Secciones
Opinión

Megarreforma: antes de la tempestad

La megarreforma, con su difícil tramitación, quiere decirnos esto: en tiempos de oleaje inesperado, la embarcación tiene que ser liviana si no quiere naufragar.

La megarreforma económica del ministro Quiroz se aprobó justo antes de que un sistema frontal inédito anegara todo el país. Esta coincidencia meteorológica no deja de estar cargada de símbolo.

La tramitación del conjunto de leyes fue todo lo tempestuosa que puede ser un paquete de reformas económicas, aun cuando la mayor parte de sus artículos ya parecía tener mayoría parlamentaria y social antes incluso de redactarse. El Senado lo aprobó por estrechos márgenes en sus artículos más relevantes, tras más de doce horas de debate que se extendieron hasta la madrugada: 26 votos a favor y 24 en contra. Nada ilustra mejor lo ajustado del triunfo.

Los mismos autores de la reforma anterior —la que desarticuló el sistema y subió la tasa a niveles inéditos en la OCDE— confesaban en mayo que aquello había sido un error. Todos, los que votaron por el presidente Kast y los que no lo hicimos, esperábamos que la economía se relanzara y que la inversión, mediante medidas que en otro contexto quizás nos habrían parecido excesivas, volviera a moverse. Los votos los tenía Quiroz desde siempre, no solo matemática sino socialmente.

Algo que es a la vez fruto de su psiquis complicada y parte de un plan mayor lo llevó a mezclar una reforma simple y perfectamente esperable con una serie de otras medidas discutibles. El orgullo de Quiroz, pero también la sensación de que las inversiones y los empresarios necesitaban su propia revolución, hicieron que este ajuste esperable del sistema tributario se convirtiera en un rediseño integral de la manera en que entendemos el Estado y su papel en la economía. Una lucha contra el Estado desde el Estado, que busca al mismo tiempo disciplinar de nuevo a un país que Quiroz juzga displicente, desenfocado, flojo, perdido, en buena medida inútil para el mundo que viene.

Este talento vengativo, esa ansia de castigo, fue quizás lo más sorprendente, sobre todo viniendo de un ministro de credenciales macroeconómicas dudosas, que tenía más que aprender que enseñar. Economista de prosa elegante, con doctorado en Duke y su propia consultora, Quiroz llegó a Hacienda como coordinador del programa económico de la campaña de Kast, ajeno al circuito académico y a los centros de estudio tradicionales.

Los recortes en las carteras de los ministerios, el bencinazo —el alza histórica de los combustibles que en marzo puso fin al subsidio del MEPCO y sacó a la gente a cacerolear a la calle—, las denuncias de desfalco que nunca se probaron, el asunto de las quejas, la obsesión por declarar el país en quiebra, enemistaron a muchos que habrían aguantado con estoicismo el chaparrón de las reformas, rompiendo la tradición de los siempre parcos ministros de Hacienda.

Vista con perspectiva, la locura de Quiroz —completamente contraria a cualquier sentido común o tradición en hacienda— tenía sentido. Quiroz no pertenece al consenso de los economistas, ni a sus centros de estudio ni a sus universidades. Sabiéndose cuestionado y cuestionable, no podía permitirse, en ningún ámbito, ser gris y revolucionario a la vez.

Que su megarreforma se hiciera impopular era, en su intento de convertirse en el Hernán Büchi del siglo XXI, perfectamente útil y necesario. Él mismo se convirtió en todo lo que la oposición odia y, al mismo tiempo, en lo único que el gobierno tiene para mostrar.

La total carencia de opinión del presidente y sus ministros en materia económica lo ayudó a concebirse esta soledad de profeta que puede llevar a su pueblo elegido por todos los desiertos posibles. Sabe que no lloverá pan del cielo ni que convertirá las rocas en agua, pero sí que la economía chilena se recuperará del estado que en parte ayudó a agravar. Cuando la cesantía baje y la inversión, tímidamente, empiece a volver, podrá convertir la megarreforma en las tablas de la ley.

Podrá decir lo que vino a decir desde un principio: que Chile salió de la mediocridad a la que lo condenó la obsesión por la igualdad, la misma que atravesó las largas marchas que recorrieron Chile entre 2011 y 2020, del movimiento estudiantil al estallido social. Y tiene razón: esa igualdad, vista como sinónimo de mediocridad, ya no nos obsesiona. Queremos crecer, como sea que se crezca. Otro ciclo lleva algunos años empezando, otro tono, otra manera de relacionarnos, en la que justamente la falta de cariño y paciencia de Quiroz resulta no carecer de sentido.

Milei en Argentina ha sometido a su país a una terapia de shock de la que muchos se quejan, pero de la que nadie parece querer salir. Algo parecido podría decirse de Paraguay. Trump también usa el castigo y el desprecio como forma de ley. Las reglas del juego se desechan porque no permiten jugar a cualquier hora y en cualquier lugar. Bien se sabe que es al revés: que sin reglas es el juego el que no tiene sentido. Pero, tal como en el fútbol, lo que importa es cambiarlas lo suficiente para que los árbitros no sepan cómo aplicarlas. Las injusticias que eso crea, la sospecha de corrupción, no importan demasiado: ha sido un gran mundial.

La idea, en el fútbol como en la economía, en la política, en la vida, es añadirle drama a la tragedia, y farsa a esta última, para que todo sea emocionalmente invivible, presente urgente. Que la competencia sea perpetua y permanente, sin que importe demasiado quiénes quedan descalificados de entrada. El sonido y la furia de los que hablaba Shakespeare, y el gran teatro del mundo del que hablaba Calderón de la Barca.

La tempestad ruge afuera mientras escribo esto; la lluvia promete ser la mayor en cincuenta años. Todo, todo el tiempo, promete superar lo de hace cincuenta años. Vivimos tiempos récord, tiempos límite, tiempos incomparables. Quizás eso es lo que Quiroz comprende mejor que cualquier otro economista académico, porque tiene una sólida experiencia en el mundo privado.

La megarreforma, con su difícil tramitación, quiere decirnos esto: en tiempos de oleaje inesperado, la embarcación tiene que ser liviana si no quiere naufragar. No vale la pena, en tiempos incomparables, ser tímido y esperable. Para tiempos extraordinarios no sirven de nada las mejoras parciales ni los remiendos.

Quiroz ama jugar con fuego porque siente que está del lado de los que no se queman. Pero olvida que el verdadero padre de la prosperidad chilena no es Büchi sino Foxley: un hombre prudente, hábil, un político de fuste, que supo encontrar acuerdos donde no existían y aprobar su propia reforma tributaria tan silenciosamente que pareciera que los historiadores del milagro chileno se hubiesen aliado para pasarla por alto.

Notas relacionadas







Virgen de La Tirana, presente y futuro

Virgen de La Tirana, presente y futuro

La Virgen representa una figura de protección, consuelo y esperanza frente a las dificultades de la vida. Cada año, los fieles realizan largas peregrinaciones como muestra de agradecimiento, para pedir salud, trabajo, bienestar familiar y fortaleza.

Ignacio Sanchez