Nicolás Grau redescubrió las estadísticas. Esta semana compartió en su cuenta de X un hilo del sociólogo e investigador argentino Daniel Schteingart, que muestra cómo el ingreso del decil más pobre de Chile superó al de Argentina desde 2014 y no ha dejado de sacarle ventaja. Grau lo acompañó con una frase: “Es bueno mirar los datos. A veces, matan relato”.
Uno podría alegrarse. Un extitular de Hacienda y Economía que reivindica la evidencia por sobre el relato es, en principio, una buena noticia para el debate público y sano para la democracia. El problema es el prontuario. Grau pasó cuatro años en el gobierno de Gabriel Boric, sosteniendo relatos que los datos desmentían con paciencia infinita.
Los números decían que las proyecciones de ingreso fiscal no cuadraban. El relato oficial hablaba de un país que crecía. Los números decían que el gasto público se expandía por sobre lo presupuestado. El relato insistía en que todo estaba bajo control. Los números decían que el déficit fiscal se acercaba a un nivel que ningún manual de responsabilidad fiscal recomienda cruzar. El relato de Grau y su equipo prefería hablar de resiliencia, de shocks externos, de comparaciones favorables con la región. Los datos, finalmente, decían que el desempleo se acostumbró a estar cerca del 10%. El relato aseguraba que bajaba.
El caso más reciente, y quizás el más incómodo para su nueva vocación estadística, es la acusación constitucional que enfrentó en junio pasado por las proyecciones de deuda y déficit que dejó consignadas en el Informe de Finanzas Públicas del cuarto trimestre de 2025. La Cámara la aprobó. El Senado terminó rechazándola, en una votación donde pesó más la falta de acuerdo en la derecha que una defensa sólida de las cifras. Pero el episodio deja registro de algo que no necesita libelo para comprobarse. Meses antes de descubrir que los datos matan relatos, a Grau lo acusaron formalmente de construir un relato fiscal que los datos no sostenían.
Si retrocedemos más en el tiempo, la alergia a la evidencia se vuelve todavía más nítida. Antes de tener responsabilidades de Estado, Grau y su generación, sus amigotes de Revolución Democrática y el Frente Amplio, construyeron una carrera política completa sobre la base de ignorar los datos que ubicaban a Chile entre los países de mayor desarrollo y bienestar de Latinoamérica. Ese fue el relato que pavimentó el camino al 18 de octubre de 2019 y que llevó a Gabriel Boric y Grau al poder. Un Chile descrito como desigual hasta la caricatura, como un país fallido, como lo más parecido a un infierno latinoamericano –“los malditos 30 años”- cuando los datos disponibles hablaban de Chile como el mateo del curso y con un desarrollo comparable, en algunos indicadores, incluso con países europeos o del Asía Pacífico.
Esa asimetría entre lo que decían los números y lo que la izquierda decidía repetir y repetir no fue un accidente. Fue una estrategia. Los datos que no servían se archivaban y el relato del país en decadencia se amplificaba, porque ese verso, no los datos, era el que abría las puertas de La Moneda.
Ya es tarde para pedirle a Grau coherencia retroactiva. Pero si el exministro que hoy celebra un gráfico que exhibe el éxito del modelo chileno de verdad se ha convertido a la fe de la evidencia, bienvenida sea la conversión, aunque llegue después de profesar con profunda convicción la del relato torcido. Los datos, como bien dice él, matan relatos. Lo que no admite, y seguramente nunca lo hará, es que el suyo fue de los primeros en la fila al purgatorio.