Durante los próximos días, Roma se transformará en el escenario de un capítulo decisivo para el futuro de Líbano, particularmente en lo que se refiere a su situación interna y sus relaciones con Israel.
Las conversaciones entre Jerusalén y Beirut para implementar el acuerdo marco alcanzado bajo mediación estadounidense en junio, no son un trámite diplomático más, sino un ejercicio teórico-práctico sobre la capacidad del Líbano para dejar de ser rehén de Hezbolá e Irán.
Porque lo cierto es que hace ya muchos años, y a pesar de no haber diferencias fronterizas, la relación entre ambos países ha quedado circunscrita al conflicto militar que promueve Hezbolá desde el sur del Líbano, apoyándose en su capacidad de permear toda la institucionalidad del país.
Por eso, el plan piloto iniciado el 20 de julio en tres aldeas del sur del Líbano, donde la responsabilidad de seguridad pasó de Israel al ejército libanés, es mucho más que un ejercicio militar. Se trata de un examen real de la voluntad y capacidad libanesa de recuperar su soberanía, ya que la determinación expresada por el presidente Aoun de avanzar hacia el desarme de Hezbolá debe ir acompañada de acciones y logros.
Esto es especialmente relevante mientras crece el debate internacional sobre el futuro de la FPNUL (UNIFIL), cuyo mandato vence a fin de año. Después de casi dos décadas de presencia, esta fuerza internacional no logró impedir el rearme y fortalecimiento de Hezbolá. Repetir esa fórmula, con otro nombre o formato, sería repetir el fracaso. Cualquier decisión sobre el futuro de una presencia internacional en la frontera debe hacerse en coordinación con Israel, con un mandato que ofrezca capacidad real de disuasión y no una ficción de estabilidad.
Pero lo que está sucediendo entre Israel y Líbano no puede leerse de forma aislada. Así, por ejemplo, las declaraciones del presidente sirio Al-Sharaa, quien afirmó no tener interés en un enfrentamiento con Israel y sugirió trabajar hacia un acuerdo de seguridad bilateral, apuntan en la misma dirección que la visita del primer ministro iraquí Al-Zaidi a Washington, con miras a neutralizar las milicias proiraníes y reconstruir su soberanía interna.
A esto se suma la profundización de vínculos entre actores regionales, como el acercamiento entre Emiratos Árabes Unidos y Marruecos, lo que revela que el debilitamiento del eje iraní está abriendo espacio para que el bloque de países pragmáticos de la región se consolide, coopere y gane peso propio.
Estos no son hechos puntuales ni coincidencias diplomáticas, sino piezas de un mismo tablero. Y ese tablero, sumado a la posibilidad de ampliar los Acuerdos de Abraham a nuevos países, encierra un potencial genuino para rediseñar Oriente Medio en términos de estabilidad y cooperación.
Pero ese potencial no se capitaliza solo. Depende, ante todo, de sostener con firmeza la lucha contra Irán, que es el principal motor del terrorismo, la subversión y la inestabilidad regional.