¡No se asuste! Sé que el titular evoca muy malos recuerdos a la gran mayoría, pero no me refiero a aquello, sino al proyecto de reconstrucción nacional, desarrollo económico y social.
Mucho se ha escrito al respecto, con un debate inundado de expertos en los medios que
muestra lo relevante que es hoy la economía para las personas. Y cómo no, si el desempleo supera el 9%, crisis que se profundiza en mujeres y especialmente en jóvenes con cifras que superan el 10% y el 24% respectivamente, y el último IPoM del Banco Central nos muestra un panorama sombrío para el 2026, con un techo de crecimiento del 1,75% y una inflación de 4,2%. Más desempleo, menos crecimiento, más inflación: mala ecuación.
Hace poquito me tocó debatir en ICARE sobre la relevancia de avanzar con este proyecto, más allá de los ajustes técnicos que en el margen son necesarios. El principal motivo es que el proyecto combate directamente las causas de nuestra actual mediocridad. Primero, las sucesivas alzas de impuestos, que en lugar de aumentar la recaudación frenaron la inversión y el crecimiento al reducir nuestra competitividad. Solo un par de datos: después de haber subido el impuesto corporativo de 20 a 27% seguimos recaudando lo mismo, en torno a 4% del PIB, la inversión se contrajo un 2,4% en el segundo gobierno de Bachelet y pasamos a crecer menos que el mundo.
En segundo lugar, un aumento excesivo y en muy poco tiempo de los costos laborales —tal como lo señaló el Banco Central (septiembre 2025) y el exministro Andrés Velasco, entre tantos otros—, especialmente el salario mínimo, que en los últimos cuatro años subió en términos reales un 23% versus solo un 6% del resto de las remuneraciones de mercado; la reducción de la jornada laboral, en condiciones que la productividad no aumenta, y en menor medida, pero que generará fuertes presiones en los próximos años, el aumento de las cotizaciones previsionales.
Y, en tercer lugar, una burocracia excesiva del Estado en la aprobación de los proyectos de inversión, que por la vía administrativa han duplicado los tiempos de tramitación en la última década, lo que sumado a la enorme incertidumbre que se inyectó a la economía —entre estallido social, retiros y procesos constitucionales fallidos—, redujo a la mitad la cantidad de proyectos en evaluación. Ni hablar de la “permisología ideológica”, enquistada en muchos servicios públicos y que silenciosamente frenó tantos proyectos, por activismo y no por evidencia.
Invertir, contratar y crecer es hoy demasiado caro o, lisa y llanamente, inviable.
No repetiré cada una de las medidas del proyecto, pero lo importante es que el diagnóstico es
correcto, los principios son los adecuados y los instrumentos están bien pensados para corregir
estos tres problemas.
Tal como lo anticipamos, luego de tsunamis anunciados y actuaciones performáticas en la Cámara, ha primado la cordura en el Senado. Con una discusión bien llevada en la comisión de Hacienda, una amplia agenda de audiencias y con buena disposición general.
¿Es su aprobación la panacea? Por supuesto que no. No resolverá todos nuestros males, porque no hay bala de plata, pero golpearemos en la línea de flotación los fundamentos de nuestra mediocridad y apuntalaremos el PIB de tendencia, primer pilar que ha planteado el Consejo Fiscal Autónomo (CFA) para recuperar la sostenibilidad de las arcas fiscales.
¿Es arriesgada la apuesta? Evidente. Este proyecto es en la práctica una innovación y como todo cambio disruptivo, que rompe con las recetas antiguas, tiene un componente de riesgo. Pero no hay crecimiento sin riesgo. No hay retorno sin riesgo. El crecimiento y la inversión se gatillan cuando hay confianza y reglas del juego que se cumplen, pero también cuando las empresas hacen las cosas diferente, cuando apuestan por la tecnología, cuando invierten en capital humano, cuando diversifican sus mercados, cuando producen mejor, cuando se adaptan a las expectativas de sus clientes. Todo esto implica arriesgar, con la mejor evidencia disponible, para aumentar el tamaño de la torta. Las cosas pueden siempre salir mal, pero no hay otro camino: levantarse y corregir. Por el contrario, si queremos seguir pegados en lo mismo, sigamos haciendo lo mismo.
El CFA anticipa estos riesgos y dice que, mientras los costos son ciertos, los dividendos del crecimiento son inciertos. No hay sorpresa en aquello, esto es siempre así. ¿Es argumento suficiente para no innovar? Todo lo contrario. El mejor escenario internacional no nos puede llevar a dormirnos en los laureles. Hace hace más de una década el Banco Central acuñó el concepto de shock autónomo para referirse elegantemente a aquellas acciones Made in Chile que nos llevaron a contraer la inversión y reducir el crecimiento. Hoy el mundo está mal, pero nosotros estamos peor; estamos creciendo menos que el promedio mundial. Nuestros dolores no se explican por las crisis geopolíticas globales, sino por nuestros propios errores y omisiones. Por eso, hagamos las cosas distinto, corrijamos la tendencia, tomemos riesgos. Por todo esto, yo al menos, apruebo.