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La crisis silenciosa de las pedagogías

Durante los últimos años el debate público se ha concentrado en mejorar la calidad de la formación docente, una preocupación plenamente legítima. Sin embargo, pareciera que hemos olvidado que, para tener buenos profesores, primero debemos lograr que existan jóvenes dispuestos a estudiar pedagogía.

Las cifras publicadas recientemente sobre la caída de la matrícula en las carreras de Pedagogía son preocupantes. Según los datos del Sistema de Acceso a la Educación Superior (SIES), los estudiantes que ingresaron a primer año de pedagogía disminuyeron un 12,3% entre 2025 y 2026, pasando de 13.380 a 11.732 alumnos. Más preocupante aún, hoy las pedagogías representan apenas el 7,3% de la matrícula de primer año, cuando en 2010 alcanzaban el 18,5%. En otras palabras, hace quince años casi uno de cada cinco estudiantes que ingresaban a la educación superior optaba por ser profesor; hoy lo hace poco más de uno de cada catorce.

Estas cifras no son un problema para las facultades de educación, son un problema para Chile. Si hoy ingresan menos jóvenes a estudiar pedagogía, en cinco años tendremos menos profesores disponibles para reemplazar a quienes se jubilan, responder al déficit que ya afecta a múltiples establecimientos.

Durante los últimos años el debate público se ha concentrado en mejorar la calidad de la formación docente, una preocupación plenamente legítima. Sin embargo, pareciera que hemos olvidado que, para tener buenos profesores, primero debemos lograr que existan jóvenes dispuestos a estudiar pedagogía. La calidad y la cantidad no son objetivos contrapuestos; son dos caras de la misma moneda.

Es cierto que elevar los requisitos de ingreso puede contribuir a fortalecer el prestigio de la profesión y eso va por el camino correcto. Pero cuando también corresponde preguntarse si la alta selectividad es la única forma posible de admitir buenos candidatos. En ello, es importante fortalecer los programas de atracción al talento pedagógico y las prosecuciones de estudios.

Con todo, sería un error atribuir esta situación exclusivamente a los requisitos de admisión. La evidencia muestra que la decisión de convertirse en profesor depende de múltiples factores como las remuneraciones, las oportunidades de desarrollo profesional, el reconocimiento social, las condiciones laborales, la creciente violencia escolar, la sobrecarga administrativa y la percepción de que ejercer la docencia resulta cada vez más complejo y menos valorado.

Mientras otras profesiones aparecen asociadas a mejores perspectivas laborales y un reconocimiento creciente, la docencia continúa enfrentando un deterioro de su atractivo. No sorprende entonces que muchos jóvenes talentosos opten por carreras distintas, aun cuando tengan vocación por enseñar.

Por ello, la respuesta no puede limitarse a campañas comunicacionales para incentivar el ingreso a pedagogía. Chile necesita una estrategia integral para recuperar el prestigio de la profesión docente. Ello implica revisar las condiciones de trabajo en las escuelas, fortalecer la autoridad pedagógica de los profesores, disminuir la burocracia que consume parte importante de su jornada, mejorar los mecanismos de apoyo a los docentes principiantes y ofrecer trayectorias profesionales más atractivas. También supone reforzar la orientación vocacional durante la enseñanza media, de manera que quienes sienten interés por enseñar conozcan realmente el impacto que puede tener esta profesión en la vida de las personas.

La pregunta ya no es si enfrentamos una crisis de atracción hacia la docencia porque las cifras muestran que esa crisis ya está instalada. La verdadera interrogante es cuánto tiempo más esperaremos para abordarla con la urgencia que merece.

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Foto del Columnista Mauricio Bravo Mauricio Bravo