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Lo que el fuego no logró arrasar

La tragedia vivida en Ñuble y Biobío volvió a poner en evidencia los costos del modelo forestal chileno, pero también reveló una respuesta social basada en la ayuda mutua y la organización comunitaria, en contraste con los discursos polarizantes que buscan fragmentar la convivencia.

Los incendios que afectaron a las regiones del Ñuble y Biobío, entre el 17 y el 18 de enero, dejaron a miles de personas damnificadas. El fuego arrasó con viviendas, personas, infraestructura pública, flora y fauna nativa, proyectos y recuerdos. Las zonas afectadas, principalmente, eran sectores asfixiados por el monocultivo de pinos y eucaliptos que alcanzaban la puerta de sus viviendas. La homogeneidad de estas plantaciones se hacía omnipresente en los barrios, cerros y quebradas. 

En esas condiciones, donde escasea la diversidad del bosque nativo, el monocultivo se transforma en un material que actúa como combustible continuo, debido al sembradío uniforme (distancia y altura) de estas dos especies introducidas que degradan el suelo, reducen la biodiversidad y secan las napas. El modelo de monocultivo forestal chileno una vez más asoló, devastó, quemó.

Sin embargo, luego de la debacle, brotó de manera espontánea, ligera y significativa la cooperación, la comunión y la solidaridad. Personas de distintas localidades del país se acercaron a los barrios afectados para prestar su ayuda desinteresada y sin miramientos. La sociedad estaba cohesionada, organizada y dispuesta a auxiliar. La colaboración, la empatía y el respeto fueron los valores predominantes en las zonas consumidas. 

Así, en ese preciso momento, ante la homogeneidad de las cenizas, germinó la ayuda diversa y amplia de miles de personas. Seres humanos de distintas regiones, edades, oficios, creencias y formas de vida solidarizaban con los vecinos y vecinas afectadas. En aquel momento de crisis, el individualismo, el darwinismo social y el egoísmo del evolucionismo se apagaron y demostraron que no son la vía para hacer comunidad ni prosperar.

Es así como, en un territorio que tiembla, arde, erupciona, se inunda o se seca, en sus habitantes palpitan incesantemente la cooperación y la solidaridad. Cualidades que configuran parte de nuestra identidad y una manera de ser y hacer comunidad. Pilares que, en reiteradas ocasiones, intentan ser erosionados por parloteos maniqueos y oportunistas,que son emitidos por actores políticos (populistas radicales), mediáticos (tertulianos televisivos y ciertos periodistas) y sociales (un puñado de infuencers), los cuales son capaces de deteriorar la convivencia y acelerar la polarización, no mediante la violencia directa, sino a través del lenguaje, la emoción y el espectáculo.

Un parloteo banal e irreflexivo que, poco a poco, se filtra en algunas de nuestras instituciones, menoscaba la dignidad humana, estigmatiza y fragmenta la comunión. Sin embargo, ese discurso pedestre -que busca debilitar nuestra identidad colaborativa y nuestra natural diversidad- se derrumba inevitablemente al enfrentarse a las miles de personas -chilenas y extranjeras- que acudieron en ayuda de aquellas familias que lo perdieron todo, menos el miedo y las ganas de volver a levantarse tras los incendios.

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