Siempre me llama la atención qué nos alarma y qué no. Un accidente en el metro, un dirigente viejo que vuelve a militar, un dicho no del todo aclarado de un vocero pueden llenar titulares durante semanas, mientras pasa casi inadvertida una noticia que debería estar en el centro del foco informativo: una ministra de la Corte Suprema que posa con un chaleco amarillo de inculpada en los tribunales.
La noticia, por cierto, es portada de todos los medios, y nadie niega su gravedad, aunque sería difícil negar que no sentimos plenamente su peso. Este complicado caso que involucra empresas bielorrusas, abogados y conservadores de bienes raíces todoterreno nos puede horrorizar intelectualmente, pero no nos asusta, cuando es quizás lo único realmente peligroso que está sucediendo en Chile. Porque si realmente entendiéramos la magnitud de lo que significa que el Poder Judicial esté podrido desde arriba, tendríamos que aceptar que no hay red de seguridad, que no hay institución confiable, que el sistema entero está viciado. Y eso es demasiado aterrador para procesarlo un martes cualquiera mientras tomamos café y revisamos las noticias. Es más fácil escandalizarse con lo pequeño—el accidente del metro, el dicho desafortunado del vocero—porque eso no amenaza nuestra fe básica en que las instituciones funcionan y que lo único malo que puede ocurrirnos es aguantar la cumbia y la salsa del vecino venezolano pasado a arepa.
¿Por qué no nos apasiona el caso de la muñeca bielorrusa? La novela, si esto lo fuera, tiene una trama complicada llena de subtramas pero no deja de tener un personaje apasionante en el centro: Ángela Vivanco. Ella debería bastar para seguir la historia, que además involucra parejas de hecho y no, parlamentarios y abogados bocones.
Pocos ministros de la Corte Suprema han hecho menos esfuerzo para pasar desapercibidos que esta mujer rotunda y rubia con aspecto de una ex cantante alemana de los años cuarenta. En ella siempre habitó algo de instinto artístico. Sin esta pasión por sobresalir, y por sobrevivir, de seguro no habría llegado, siendo mujer y siendo hija de funcionario público sin pedigrí de ningún tipo, al máximo tribunal. Méritos profesionales e intelectuales nunca le faltaron. Quizás podría decirse que le sobraron.
No hay alumno que haya pasado por su cátedra de la Católica, y otras muchas universidades, que no recuerde sus clases como altamente iluminadoras, didácticas, desafiantes, apasionantes. Su relación con los alumnos nunca se limitó al aula y ayudó a muchos, sobre todo mujeres, fuera de ella a hacer carrera. Lo hizo a conciencia, sabiendo el costo de su esfuerzo. Ella misma tuvo que luchar contra toda suerte de prejuicios, empezando por su sexo, y su clase, para conseguir un lugar que no le hubiera costado nada conseguir a un hombre discreto de apellido “vinoso” o “bancoso”. 6,8 todo el colegio, un año en medicina y el resto derecho en Chile y en España.
Sin miedo a decir lo que piensa, quizás porque la criaron unas monjas argentinas, entre medio de su carrera judicial se dio el tiempo de ser secretaria general del partido Unión de Centro Centro. Siempre de moño, siempre de traje, siempre ligeramente enojada, uno no podía dejar de preguntarse de dónde había encontrado este ser Francisco Javier Errázuriz. Aunque quizás el asunto era al revés y era Ángela Vivanco la que supo ver en un partido que era una especie de continuación de la mesa familiar de los Errázuriz un lugar para llegar a ser alguien en la política chilena. Sin contrapeso, sin ideología tampoco que defender, intentó separar el partido de su único líder. No lo logró, aunque negoció su salida tratando de ser diputada por Renovación Nacional. Tampoco lo logró y uno no puede dejar de pensar que los electores una vez más se equivocaron porque era sin duda la política para la que Ángela estaba naturalmente dotada; nos hubiera ahorrado millones de dólares y no pocos sonrojos.
Nadie entre las causas de la corrupción nombra el aburrimiento. Nadie menciona el exceso de capacidad. Porque hacer trampa no es solo el recurso de los que no saben ganar, sino de los que de tanto ganar ya no encuentran gracia en las reglas del juego. Después de competir durante años, después de recibir palizas por ser mujer, por ser atractiva, por no tener apellido, después de llegar finalmente a la cima, ¿cómo simplemente convertirse en una persona que se sienta y escucha? La energía le sobra, los escrúpulos quizás le faltan, pero la gobiernan las ganas de ver y ser vista, las ganas de seguir siendo cuando ya la designaron para toda la vida en una especie de vitrina de entomólogo.
La justicia y su administración sin duda le quedaron chicas a esta mujer que se supo siempre guiada por una estrella distinta. Ángela no estaba hecha para quedarse sentada escuchando abogados de segundo orden moler las leyes hasta hacerlas papilla. Ella lo haría mejor, tanto mejor, seguro pensó tantas veces. Ella sin que nadie supiera cómo podría cambiar el voto de una sala que ya había decidido de antemano su voto. Ella sin esfuerzo podría doblar la cerviz de la principal empresa del país, una de las más grandes del mundo en su rubro.
¿Los millones? A nadie le sobran, pero el motivo siempre fue el otro, el ganarle a las leyes para no pudrirse en los pasillos del más alto tribunal. Llegar a la cima no tiene gracia si no puedes desde esa cima volar. Ganar no es nada si no puedes después de la victoria volver a perderlo todo. Gran parte de este lío inextricable tiene que ver con un exceso de energía y talento aplicado a un arte, deliberar según la ley, que no lo exige tanto. Después de todo en este caso no hay pobres, ni huérfanos, ni otro perjudicado que el fisco, que está dispuesto en estos casos a perder o a ganar. A jugar tal vez. Quizás ese sea el centro del asunto, una necesidad de poner todo en juego cuando se supone que está todo ya jugado. El vértigo de recordarle al mundo que la cosa no está juzgada, que aún se puede desde cero volver a poner los peones en el tablero.