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El himno de nadie

Lo que alguna vez sonó como apertura cultural hoy empieza también a mostrar desgaste: la mezcla convertida en fórmula, la diversidad reducida a textura, la identidad transformada en decorado.

La confirmación de Shakira como una de las voces oficiales del Mundial 2026 -esta vez junto al nigeriano Burna Boy- probablemente dice algo más profundo que una simple noticia pop. Será su cuarta participación musical ligada a un Mundial, después de Alemania 2006, Sudáfrica 2010 y Brasil 2014. Más que una coincidencia, parece la consolidación de un modelo cultural muy específico.

Shakira no es aquí el problema. Es el síntoma.

Durante buena parte del siglo XX, los himnos deportivos parecían aspirar a representar un lugar. El primer himno oficial de un Mundial, el de Chile 1962, todavía pertenecía a una lógica nacional y ceremonial. Italia 90 encontró algo parecido con Un’estate italiana: una canción inseparable del clima emocional y cultural de ese torneo. Pero hacia fines de los 90 algo cambió. Y probablemente La Copa de la Vida de Ricky Martin marque el momento exacto en que el himno mundialista dejó de ser acompañamiento para transformarse en industria global.

Desde entonces, la pregunta ya no parece ser qué sonido representa al país anfitrión. La pregunta es qué sonido puede funcionar simultáneamente en todas partes.

Ahí aparece Shakira como figura reveladora. No porque haya que cargar sobre ella la responsabilidad de una transformación que la excede, sino porque su trayectoria permite leer muy bien ese tránsito: una artista nacida desde marcas culturales reconocibles -pop colombiano, herencia árabe, rock latino de los 90- que en su expansión internacional fue incorporando lenguajes y códigos cada vez más compatibles con el mercado global.

Lo que alguna vez sonó como apertura cultural hoy empieza también a mostrar desgaste: la mezcla convertida en fórmula, la diversidad reducida a textura, la identidad transformada en decorado.
Muchos himnos deportivos recientes habitan precisamente ahí. Percusión internacional, coros de estadio, frases multilingües y referencias culturales lo suficientemente visibles como para sugerir pertenencia, pero lo bastante diluidas como para no incomodar a nadie.

Quizás esa sea la paradoja. En el evento que más dramatiza la pertenencia nacional, la canción oficial suele aspirar a borrar las diferencias bajo una misma superficie festiva. Lo que antes podía ser una celebración de un lugar, hoy muchas veces parece una simulación de diversidad.

El problema no es que estas canciones sean globales. La música popular siempre ha vivido de cruces y mezclas culturales. El problema aparece cuando lo global deja de ser encuentro y se convierte en plantilla. Cuando la identidad deja de ser expresión y empieza a funcionar apenas como un recurso reconocible.

Y ahí Shakira vuelve a ser interesante. No como culpable, sino como emblema de una época en que la identidad latina pasó de ser una fuerza expresiva a convertirse, muchas veces, en un lenguaje estandarizado capaz de sonar familiar en cualquier parte del planeta.

Por eso tantos himnos recientes se olvidan rápido. No porque les falte producción o eficacia, sino porque cuesta descubrir en ellos una identidad real, un paisaje reconocible o una emoción verdaderamente propia. Algo que no parezca diseñado para pertenecer, exactamente, a todas partes y a ninguna al mismo tiempo.

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Foto del Columnista Mauricio Jürgensen Mauricio Jürgensen