Chile acaba de recibir un golpe imprevisto. El alza del 62% en el precio del diesel es una mala noticia para el IPC de estos próximos meses, pero también es la confirmación de una vulnerabilidad que venimos arrastrando por décadas y que hoy, finalmente, nos pasó la cuenta.
Mientras el gremio de los camioneros advierte sobre el alza inevitable en los fletes y los consumidores nos preparamos para pagar más por prácticamente todo lo que compramos, hay una pregunta que nadie está formulando en voz alta: ¿Hasta cuándo vamos a seguir siendo rehenes del petróleo importado?
Hoy, el 95% de la carga de este país se mueve sobre 40.000 tractocamiones de alto tonelaje que están encadenados, de por vida, al precio internacional del crudo. Somos un país que no produce una gota de ese combustible, pero que evolucionó apostando toda su logística hacia este. Sin embargo, en medio de esta resignación y pesimismo, la salida ya está pavimentada, y Chile demostró que sabe cómo cruzar esa puerta.
Basta con mirar lo que pasó en Santiago con los buses. En 2017 no existían los buses eléctricos en Chile. Hoy, nuestra capital tiene la mayor flota del mundo fuera de China, con 4.400 unidades que van camino a representar el 100% del sistema antes de 2035. Lo fascinante de este caso no es la tecnología, sino la ingeniería financiera. Esta transformación se hizo sin tocar un solo peso público. Fue el resultado de contratos inteligentes donde el Estado puso las reglas y el sector privado puso el capital, separando la propiedad de los buses de su operación. Santiago es hoy la ciudad número 14 del planeta con más electromovilidad, superando a las capitales de EEUU, Japón y todos países de la OCDE.
Entonces, ¿qué nos impide replicar este modelo en el transporte de carga? Ya no es cierto que las baterías o la autonomía de los camiones eléctricos sean las limitantes. Gigantes como Tesla y Volvo ya tienen en las calles tractos capaces de superar los 800 kilómetros de autonomía cargando 28 toneladas. En una década, el costo de las baterías cayó un 90%. Mientras en el hemisferio norte proyectan que la paridad de costos llegará antes del 2030, y en un mundo donde el diesel se encarece un 62%, ese momento probablemente está por llegar aún más pronto.
Tenemos corredores ideales para empezar mañana mismo, por ejemplo, la distribución urbana en el Gran Santiago, el trayecto hacia los puertos de San Antonio y Valparaíso, o la ruta hacia Concepción. El 40% de los viajes de camiones pesados en nuestro territorio recorren distancias menores a los 300 kilómetros. El negocio cerrará dentro de pocos meses, pero falta la voluntad de empaquetarlo bajo la misma lógica que usamos con los buses. En colaboración público-privada es viable licitar contratos de largo plazo con exigencias tecnológicas claras y usar el poder de compra agregada para bajar los precios de entrada. Las compañías energéticas tienen la espalda financiera para entregar estos camiones vía leasing, igual que lo hicieron con el transporte público. Los fabricantes del mundo están esperando una señal clara de mercado para desembarcar en el Cono Sur. ¡Hagámoslo!