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Bajar expectativas es partir perdiendo

El desafío del presidente electo no es gestionar expectativas. Es materializar el arco narrativo que construyó. El “gobierno de emergencia” no puede ser solo un eslogan de campaña; tiene que expresarse en la agenda desde el primer día: en los anuncios, en las pautas, en las imágenes, en el ritmo de las decisiones.

José Antonio Kast ganó la segunda vuelta con 58% de los votos. Pero ese resultado, según datos de Panel Ciudadano UDD, esconde una composición que define todo: mientras empató 50-50 con Jeannette Jara entre el votante habitual, arrasó 70-30 entre el votante obligado. Su triunfo no se construyó desde la militancia ni desde quienes siguen la política. Se construyó desde el segmento más volátil, más alejado de las instituciones y, por lo mismo, más impaciente.

Ese dato electoral no es anecdótico. Es estructural. El votante obligado no es un electorado fiel dispuesto a entender complejidades o a esperar resultados de mediano plazo. Es un electorado que votó contra el gobierno actual, que escuchó la promesa de un “gobierno de emergencia” y que evaluará con dureza si esa promesa se traduce en cambios perceptibles en su vida cotidiana. No son adherentes: son cobradores.

Por eso las señales que ha dado después del triunfo son riesgosas. Frases como “no me pidan milagros” o “los cambios no serán inmediatos” pueden parecer realismo político. Pero para ese votante obligado suenan a lo mismo de siempre: promesas de campaña que se evaporan al llegar al poder. Bajar expectativas, para quien votó como castigo al establishment, equivale a confirmar que este político es igual a todos los demás.

El desafío del presidente electo no es gestionar expectativas. Es materializar el arco narrativo que construyó. El “gobierno de emergencia” no puede ser solo un eslogan de campaña; tiene que expresarse en la agenda desde el primer día: en los anuncios, en las pautas, en las imágenes, en el ritmo de las decisiones. La ciudadanía no necesita resultados inmediatos en reducción de delitos o listas de espera —sabe que eso toma tiempo—, pero sí necesita percibir que cambió la mano, que hay un estilo distinto, que el Estado recuperó velocidad y voluntad de acción.

Si esa percepción no se instala rápido, el riesgo no es solo una caída en aprobación. Es la confirmación, para millones de chilenos, de que una vez más votaron por algo que no se cumplió. Y aquí el problema escala: Chile viene de un ciclo donde cada cuadrante político tuvo su oportunidad y terminó desgastado. La centroizquierda con Bachelet II, la centroderecha con Piñera II, la izquierda con Boric, ahora la derecha. En todos los casos, gobiernos que salieron del poder con más desaprobación que aprobación, sin capacidad de transferir el mando a su propio sector. Si este gobierno repite el patrón, el sistema no tendrá alternativa de recambio. Lo que sigue no es moderación: es radicalización.

Kast ganó con un electorado que no perdona. Bajar expectativas puede ser prudente como gesto. Pero si este gobierno falla, Chile no enfrentará solo una crisis de gobierno: enfrentará una crisis de legitimidad democrática donde lo que emerge no es moderación, sino liderazgos que prometen cambiar radicalmente un sistema que ya no ofrece alternativas.

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