Los hombres del segundo piso suelen ser ciudadanos discretos, conocidos de muy pocos, amigos de menos personas aún. Estudioso, leídos, atentos, serviles. Cristian Valenzuela solo cumple con una de las características del cargo: es inteligente. Muy inteligente. Demasiado, quizás. Lo suficiente como para publicar sin ton ni son artículos que son una suerte de autodenuncia. Dice todo lo que tiene que decir y todo lo que no, con el talento único de decir lo que no hay que decir justo cuando menos hay que decirlo.
Sería un error creer que esta sucesión de actos fallidos son solo fruto de una psicología mal encajada. Valenzuela es parte de ese grupo amplio y exitoso que lideró alguna vez Steve Bannon, y en Argentina Caputo y Laje, que pensó que solo podía ganarse a la izquierda quitándole uno de sus motores: el resentimiento. Sin rabia no hay batalla, piensan. Así la nueva derecha no te esconde que eres feo, o pobre, o triste, o gordo, y no te esconde que los delgados, los rubios, los ricos tienen algo de culpa en ello. Pero solo te enseña que la única manera de ganarles es unirte a ellos. Así la alianza de los desposeídos se transforma en la alianza de los “empobrecedores”. La rabia se dirige a los que pueden haberte hecho creer que todo podía ser distinto. La justicia social no es solo una mentira sino una ofensa personal. El caviar está bien mientras no lo coma la izquierda caviar. Los privilegios son justos hasta que los goce uno que te diga que no deberían existir.
Valenzuela encarna hasta visualmente ese nuevo resentimiento. Es la sombra de Kast y a la vez su perfecto contrario. Tan chileno como Kast es alemán, tan gordo como Kast es flaco, tan rápido como Kast es cuidadoso, tan despiadado como Kast es piadoso. Un hombre que hace visible su herida, la de no parecerse nada a la gente que respeta, admira o sirve. La herida, que adivino basándome en mi propia herida, de sacar a bailar infructuosamente, aunque me informan que lleva años felizmente casado con la que fuera su novia del colegio Alcázar, la decoradora Alejandra Norero.
La nueva derecha de la que Valenzuela sería un especie de funcionario estrella no se equivoca sobre el poder del resentimiento, pero no ve su importancia final. El resentimiento es un motor, es cierto, como puede serlo el alcohol o la cocaína, hasta que se convierte en un vicio que quema lo que toca. Por eso la izquierda, cuando es inteligente, encapsula o neutraliza a los que consumen demasiado de esta droga altamente adictiva. La nueva derecha no entiende aún que el resentimiento que primero se dirige contra el otro termina por odiarse siempre a sí mismo. Stalin, el georgiano, los persiguió con fanatismo. Los mismo a los comunistas de primera hora, como él. Goebbels odiaba a los cojos y era cojo. Valenzuela llamó alguna vez parásitos a los funcionarios públicos, pero no solo vive del Estado desde el día mismo en que se tituló de abogado en la Universidad Católica, sino que fue de niño nutrido y vestido con dinero público, el que recibía su padre, coronel del Ejército, de esa institución.
El resentimiento consigue de manera mágica que no veas que eres lo que odias en los demás. Así puede seguramente Cristian Valenzuela pensar que su papá no fue lo que fue: un burócrata con metralleta. Y puede pensar que tampoco es lo que es: un hombre que ha vivido toda su vida alrededor del Estado, que no solo es el poder ejecutivo sino también el legislativo, para el que ha trabajado toda su vida. Puede también pensar que no es un chileno más, o un chileno menos, de esos que todos los días sudan en el metro y luchan con la corbata cada mañana. Puede pensar que es distinto, que es mejor, que al menos es intocable, que tiene no otros derechos sino otra sustancia que quienes lo rodean. Solo esa creencia, que su éxito indudable en vida parece confirmar, explica su audacia suicida. Una forma de relacionarse con las ideas y los conceptos como cuarteles que hay que asaltar, barcos que hay que abordar, vastos territorios que conquistar por la razón y por la fuerza.
El resentimiento es eso: la distancia insalvable entre lo que crees que eres y lo que el espejo dice que eres, vivida como una ofensa que el mundo tiene que compensar. Porque eso seguramente ve en el espejo Cristian Valenzuela: un irresistible conquistador. Y de alguna manera lo es, como la reina de Blancanieves es casi tan bella como necesita creer que es. Aunque el espejo le devuelva a la reina, como a Valenzuela, un desmentido que es difícil de soportar. No eres la más bella ni el más inteligente. No eres lo que crees ni quieres ser sino todo lo contrario. Llamas parásitos a tus colegas, quieres ver quebrado el Estado del que vives. Te alegras por que los zurdos la tienen adentro, y llamas resentidos a los que no se resienten de la misma manera que tú.
Entre las muchas cosas a las que Cristian Valenzuela tendrá que renunciar, quizás la primera sea esa misma: el poder del resentimiento, o al menos la pulsión por hacerlo público. Escribir menos y callarse más, aprender a ser paciente. Esperar en el segundo piso que sea el primer piso el que brille. Aprender el duro arte de callar a tiempo y de decir lo justo y necesario.