundo, experto en dar patadas, recibirlas, cerrar acuerdos e inventar soluciones donde no las hay. Subsecretario de la Segpres en los dos mandatos de Piñera. A su lado, José García Ruminot, con un perfil similar, pero integralmente de Renovación Nacional, ahuasado y chilenísimo, ministro Secretario General de la Presidencia, expresidente del Senado, senador por La Araucanía. Son los únicos en este gabinete que saben cómo funciona realmente el Congreso, cómo se negocian los proyectos con los senadores díscolos, cómo se construyen mayorías cuando los números no están.
A ellos se suma Catalina Parot, exministra de Piñera, de reconocida capacidad, una de las pocas figuras con experiencia real en un gabinete que se quiere urgente e infalible. Curiosamente, Parot compitió contra Kast en 2001 por un puesto de diputado y perdió.
Martín Arrau, en Obras Públicas, también podría ubicarse aquí: hombre de confianza del presidente, de perfil técnico, estética pulcra y lealtad asegurada. Fue el primer intendente de Ñuble durante el gobierno de Piñera y participó en la reconstrucción tras el terremoto de 2010.
LOS INTEGRADOS: LOS QUE VIERON LA LUZ
Y finalmente están los integrados, los que vienen de otra parte, de otros signos, de otros mundos. No son conversos oportunistas: son la prueba de que el desprecio por lo público se expandió más allá de cualquier frontera ideológica.
Ximena Rincón, ministra de Bachelet cuando gobernaba con el PC, hoy en Energía. Votó No en 1988, fue Concertación, quiso ser candidata presidencial de ese sector. Aunque se ha hecho más rubia con los años no ha dejado de ser impecablemente exitosa en todo menos en conseguir que los chilenos la quieran.
Jaime Campos en Agricultura, exministro de Lagos y Bachelet, militante radical desde los 12 años, que acumula el raro privilegio de haber sido casi siempre ministro de una cartera que su propio apellido recuerda. Su partido amenazó con expulsarlo por aceptar el cargo. Campos entendió hace tiempo que en Chile lo que importa no es el color político sino la capacidad de gestionar bien los negocios… y la agricultura es ante todo un negocio.
Jorge Quiroz, en Hacienda es el símbolo perfecto: economista de la Chile con doctorado en Duke, hijo de Oscar Quiroz, profesor brillante y porteño del que me tocó en suerte ser alumno. Probablemente leyó a Cortázar y escuchó a Violeta Parra. Quiroz hijo, a quien sus colegas llaman sin ironía un pirata. Experto en redactar informes brillantes y contradictorios para defender intereses empresariales, vinculado a casos de colusión como el de las farmacias y la industria avícola. Sin experiencia en el Estado, sin militancia reconocible salvo el partido de sí mismo.
Iván Poduje en Vivienda es el converso más genuino y fanático: exconcertacionista indignado con la izquierda, fervoroso desde su púlpito desencajado en “Sin Filtro”. Fue mi alumno y compañero de paneles, inteligente, pero de una vehemencia tan feroz y descuadrada que se hace trampa hasta a sí mismo. Su conversión no es oportunista, sino genuina, y por eso es peligrosa. Poduje se convenció de que la izquierda había traicionado sus propios principios al volverse estatista, burocrática, enemiga del mérito. Arquitecto con máster en Urbanismo de la UC, escribió dos libros sobre el estallido social desde un punto de vista urbanístico.
Francisco Undurraga en Culturas—diputado de Evópoli cuya relación con su cartera parece reducirse a su parentesco con artistas— viene de una familia liberal, culta. Lo conozco desde siempre: su padre era compañero de mi padre en el SERPAJ, esa ONG heroica de la no violencia activa en dictadura. Don Pancho estaba ahí por pura convicción cristiana. El hijo es leal a Evópoli, partido que no se sabe a qué es leal. Trabajó en televisión (Mega y La Red) y junto a su hermana en el Emporio La Rosa, que fue vendido en 2016.
Completan este cuadro Ximena Lincolao en Ciencias, cofundadora de BuildWithin; Mara Sedini en Segegob, excorista de Myriam Hernández y también, como Poduje, exaltada panelista de “Sin Filtro” y May Chomali en Salud, hermana del cardenal, con orientación más próxima a la izquierda según quienes la conocen, vicepresidenta de la comisión de Verdad y Memoria del Colegio Médico.
LA PARADOJA FINAL: LO PRIVADO COMO RELIGIÓN
Este es el gabinete más puramente de derecha de la historia de la derecha chilena, pero también el más culturalmente diverso. Tiene hijos de exiliados y defensores de la dictadura, cantantes progresistas y enemigas del aborto, emprendedoras tecnológicas y directores de Quiñenco.
Lo único que parece unirlos a todos es la desconfianza visceral hacia el Estado. No en vano casi todos estudiaron en colegios o en universidades privadas: algunos en la Católica, otros en universidades del montón, pero todos fuera del sistema público, todos formados en la convicción de que lo público es sinónimo de mediocre y lo privado de excelente. Colegios caros y colegios baratos, pero casi nunca un liceo fiscal y pocas veces una universidad estatal como primera opción.
Esto no es el club de Cachagua que tanto le reprochaban a Piñera: ese gabinete sí era homogéneo, aristocrático, cerrado sobre sí mismo. El gabinete de Kast es más interesante y más peligroso porque es la prueba viva de que la fe única en lo privado se expandió más allá de cualquier frontera política o social. Gremialistas, progresistas y conservadores comparten una fe que trasciende las viejas divisiones ideológicas: el Estado es el problema y el mercado la solución.
Pero hay algo más inquietante: aunque se cuidó formalmente que no hubiera conflictos de interés evidentes, los intereses económicos y el patrimonio privado de algunos ministros son tan amplios, tan entrelazados con el poder corporativo, que es casi imposible que algunas de sus acciones o inacciones venideras no generen, alguna vez, legítimas dudas ente un posible acto de corrupción. Pérez Mackenna viene directo del directorio de Quiñenco, Barros preside directorios y participa en múltiples sociedades, Daniel Mas es vicepresidente de la CPC y empresario constructor.
A Kast esto no le importa. El clima de abuso, la sensación de ser dirigidos por una casta empresarial cerrada y prepotente que alimentó gran parte de la furia del estallido de 2019, parece para el presidente algo irremediablemente muerto, como si el estallido no hubiese sido un movimiento social sino un cataclismo natural.
Por eso este gabinete, tan distinto al de Boric, de algún modo lo repite en lo fundamental: es un manifiesto ideológico antes que un equipo de gobierno, una declaración de principios antes que una maquinaria para resolver problemas concretos.
Boric quiso demostrar que la nueva izquierda era joven, diversa y feminista y fracasó confundiendo los símbolos con la gestión.
Kast quiere demostrar que lo privado ha ganado definitivamente, que ha conquistado incluso a quienes antes lo combatían. Y probablemente no tendrá éxito por la misma razón: gobernar un país no es demostrar que tu ideología ha triunfado, sino resolver problemas concretos de gente concreta que, básicamente, necesita servicios públicos que funcionen. 
La elección de los primeros y más cercanos colaboradores oficiales de un presidente recién electo es, siempre, una radiografía del poder: no solo revela cómo ve el mundo, sino qué batallas quiere dar y de cuáles prefiere huir. Pero, sobre todo—aunque nadie lo admita—es una fotografía de qué derrotas asume antes de empezar. Esta vez, según nuestro columnista, el grupo elegido fue una mezcla inédita de integristas, integrales e integrados.