El Global Risks Report 2026 del World Economic Forum (WEF) confirma lo que ya muchos sostienen: las democracias operan hoy bajo una lógica de urgencia permanente. El informe describe un escenario marcado por crisis simultáneas —seguridad, fragmentación geopolítica, migración, presión sobre el costo de vida y debilitamiento de la gobernanza— y advierte que la mayoría de los líderes globales espera un escenario inestable o turbulento en el corto plazo, mientras solo una fracción marginal anticipa estabilidad. No se trata de una preferencia política, sino de una condición estructural del ejercicio del poder.
Que los gobiernos se dediquen a resolver esas urgencias es una condición básica de legitimidad democrática. Porque sin un presente mínimamente contenido, el largo plazo se vuelve un discurso vacío.
Pero el propio informe advierte un punto central: resolver urgencias no es suficiente. Entre los riesgos más interconectados identifica la desigualdad por segundo año consecutivo, no como un problema aislado, sino como el espacio donde se acumulan las vivencias cotidianas de malestar. El WEF no la presenta como el riesgo más severo en sí mismo, sino como aquel que amplifica y conecta otros riesgos sociales y políticos.
Esa es su potencia y su peligro. La desigualdad opera como un “agrupador” de experiencias: acceso diferenciado a seguridad, servicios, oportunidades y bienestar. Cuando las urgencias se resuelven de manera fragmentada y/o parcial, el problema no desaparece. Se reorganiza como desigualdad vivida, alimentando polarización y conflictividad social.
Chile ilustra bien esta tensión. El gobierno de José Antonio Kast se ha definido como un “gobierno de emergencia”. La apuesta es coherente con el diagnóstico global y se diferencia del ciclo anterior, donde se priorizó transformaciones estructurales y terminó emergiendo con fuerza un malestar cotidiano.
Si el gobierno logra abordar las urgencias definidas, emerge la paradoja del éxito. Cuando la emergencia se contiene, su capacidad de ordenar política y socialmente se desvanece. Y si durante ese proceso no se construyó una visión de largo plazo capaz de reducir las causas estructurales del malestar, el éxito inmediato se convierte en un vacío estratégico: gestión eficaz sin un horizonte capaz de sostener horizonte político y generar cohesión social.
El Global Risks Report es explícito en una advertencia adicional: los riesgos de largo plazo no desaparecen por haber sido desplazados por las urgencias. Cambio climático, impactos de la inteligencia artificial, deterioro de infraestructura crítica, desinformación y fragmentación social continúan acumulándose en segundo plano.
La pregunta incómoda no es si las democracias serán capaces de resolver las emergencias. Es qué ocurre después. Porque la paradoja es evidente: al resolver las urgencias, los temas de largo plazo vuelven a emerger, reordenando el conflicto y dando inicio a un nuevo ciclo político. Gobernar la crisis es difícil; gobernar el día siguiente del éxito, sin haber preparado esa transición, puede ser aún más complejo.