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Humillados y derrotados

Otra vez, como ocurrió en sus cuatro años en el poder, el saliente oficialismo quedó retratado como lo que fue: un conglomerado desordenado, ansioso y dispuesto a sacrificar cualquier principio con tal de sobrevivir un día más en la aritmética parlamentaria.

El gobierno de Gabriel Boric cometió incontables errores. Y la oposición, como era de esperar, se los hizo notar con perseverancia. Pero, para encontrar a su más ferviente crítico, no tenemos que buscar en lo que podemos llamar la oposición más tradicional, es decir, la que integraron Chile Vamos, el Partido Republicano y el Partido Libertario, o sea, lo que conocemos como la centroderecha.

El principal francotirador no tiene ese domicilio político. Fue, sin duda, Pamela Jiles, que, las vueltas de la vida, se transformó en diputada gracias a integrar una lista parlamentaria de la izquierda frenteamplista.
Si eso la inhibió en algo en su primer período en el Congreso, ya en el segundo, no se guardó nada. Peleas, burlas, insultos personales, descalificaciones propias del bullying escolar, votaciones a contramano del gobierno en proyectos clave, ninguneo feroz a los partidos del socialismo democrático, al PC, a la DC y a todo aquel que osara apoyar a Boric.

Por lo mismo, no es exagerado asignarle algunas dosis de responsabilidad en el fracaso del gobierno saliente y en el descrédito de varias de sus principales figuras. Hay que reconocerle que fue matea en aquella tarea.

Sin embargo, lo más humillante para el oficialismo no fue sólo haber soportado durante años esa ofensiva desde una exaliada. Lo verdaderamente humillante fue terminar rindiéndose ante ella.

Cuesta encontrar un episodio más elocuente sobre el estado de ánimo -y de dignidad- del bloque que sostuvo al gobierno de Boric. No se trató de un gesto táctico menor ni de una maniobra parlamentaria de rutina. Fue, más bien, una escena que bordea el absurdo. Los partidos que habían sido caricaturizados, humillados y ninguneados por Jiles optaron por inclinar la cabeza y pedirle, prácticamente de rodillas, que aceptara conducir la corporación.

La escena es tan difícil de explicar que sólo admite dos interpretaciones, ambas poco halagadoras. O bien el oficialismo perdió completamente el sentido de la coherencia política, o bien lo perdió el sentido de la autoestima.

Porque, conviene recordarlo, Pamela Jiles no fue una crítica ocasional ni una disidente esporádica. Fue, durante años, una francotiradora permanente. Atacó al gobierno cuando pudo, lo ridiculizó cuando quiso y lo debilitó cada vez que se le presentó la oportunidad. Lo hizo con entusiasmo, con estridencia y, en muchos casos, con una agresividad personal que no suele verse ni siquiera en las disputas más ásperas de la política.

Y, aun así, el oficialismo buscó premiarla.

La paradoja es de antología. Durante años el Frente Amplio y sus aliados construyeron un relato moralizante sobre la política. Hablaban de principios, de coherencia, de nuevas formas de ejercer el poder, de superar las viejas prácticas de la “política tradicional”. Pero cuando llegó el momento de tomar una decisión concreta, optaron por el camino más corto y más vergonzoso. Ofrecer un cargo institucional de primer nivel a quien había hecho del desprecio hacia ellos una rutina cotidiana.

Ni siquiera la explicación aritmética alcanza para justificar semejante espectáculo. La política siempre implica negociar, ceder y construir mayorías. Pero una cosa es negociar y otra muy distinta es arrodillarse. Una cosa es buscar votos y otra es hacerlo a costa de la propia dignidad política.

El problema es que esa apuesta, además, terminó de la peor manera posible. Porque después de toda esa exhibición de docilidad, después de ese intento tan evidente por congraciarse con quien los había vapuleado durante años, el oficialismo ni siquiera consiguió su objetivo. La jugada terminó en una bochornosa derrota.

Otra vez, como ocurrió en sus cuatro años en el poder, el saliente oficialismo quedó retratado como lo que fue: un conglomerado desordenado, ansioso y dispuesto a sacrificar cualquier principio con tal de sobrevivir un día más en la aritmética parlamentaria.

Humillados primero. Derrotados después. Y todo, además, por iniciativa propia. Porque si algo demuestra esta historia es que, en política, las derrotas más amargas no siempre las inflige el adversario. A veces, las fabrica uno mismo.

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Otra vez, como ocurrió en sus cuatro años en el poder, el saliente oficialismo quedó retratado como lo que fue: un conglomerado desordenado, ansioso y dispuesto a sacrificar cualquier principio con tal de sobrevivir un día más en la aritmética parlamentaria.

Foto del Columnista Juan José Santa Cruz Juan José Santa Cruz