Este lunes, The Washington Post publicó una columna sugerente sobre si el Maratón de Boston —un hito que este año celebra su edición 130 en un contexto de profunda desconfianza institucional— podría, de alguna manera, salvar la democracia estadounidense. El autor planteaba que, en un país donde la política se ha convertido en un “deporte de sangre” y los algoritmos dictan incluso qué series de televisión debemos ver según nuestra ideología, el running se mantiene como uno de los pocos espacios libres de fricción partidista.
Es cierto: Santiago no es Boston. Chile, afortunadamente, aún no alcanza los niveles de polarización tóxica y enemistad existencial que fracturan a la sociedad norteamericana. Sin embargo, no podemos pecar de ingenuos. Mi análisis es que nuestro país transita peligrosamente hacia una enemistad cívica, alimentada por una anomia creciente hacia el debate público. En este escenario, y alejándome de cualquier “optimismo tóxico” propio de influencers de redes sociales, cabe preguntarse: ¿podemos sacar algo en limpio de la Maratón de Santiago que se correrá este domingo?
Vivimos en la era de la segmentación perfecta. Como bien señala la columna de Scott Warren, el algoritmo hoy sabe dónde compras, qué rezas y por quién votas. En Chile, nos hemos vuelto esclavos de la inmediatez; el scrolleo infinito ha reemplazado la reflexión y el cortoplacismo manda en la toma de decisiones políticas. En este ruido digital, la maratón aparece como una anomalía: no tiene afiliación partidista. Como dice el texto, en una carrera no eres “zurdo” ni “facho”; para el resto de los corredores y espectadores, simplemente “estás loco” por someterte a tal esfuerzo.
No soy un fan acérrimo de las maratones. Hasta hace poco, compartía la visión cínica de que se trataba solo de una aglomeración de personas pagando por correr en la calle. Es innegable, además, que correr no es un hobby universalmente accesible; acarrea costos en equipamiento y tiempo que representan una barrera de entrada para muchos. No obstante, existe en el “día de la carrera” un fenómeno sociológico que merece ser rescatado: la recreación de “lo público”.
Hannah Arendt definía lo público como ese espacio donde nos mostramos ante los demás en nuestra singularidad, pero unidos por un mundo común. La maratón, como cualquier evento masivo virtuoso —pensemos, también, en un concierto o un partido de fútbol antes de que la violencia lo empañe—suspende temporalmente nuestras identidades en disputa. En esos contextos, se vive una sensación de generosidad que parece un oasis en nuestra vida cotidiana.
En la maratón, el otro deja de ser un adversario para convertirse en un compañero de ruta. El saludo y apoyo entre corredores es una regla no escrita, un gesto de vamos codo a codo, o zapatilla con zapatilla, porque “estamos juntos en esto”. En Santiago, este domingo, veremos lo mismo: 30 mil historias de vida, 30 mil motivaciones diferentes que, por unas horas, neutralizan la tensión cotidiana a la que nos tienen acostumbrados nuestros líderes políticos.
Allí, el espectador —ese anónimo que se despierta al alba para ofrecer una fruta, una botella de agua, un grito de aliento a alguien que jamás ha visto— personifica una generosidad cotidiana que se siente ausente en el resto del tejido social. Es la ausencia total de fricción política: es imposible imaginar a un espectador en la Alameda negándole un aplauso a un corredor porque sospecha que este tiene una sensibilidad política distinta.
El problema es que hoy miramos estos hitos como simples excepciones, como burbujas que estallan al mediodía del domingo cuando volvemos a nuestras vidas cotidianas. Sin embargo, la maratón nos demuestra que la capacidad de ser presentes y generosos con el esfuerzo ajeno sigue ahí, latente.
La Maratón de Santiago no salvará nuestra democracia por sí sola, pero sí nos ofrece un espejo de lo que podríamos ser. Nos comunica que, más allá de si eres progresista o conservador, existe un valor superior en el reconocimiento del esfuerzo del otro. El desafío para nosotros, como ciudadanos, es dejar de mirar estos eventos como oasis pasajeros y empezar a entenderlos como el estándar de convivencia al que debemos aspirar.
Como partícipes de una comunidad, nuestra tarea es contagiar ese ánimo. Inscribirse, animar o simplemente observar con respeto el paso de esos miles de corredores es algo positivo para nuestra alma de ciudadanos y, en su pequeña escala, es fundamental para el país. Quizás, después de todo, la clave para sanar nuestra convivencia no esté en un gran acuerdo cupular, sino en la capacidad de volver a mirarnos a la cara en el espacio público, sin etiquetas, simplemente como compatriotas que comparten un mismo camino