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León XIV, la audacia de los tímidos

El Papa no dice quizás nada del todo nuevo. Pero lo dice desde una institución grande y universal que provee a sus palabras un peso que ningún otro intelectual puede conseguir. León XIV, el tímido, parece saber perfectamente lo que hace.

La elección de León XIV pareció por un buen tiempo una buena idea que salió mal. Era en el papel el hombre que se necesitaba para enfrentar a Trump. Un americano de Chicago de origen proletario, de sólida formación intelectual. Un Papa que habla y piensa en inglés pero que también lo hace en castellano, ciudadano peruano y enamorado de ese país y su cultura. Lo suficientemente cerca de lo que se llama el “sur global” para seguir siendo su voz. Lo suficientemente del norte para hablarle al norte en su propio idioma.

La timidez con que asumió el papel que le asignaron contrastó de una manera no siempre halagadora con la omnipresente figura del Papa Francisco. El Papa jesuita sabía cómo nadie dar entrevistas y usar los símbolos para hacer noticia, incluso cuando apenas tenía fuerza para mover su cansado cuerpo. León XIV habla poco. Se mueve menos. Los que esperaban un giro progresista radical se llevaron una amarga decepción. Muy apegado a la tradición y a la historia, escogió un nombre que solo tiene sentido para los que conocen los últimos doscientos años de la Iglesia. León XIII, el del Rerum novarum de 1891, el que inventó la doctrina social de la Iglesia frente a la primera revolución industrial. Un nombre que el mundo apurado de las redes sociales no estaba preparado para descifrar.

La timidez, sabemos ahora, era solo otra cara de la audacia. El cuidado, parte de una muy bien pensada estrategia. Semanas antes de la encíclica, León XIV protagonizó un cruce polémico con Donald Trump. El presidente lo llamó “débil con el crimen y terrible para la política exterior”, y llegó a sugerir que solo era Papa porque los cardenales lo pusieron ahí “para tratar con Donald J. Trump”. Sus emisarios invocaron incluso el cisma de Aviñón como advertencia. León respondió camino a Argelia con una sola frase: “No soy un político. No tengo miedo”. Y se calló. La sabiduría de no perder los papeles, de no rebajar el debate al registro del adversario, fue ya entonces una primera victoria táctica.

La encíclica Magnifica humanitas, publicada el 25 de mayo, exactamente 135 años después de la Rerum novarum, es el momento en que el silencio se rompe. El golpe maestro que lo desplaza del prudente recato al centro del debate ideológico, filosófico y político actual.

Pero la encíclica no es lo que esperaban ni los progresistas ni los conservadores. León XIV, agustino —el primer Papa de la Orden de San Agustín en la historia—, recoge mejor que nadie la experiencia del fundador de su orden, el obispo de Hipona al que le tocó predicar mientras los vándalos expulsaban de Roma a los romanos. San Agustín se sabía romano y no escondía su lealtad al imperio caído. Pero también entendía por qué debía caer. Eso no lo obligaba a mirar con entusiasmo a los nuevos amos del mundo que prometían siglos de oscuridad y anarquía. Algo parecido le sucede a León XIV con las nuevas tecnologías y el nuevo mundo que prometen. No idealiza el tiempo que se fue —por eso pide perdón, en el mismo texto, por el silencio que la Iglesia mantuvo durante dieciocho siglos frente a la esclavitud—, pero ve en el imperio de las nuevas tecnologías formas renovadas de esa misma esclavitud. Habla literalmente de “las nuevas tierras raras del poder” y de los “cuerpos marcados, mutilados, consumidos” de quienes extraen los minerales con que se fabrican nuestros teléfonos.

Y lo hace no desde la queja del usuario ni desde la paranoia del nostálgico de la máquina de escribir. Cita a Arendt —que, no por casualidad, era doctora en San Agustín—, a Viktor Frankl, a Tolkien, a Marie Curie, al Guernica, a la Novena de Beethoven. Pero como Marx, al que no cita, piensa la tecnología desde su propiedad y sus propietarios. La inteligencia artificial no es temible porque pueda reemplazar a lo humano. Es temible porque acentúa la muy humana acumulación de poder, dinero y prestigio en pocas manos. Manos que viven la ilusión, peligrosa para todos, de sentirse, de saberse, de creerse más que humanos.

