La premisa en Chile es que todo el poder comienza y termina en el Poder Ejecutivo. Como buen país de arraigo presidencialista, hemos construido un imaginario colectivo donde La Moneda es el sol y el resto, uno que otro satélite que orbita por ahí. Y aunque es innegable que nuestro régimen le otorga al presidente potestades comparativamente mayores que en otros Estados, durante la última década el Congreso ha adquirido una influencia determinante. Esa influencia, lejos de ser el contrapeso sano que podría esperarse, se ha tornado peligrosa: ha ralentizado el proceso legislativo y profundizado la desconexión entre quienes ejercen la política y la ciudadanía. Todo ello es funcional a relatos populistas que se alimentan del imaginario de una élite despreocupada de los temas que de verdad priorizan las personas. Ignorar lo que ocurre en el Legislativo, por tanto, es un error que no podemos seguir cometiendo.
El escenario que comienza este 11 de marzo es particularmente complejo. Esta semana asumen más de 80 legisladores que nunca habían ocupado el cargo, lo que inevitablemente acarreará un proceso de aprendizaje inicial. Es difícil pensar que la actividad legislativa se desarrolle con normalidad cuando casi el 41% de sus integrantes son debutantes. A esto se suman una polarización creciente y un populismo que atraviesa todo el espectro político, fenómenos que pueden llevar a comportamientos nocivos para cualquier sistema democrático. Nuestro sistema electoral ha contribuido a intensificar y agudizar estas dinámicas, y superarlas no será sencillo ni ocurrirá por mero voluntarismo.
Este nuevo ciclo legislativo, lejos de ofrecer un panorama de renovación y dinámicas virtuosas, se perfila como un periodo marcado por disfunciones políticas. El ejemplo más claro ha sido el intenso debate para componer las mesas directivas. Lo que debería ser un trámite administrativo de coordinación y distribución de responsabilidades se ha convertido en un espectáculo de pasillo que revela la profundidad de las burbujas políticas en las que viven los legisladores. Mientras la ciudadanía pide acuerdos transversales, el Congreso se paraliza por pactos espurios que apuntan a agendas de corto plazo y victorias pírricas. Esta obsesión con la micro lucha por el poder interno, esta política del quid pro quo que ignora el propósito final de la institución, revelan la magnitud de la desconexión. La política se reduce así a un juego de suma cero entre los mismos actores, donde las personas solo ven inacción. Lo preocupante es que estas dinámicas han dejado de ser la excepción para convertirse en la norma.
Este tipo de comportamientos no es nuevo. Los hemos venido viendo al menos en las dos administraciones anteriores: la de Sebastián Piñera y la que acaba de culminar Gabriel Boric.
Todo lo anterior remite a la obra póstuma de Peter Mair, Gobernando el vacío, donde el politólogo describió un fenómeno inquietante en las democracias occidentales: el declive de los partidos políticos de masas y el alejamiento de las élites de la sociedad civil. Mair argumenta que los partidos gobiernan pero no representan, tomando decisiones que se perciben abstractas y distantes para la ciudadanía. El nuevo Congreso es la manifestación perfecta de este fenómeno. Las personas sienten que la política está gobernando el vacío, tomando decisiones que no les benefician mientras sus protagonistas se entretienen en sus propias lógicas internas. Esto alimenta el resentimiento hacia una élite que se ve desconectada e inútil, lo que deteriora aún más la frágil imagen de la política. Mair advierte que este tipo de dinámicas aleja a las personas de los debates públicos, dejando espacio para que la clase política profundice sus vicios en lugar de corregirlos.
El nuevo periodo legislativo podría ser una oportunidad, pero presenta un escenario extremadamente complejo: la inexperiencia de gran parte de los legisladores, la polarización transversal y la persistencia de dinámicas de bloqueo configuran el principal desafío para la administración de José Antonio Kast. El nuevo gobierno debe abordarlo de forma estratégica, buscando romper ese muro sin alimentar la lógica polarizante. Ignorar al Legislativo es un error, pero este Congreso en particular exige una mirada especialmente crítica y ponderada.
El riesgo no es solo la ineficiencia legislativa, sino la perpetuación de un vacío de representación que deslegitima a toda la clase política. Esta problemática involucra tanto reglas formales como informales, y superarla exigirá una reforma profunda a la institucionalidad política. No hay otro camino para que las críticas aquí expuestas comiencen a disiparse. La desafección ciudadana es real y es urgente revertirla antes de que sea demasiado tarde. Una democracia más conectada con su pueblo no se construye con voluntarismo, sino con un compromiso real y acciones concretas para salir del vacío que nosotros mismos hemos creado.