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Thayer nos avisó

Thayer, que durante años le explicó al país cómo debía pensarse la migración, resultó incapaz de administrar la oficina encargada de gestionarla.

¿Quién se habría imaginado que un declarado y entusiasta partidario de flexibilizar la migración y que repetía a quien quisiera escucharle que ningún migrante es ilegal y que migrar -aunque se haga sin papeles- es un derecho, lo haría pésimo como encargado del asunto? El desastre estaba cantado. La Contraloría, esta semana, nos dio las certezas.

No hay aquí una sorpresa ni un accidente. Hay un patrón. Luis Thayer no fue un técnico que se equivocó, fue un militante que llegó al Servicio Nacional de Migraciones a aplicar una doctrina, la misma que había repetido en cada foro y en cada entrevista, y dejó tras de sí lo mismo que el Frente Amplio en un ministerio tras otro, ineptitud y más ineptitud. Thayer, que durante años le explicó al país cómo debía pensarse la migración, resultó incapaz de administrar la oficina encargada de gestionarla.

La Contraloría no describe un tropiezo puntual. Describe un servicio que no funcionaba. Migraciones, bajo el mando de Thayer, no verificó la información que declaraban los propios solicitantes -ni el domicilio en Chile, ni la cédula del adulto responsable-; se limitó a recibir. Aprobó expedientes de reunificación con respaldo deficiente como informes policiales ausentes, certificados de antecedentes vencidos, certificados de nacimiento sin legalizar, pasaportes sin la vigencia exigida. Y, en varios casos, otorgó residencia aplicando un criterio de excepcionalidad que, dice la Contraloría sin rodeos, no estaba autorizado ni en la ley ni en su reglamento. El garantista que vivía denunciando la ilegalidad ajena terminó inventando una categoría que la ley no contemplaba.

El resto del catálogo es la radiografía de una administración que no se administraba, es decir, bases de datos con registros repetidos y RUT errados, estampados electrónicos sin código de verificación, sistemas sin perfiles de supervisor, trámites sin segregación de funciones, ninguna coordinación efectiva con la PDI ni con la Subsecretaría de la Niñez, ningún protocolo para los escenarios más previsibles. Y el dato más revelador de todos, esas gestiones, dice el informe, recién empezaron a raíz de la fiscalización. Antes de que llegara la Contraloría, nadie en ese Servicio se hacía cargo de nada.

Conviene decirlo con todas sus letras, porque es lo político de fondo, esto no es sólo el costo de un funcionario incapaz. Es el costo de una manera de gobernar. El Frente Amplio llegó a La Moneda convencido de que la convicción reemplaza a la competencia, de que basta con creer tener la razón moral para administrar bien. Y una y otra vez, en un ámbito tras otro del gobierno de Gabriel Boric, el resultado fue el mismo; la consigna intacta y el aparato del Estado casi reducido a escombros. Migraciones, sabemos bien los chilenos, es apenas el capítulo más reciente de una colección ya muy larga bochornos e impericia crónica.

La cuenta, además, no la paga Thayer. La pagamos todos los chilenos. La paga el país que necesita un Estado capaz de saber quién entra a su territorio y bajo qué condiciones; la pagan los propios migrantes en regla, a quienes un servicio desordenado les multiplica trámites e injusticias; y la pagan, sobre todo, los menores de edad que ingresaron por una puerta que el director responsable mantuvo abierta mucho después de saber que tenía problemas. Esa puerta no la abrió el azar. La abrió una doctrina profesada con porfía e insistencia por el Frente Amplio.

Y como el absurdo nunca parece terminarse, Thayer se defiende diciendo que él mismo dio aviso a la Fiscalía en 2023 y que suspendió la reunificación recién en 2025. Es la peor defensa posible. Significa que supo y que igual dejó correr. Quien advierte el problema y sigue firmando durante dos años no es la víctima del informe; es su protagonista.

La Contraloría terminó concediéndole, a su modo, su frase favorita, no encontró un solo migrante ilegal, porque para su Servicio ninguno podía serlo por definición. Lo que sí encontró fue otra cosa, la prueba documentada de que gobernar con consignas sale caro y de que la cuenta la seguimos pagando todos.

El desastre, ya lo dijimos, estaba cantado y Thayer nos avisó hace mucho tiempo.

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