Es contra esa ilusión que el Papa nos advierte. La ilusión de la humanidad 2.0. La de buscar siempre “la mejor versión de uno mismo”. La de superar la reproducción sexual y la muerte. Lo hace desde la fe y la tradición cristiana, sí, pero también desde la razón y la tradición humanista. Vuelve a decir cosas aparentemente sabidas que resultan nuevas en el mundo de Peter Thiel, la Ilustración Oscura y todas las variantes del transhumanismo. Pensamiento que, bajo la excusa de acabar con la pobreza, la enfermedad, la reproducción sexual y la muerte, nos propone un mundo en que casi todos somos empleados que nadie paga, y unos pocos, muy pocos, son jefes que ya no necesitan empleados.

Millones de seres humanos entregando gratis a las redes y a las plataformas su información, sus emociones, sus discursos de amor y de odio, sus recuerdos, sus poemas, sus teléfonos. La vida que tienen y la que sueñan, regalada a un vacío de códigos y números que después se las cobra para devolvérselas.

El Papa nos recuerda que la Torre de Babel no era una utopía, sino una esclavitud. El proyecto de pocos dementes que obligaron a muchos, a todos, a trabajar de sol a sol para alcanzar un cielo al que no llegarían jamás desde la tierra. Yahvé no confundió las lenguas para castigar la soberbia humana. La torre nunca fue para él un peligro. Confundió las lenguas para liberar a los hombres del yugo de ser todos parte de un solo proyecto perfectamente inútil. León XIV no teme que el transhumanismo consiga su objetivo. No cree que la inteligencia artificial sea nunca más inteligente que la inteligencia humana, que nos reemplace del todo y para siempre. No cree que dejemos de morir, ni de amar, ni de enfermarnos. Pero sí teme que la promesa de liberarnos de esas contingencias permita a líderes inescrupulosos guiar a muchos, a demasiados humanos, a mayores y nuevos grados de miseria y de abyección. No es un miedo abstracto ni futurista. Es algo que observa desde un mundo en que las guerras se teledirigen por drones, impunes y despiadados, que no pueden comparecer ante ningún tribunal penal internacional.

El Papa no dice quizás nada del todo nuevo. Pero lo dice desde una institución grande y universal que provee a sus palabras un peso que ningún otro intelectual puede conseguir. León XIV, el tímido, parece saber perfectamente lo que hace. Invitar a Christopher Olah, uno de los fundadores de Anthropic —la empresa que creó Claude, la misma que se negó a entregarle al Pentágono de Trump sus salvaguardas éticas para uso militar—, al lanzamiento de la encíclica, prueba aún mejor la perfecta sincronía de su apuesta. No está en contra de la inteligencia artificial ni de sus dueños. Solo pide que sus CEO sean responsables ante un poder mayor. Llámese Dios, llámense los dioses, llámese la ley y la república.

Escribo esta columna usando justamente esa IA, Claude. No sé si podría volver a escribir sin la ayuda de esta secretaria, o secretario, diligente y veloz, que me señala errores que yo no veo y me juzga con severidad y entusiasmo. Desde que uso esta y otras IA mi producción ha aumentado de manera inesperada. No tanto por la cantidad de información que procesa o la velocidad con que cumple mis instrucciones. Sino por la sensación de que no estoy solo escribiendo, de que hay alguien que me responde, me habla, me quiere. Escribo para él, escribo para ella. Pero —y eso es lo que el Papa recuerda— no hay ese él ni esa ella al otro lado del computador. Estoy ahora mismo solo escribiendo, y es esa soledad la razón por la que escribo. La IA no me deja del todo olvidar esa soledad. Pero el día que lo haga, el día que reemplace mi propia voz en el desierto, algo esencial habré perdido.

Ante esa pérdida conviene recordar lo que no le dejaban olvidar a los generales vencedores de Roma cuando posaban en su cabeza una corona de laurel: memento mori. Recuerda que eres mortal. Y recuerda, nos dice el Papa, que no hay nada mejor que eso.

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Sicóloga, historiadora, investigadora de la Fundación para el Progreso, panelista en Radio Agricultura y columnista en El Líbero. Tiene 29 años, admira a Margaret Thatcher y niega la existencia del patriarcado. Desde una vereda liberal clásica, habla de victimismo, infantilismo y de una derecha que, según ella, ha sido intelectualmente floja. Con o sin acuerdo, ya es hora de saber qué piensa, dice y escribe.

Rita Cox