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La Plaza de los Cuartos Medios

Hace años que no voy al INBA. Lo que he visto en las noticias me dice que lo que vería es algo que destruiría el lindo recuerdo la época que vivimos con mis compañeros.

El otoño en el Internado Nacional Barros Arana era melancólico, las tardes se ponían más frescas entre patios sombreados por los altos pabellones inaugurados en 1902. Junto con las hojas amarillentas, caían las nueces “pecan”, una rareza que disfrutábamos al pasar del patio de los segundos medios hacia la cancha de futbol y la cancha de tenis.

En 1979, cuando estaba en cuarto medio, el otoño fue distinto, el pabellón donde estábamos los seis cursos desde mi 4to A al 4to F, era diferente. Nuestros dormitorios y salas de clases eran las más modernas y alejadas del colegio, un edificio de los años 60, en un área a la que se pasaba por un pórtico oscuro tipo túnel desde el viejo patio de los terceros medio. Se llegaba a un patio de tierra con la sombre de una solitaria paulonia de grandes hojas. Nada más había allí. Detrás del edificio había otra área, bastante grande, también un peladero. No había canchas de basquetbol, ni bancas para sentarse bajo los árboles, ni pizarras adosadas a los muros para dibujar fórmulas o bien groserías, ni mesas de pin pon, nada.

En los recreos la actividad principal era jugar a la rayuela con unas monedas apuntando a una línea dibujada en el suelo y fumar. Sí, uno de los derechos de los alumnos del último curso era la posibilidad de fumar, sin detención el viernes. Se fumaba hablando del futuro universitario, de la prueba de aptitud académica, de si había alguna polola en perspectiva con la que verse el viernes cuando saliéramos.

Desde tiempo inmemorial la tradición de los cuartos era que en la última semana de clases se salía a asaltar a los cursos menores. Entraba un grupo grande a una sala cualquiera, tomaban los cuadernos de los alumnos del curso que fuera y les hacían “repollos” a sus hojas. Dibujaban los clásicos Walt Disney en las paredes y pilares indefensos de otros patios. Unos cuantos vidrios, por ocasional desventura, terminaban su vida tempranamente, en las refriegas entre atacantes y defensores.

Mis compañeros y yo habíamos sufrido ya por cuatro años esta tradición. Y si todo seguía igual, era la oportunidad de infligir la misma suerte a quienes venían detrás nuestro. Pero ese año algo fue diferente.

Lo recuerdo ahora, en este otoño 2026, porque en tiempos de refriegas estériles puede quizás ayudar a inspirar la esperanza de que la historia no está escrita, que depende de lo que decidimos hacer cada uno. No estamos obligados a hacer tonteras porque siempre se han hecho.

La historia partió un año antes. En 1978 varios de los que liderábamos cursos de tercero convencimos al rector de que lo lógico era que el centro de alumnos fuera responsabilidad de nosotros, porque los compañeros de cuarto debían concentrarse en sus estudios y la crucial Prueba de Aptitud Académica (nota para lectores jóvenes: eran años de dictadura, el rector del colegio designaba a dedo al centro de alumnos). Tuvimos éxito y nos dieron el centro de alumnos.

Al año siguiente, cuando teníamos que ceder el poder, dado que lo que habíamos hecho “tan bien”, se nos ocurrió que lo lógico era que nos mantuvieran en los cargos, para aprovechar la experiencia. Unos descarados, desde luego, pero teníamos un punto, que es el título de esta columna.

Le dijimos al rector que nuestra generación quería ser diferente, iniciar una nueva tradición. Queríamos construir algo por nuestro colegio, por la institución que nos había recibido como niños y que nos entregaba de vuelta como jóvenes preparados para la siguiente etapa en la vida. No queríamos rayarla, ni romper vidrios, ni aterrorizar a los chicos de octavo. Queríamos hacer una plaza en el peladero ese detrás de las salas. Un lugar que quedara para las generaciones que vendrían después que nosotros, que tuviera sombras acogedoras, con abejas que vinieran todo el año a buscar flores.

Y así partió todo. Cada presidente de curso tuvo que convencer a sus respectivos compañeros del plan, y todos lo logramos.

El rector consiguió que el departamento de aseo y ornato de la municipalidad nos recibiera. Fuimos y conseguimos que nos ayudaran. Enviaron a un paisajista que midió y propuso un diseño de seis sectores en el terreno de lo que sería la plaza, uno para cada curso.

Ahí partió el trabajo de verdad. Nos organizamos y en grupos desde la A hasta la F, con picos palas y azadones, nos dedicamos a preparar el suelo, delimitar los sectores.

Anécdota: como yo había estado encargado del plan con el paisajista, había conseguido que el sector del 4to A fuera el más pequeño, lo cual había “vendido” como un logro a mis compañeros. Al primer picotazo que dimos en el reseco terreno que nos habíamos asignado, la picota rebotó. Bajo los primeros 5 cm de tierra estaba la loza de concreto de lo que décadas antes había sido la lavandería del colegio.

Así mis compañeros y yo tuvimos que estar como egipcios trabajando una o dos semanas más que el resto removiendo el maldito cemento. Mi carrera político estudiantil estuvo cercana a su fin esos días.
Llegaron las plantas y los arbolitos, que nos regaló la municipalidad. Todo fue plantado según el plan.

Cada curso se hizo cargo de regar, abonar y cuidar lo que le correspondía, según las instrucciones que nos dieron. Para cuando llegó la primavera, había flores, teníamos unas bancas y los arbolitos dieron sus primeras hojas.

La última semana de ese año hubo un acto de entrega de la plaza al colegio y a los compañeros de tercero, a quienes les dejamos el encargo de cuidarla, de tomar la posta. Instalamos un letrero metálico que debía durar años que decía simplemente “Plaza de los 4to Medio, INBA, Generación 1979”.

No vimos crecer esos árboles, no nos sentamos a su sombra, pero cientos de otros muchachos como nosotros sí lo hicieron, por décadas.

Por algunos años los cuartos no se despidieron destruyendo o afeando a su colegio, molestando a sus compañeros más chicos.

Hace años que no voy al INBA. Lo que he visto en las noticias me dice que lo que vería es algo que destruiría el lindo recuerdo la época que vivimos con mis compañeros.

Algo pasó en Chile que se cree que destruyendo pueden mejorar las cosas, en lugar de juntarse a trabajar juntos.

Nuestra plaza es prueba de que eso no tiene que ser así. Que cuando hay liderazgo es posible romper la inercia de la violencia torpe y primitiva. Los Manoucheri y las Cicardini no tienen por qué ser ejemplos para seguir. No estamos condenados a repetir ciclos de falta de respeto por el otro.

Allí siguen los árboles que plantamos, hoy son viejos, pero algunas fueron jóvenes, como nosotros.

En el mundo actual, cuando soplan vientos fríos de guerra y desencuentro, Chile necesita líderes que busquen equipos que nos lleven a todos a plantar nuevos árboles, que luego nos cobijen todos.

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