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Contaminación acústica: un problema que no estamos escuchando

En un contexto de restricciones presupuestarias, resulta clave no solo mantener, sino también profundizar las políticas públicas en materia de contaminación acústica, tanto a nivel nacional como local.

Este miércoles 29 de abril, Día Internacional de Conciencia sobre el Ruido, es urgente subrayar que la contaminación acústica es la segunda causa de problemas de salud a nivel mundial. Sus efectos, lejos de limitarse al ámbito auditivo, abarcan un amplio espectro de consecuencias: desde estrés crónico, trastornos del sueño, ansiedad y depresión, hasta enfermedades cardiovasculares. A ello se suman dificultades en la concentración y la memoria, que inciden directamente en la vida cotidiana. La exposición sostenida al ruido ambiental constituye un riesgo significativo para la salud y la calidad de vida, tal como lo ha documentado de forma consistente la evidencia científica internacional.

Sin embargo, el ruido sigue siendo un fenómeno subestimado. No se trata solo de una molestia pasajera, sino de una exposición permanente e involuntaria que forma parte de la vida urbana. A pesar de su presencia constante, persiste una conciencia limitada sobre sus efectos en la salud, lo que contribuye a normalizar niveles que, aunque percibidos como propios de entornos sonoros “dinámicos”, pueden resultar perjudiciales a largo plazo.

En el marco del proyecto Fondecyt sobre percepción del ruido en la Región Metropolitana, encuestamos a habitantes de tres barrios de las comunas de Conchalí, Santiago y Providencia. Al consultarles si, durante el último año, habían experimentado problemas asociados al ruido, un 45% reportó dificultades para dormir; un 20% problemas de atención y concentración; un 19% irritabilidad; y un 16% estrés y ansiedad. Pero, de manera paradójica, estos mismos encuestados no asociaron de forma generalizada estos efectos con un deterioro significativo de su bienestar.

Este fenómeno puede entenderse como una forma de resignación o normalización. Ocurre cuando las personas, expuestas de modo prolongado al ruido, terminan acostumbrándose a este. No porque deje de afectarles, sino porque perciben que no tienen capacidad para modificar su entorno.

El ruido deja así de identificarse como un problema, aun cuando sus efectos persisten. De ahí la importancia de fortalecer la concienciación pública y avanzar en políticas que reduzcan la exposición.

En un contexto de restricciones presupuestarias, resulta clave no solo mantener, sino también profundizar las políticas públicas en materia de contaminación acústica, tanto a nivel nacional como local. Esto implica seguir avanzando en la regulación de las emisiones de ruido y las normativas asociadas, pero también integrar mejor esta problemática en ámbitos como el transporte, la movilidad y la planificación urbana. Muchas pistas existen en este sentido: desde el desarrollo de la electromovilidad y la movilidad activa, la realización de planes de prevención del ruido, la creación de zonas tranquilas, hasta la aplicación de proyectos innovadores de paisajes sonoros, entre otros.

Es fundamental incorporar hoy el ruido como una dimensión relevante de la política urbana e impulsar ciudades más habitables y equitativas.

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Daniel Lillo