La desconfianza suele analizarse como un problema político o cultural. Pero antes que eso, es un problema económico y social. Una sociedad que desconfía funciona peor. Coordina peor. Innova menos. Fiscaliza más. Litiga más. Y termina gastando enormes cantidades de tiempo y recursos en verificar aquello que en sociedades más cohesionadas simplemente se presume: la buena fe.
A mayor confianza, las personas cooperan con menos fricción, las instituciones operan con mayor legitimidad y las empresas pueden construir relaciones de largo plazo. Cuando desaparece, todo se vuelve más lento, más caro y defensivo.
La OCDE ve una relación directa entre la confianza interpersonal y la confianza en las instituciones públicas. Quienes creen que los demás actuarán correctamente también tienden a confiar más en el Estado y sus organismos. Lo inverso genera un círculo vicioso: instituciones débiles alimentan sociedades desconfiadas, y sociedades desconfiadas deterioran aún más sus instituciones.
Chile parece haber entrado hace tiempo en esa espiral. Lo más preocupante no es solo la baja confianza en las instituciones. Es la erosión de la confianza cotidiana entre las personas. La sospecha permanente se ha convertido en una norma de convivencia. No es menor el hecho que las instituciones que generan más confianza entre los chilenos sean Carabineros, PDI, FFAA y luego las universidades. Y eso tiene consecuencias concretas. Una empresa que desconfía de sus trabajadores multiplica controles, burocracia y supervisión. Trabajadores que desconfían de la empresa reducen compromiso y colaboración. El Estado que desconfía de los privados crea sistemas cada vez más rígidos y procedimentales. Los privados que desconfían del Estado judicializan decisiones y privilegian estrategias defensivas antes que innovadoras.
El resultado es una economía donde aumentan los costos de transacción. Contratos más extensos, regulaciones más complejas, más tiempo invertido en resguardos que en creación de valor. La desconfianza es, finalmente, una gigantesca máquina de improductividad.
Esto es particularmente grave porque el desarrollo humano siempre ha dependido de la cooperación. Diversas investigaciones sobre evolución cultural muestran que la principal ventaja adaptativa de nuestra especie fue la capacidad de colaborar y aprender colectivamente. El progreso humano surgió de la circulación de conocimientos entre grupos, donde las innovaciones podían difundirse y perfeccionarse socialmente. La confianza y la interacción con otros no fueron un complemento del desarrollo: fueron su condición de posibilidad.
En ese contexto, la comunicación adquiere un rol central. No como herramienta cosmética ni como simple gestión de imagen, sino como infraestructura básica de la confianza social. Las personas, las instituciones y las empresas construyen confianza cuando logran reducir incertidumbre, explicar decisiones, mostrar coherencia entre discurso y conducta y generar espacios reales de escucha.
La comunicación cumple precisamente esa función: crear condiciones para la cooperación. Allí donde predominan el silencio, la opacidad o los mensajes contradictorios, la incertidumbre ocupa rápidamente ese vacío. En cambio, cuando se construyen relatos compartidos, transparencia y capacidad de diálogo, es posible restaurar vínculos incluso en contextos de alta fragmentación.
Las redes sociales, además, amplifican emocionalmente el antagonismo. El problema es que una sociedad expuesta permanentemente a la sospecha termina normalizando la idea de que toda institución es ilegítima, toda empresa abusiva y toda persona potencialmente deshonesta.
La irrupción de la inteligencia artificial agrega una nueva dimensión a este problema, por una parte, tiene el potencial de aumentar enormemente la productividad y acelerar procesos de innovación. Pero también puede profundizar la incertidumbre y la desconfianza si no existen mecanismos claros de transparencia y comunicación.
Quizás uno de nuestros principales desafíos como sociedad no sea únicamente económico ni institucional, sino relacional. Comunicar es fortalecer relaciones, no solo bajar información como creen muchas empresas o controlar la agenda como pretenden (ingenuamente) muchos políticos. No necesitamos más cuñas, reels o tuits de impacto rápido; urgen relatos que convoquen a un espacio de relaciones comunes.