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La culpa es de Marcel

Marcel apostó -erradamente- a que su prestigio bastaría para compensar la indisciplina. Creyó que su sola presencia era garantía de responsabilidad, aun cuando los números gritaban lo contrario.

Como es imposible saber qué habría sido de este gobierno y, sobre todo, de su desempeño económico sin Mario Marcel como ministro de Hacienda, al economista hay que juzgarlo como tal, es decir, como el jefe económico del gobierno con el segundo peor crecimiento promedio desde el retorno a la democracia y con las mayores fallas en proyectar ingresos fiscales y en contener el gasto público, sin crisis o catástrofe de por medio.

Cuando Marcel aceptó dejar la cabeza del Banco Central para sumarse como líder de las finanzas de la naciente administración de Gabriel Boric, se generó una sensación de alivio, porque se supuso que impondría la cordura, el conocimiento técnico y la madurez en un pacto de gobierno que veía la micro y la macroeconomía con la profundidad argumentativa de quien graba un video oponiéndose al TPP-11 y lo sube a TikTok.

Y había buenas y variadas razones para pensar así. Una formación sólida, trayectoria relevante en los gobiernos de la Concertación, espalda política y una sobria y prudente gestión, primero, como consejero, y, luego, como presidente del Banco Central.

Tal vez en esos primeros meses en el cargo esté lo que puede ser su único gran éxito como secretario de Estado: haber desalentado el apetito destructivo del Frente Amplio y haberles hecho entender que seguir impulsando retiros de los fondos de pensiones era la firma final del certificado de defunción de nuestro mercado de valores.

Todo lo que vino después, un desastre.

Porque a partir de ahí, la historia de Marcel en Hacienda deja de ser la de un dique de contención y pasa a ser la de un facilitador silencioso, cómplice. El ministro que llegó a poner límites terminó administrando excusas o, en el mejor de los casos, haciendo vista gorda. El economista respetado terminó validando cifras que no cuadraban, proyecciones optimistas sin sustento y un gasto público que crecía como si la realidad fiscal fuese un detalle menor, algo que se puede maquillar.

Marcel apostó -erradamente- a que su prestigio bastaría para compensar la indisciplina. Creyó que su sola presencia era garantía de responsabilidad, aun cuando los números gritaban lo contrario. El problema es que la credibilidad no reemplaza a los resultados y la técnica no sirve de nada cuando se subordina a la conveniencia política. Le sobró indulgencia, le faltó coraje.

La sobreestimación sistemática de los ingresos fiscales no fue un error puntual ni una mala pasada del ciclo económico. Fue una práctica reiterada, advertida y documentada. El Consejo Fiscal Autónomo levantó alertas una y otra vez. Calificadoras de riesgo, bancos de inversión, académicos, el propio Banco Central y analistas de todos los sectores hicieron lo mismo. Aun así, Hacienda perseveró, como si la regla fiscal fuera una recomendación optativa y no un compromiso básico de seriedad pública.

La explicación benigna -la incompetencia- cuesta creerla. La incómoda -la decisión consciente de no cumplir- resulta, lamentablemente, mucho más verosímil. Inflar ingresos posibles para sostener un relato, postergar ajustes para evitar costos políticos y confiar en que el próximo gobierno pagará la cuenta no es un accidente. Es una definición.

La frase de Javiera Martínez sobre que una meta más exigente de déficit estructural no estaría acorde a las demandas ciudadanas no fue un desliz comunicacional. Fue una confesión pronunciada a vista y paciencia de Marcel. La explicitación de una lógica peligrosa, en la que la responsabilidad fiscal se presenta como un obstáculo moral frente a las urgencias sociales, cuando en realidad es su condición de posibilidad.

¿Se corrigió? Sabemos que no. Y Marcel mejor que nadie.

Hoy, la discusión sobre eventuales responsabilidades políticas se concentra en quienes aún están en funciones. Está sobre la mesa una posible acusación constitucional contra Nicolás Grau, quien ha devenido en un espléndido chivo expiatorio de las culpas de quien, a diferencia suya, sí sabía de economía real.

Es comprensible. Pero sería un error profundo permitir que Mario Marcel se retire de escena como si hubiese sido un mero espectador de este espanto fiscal. No lo fue. Fue su arquitecto técnico y su garante político.

El silencio que ha guardado frente a la crisis que ayudó a construir no es prudencia republicana ni respeto por los que están en el cargo. Es conveniencia. Una cosa es arrancar antes que el barco se vaya a pique, otra es negar que tuviste el timón cuando lo chocaste con el iceberg. El prestigio acumulado durante décadas no puede operar como salvoconducto frente a una gestión que, objetivamente, dejó al país en serios problemas, con menos crecimiento, menos credibilidad y menos cintura fiscal.

Es probable que Marcel ahora intente sacar algún conejo del sombrero y diga genialidades como que lo realmente importante es el crecimiento per cápita, que los ingresos fiscales cayeron por culpa de las empresas o que en Chile nunca ha habido tantas personas con trabajo. Total, a todos nos quedó claro que ahora poco le importa su prestigio o el respeto que le tengan en el mundo académico y en el mercado.

En política económica, como en la vida, no basta con las intenciones ni con el currículum. Importan los resultados. Y los de Marcel en Hacienda son nefastos, persistentes y costosos. Juzgarlo de otro modo sería una indulgencia imperdonable.

Porque si algo debiera quedar claro es que el desorden fiscal no fue una anomalía desafortunada, sino una elección. Y cuando quienes saben hacerlo bien deciden hacerlo mal, el daño es doble: material e institucional. Ese, quizás, es el legado más grave de Mario Marcel como ministro de Hacienda. La culpa es toda suya.

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