Alto, guapo, gentil, impecablemente educado en el Colegio Cumbres y la Universidad Católica, Tomás Vodanovic solía decir que venía a la política de visita. Los trabajos voluntarios, más algunas lecturas y amistades, le habían hecho descubrir la pobreza, obligándolo a salir de la comodidad de los estudios para hacer cosas por la gente. A los veinte años fundó la ONG Formando Chile, de la mano de Pablo Vidal, su padrino político, y se fue a vivir a La Pincoya, dejando Las Condes por la periferia de Huechuraba, mientras hacía clases en la Escuela Carlos Prats. La política de partido, la parlamentaria, la riña ideológica, las grandes Alamedas, no eran lo suyo, y si bien algunas veces aguantaba hacer cosas por los compañeros, nunca temió mostrar y demostrar que era otra cosa, que venía de otro lugar e iba a otro lugar. Era un cruzado, un misionero que tomaba con buen humor su atractivo sobre las votantes y con paciencia la envidia que esta buena estrella perpetua también generaba.
Maipú, esta comuna que es también una ciudad construida sobre un arenal, era el lugar donde aplicar las lecciones de liderazgo que le enseñaron después en Georgetown, en Estados Unidos. Pero el visitante empezó a quedarse. Ocho años en Maipú son muchos años para alguien que decía venir de paso, y el arenal, que iba a ser apenas un laboratorio de buenas intenciones, terminó siendo el lugar donde Vodanovic aprendió lo que ningún cursillo de Georgetown enseña: que el poder municipal, bien administrado, es la antesala más discreta y más eficaz hacia el poder de verdad. Llegó, además, a limpiar una casa ajena: heredó de Cathy Barriga —hoy procesada— un déficit municipal de 34 mil millones de pesos. El gestor prolijo y el misionero conviven en él desde el principio; solo cambia, según la coyuntura, cuál de los dos sale a hablar primero.
Algo de esa virginidad se fue perdiendo en la discusión de la megarreforma. Ahí quiso liderar a los alcaldes de las comunas populares que veían con justa preocupación el final de las contribuciones como un retorno al poder central repartiendo premios o castigos por portarse bien. Vodanovic usó todas sus armas: su porte, su estampa, su pasión por los datos, su forma rotunda aunque amable de plantear su punto sin moverse de él. Pareció por un tiempo que lograría cambiar el rumbo de la reforma, aunque sí consiguió que perdiera su popularidad inicial. Pero luego sus ventajas se convirtieron en lastres. Uno a uno, los alcaldes que representaba empezaron a ver posibilidades en las nuevas reglas del juego, mientras las comunas más ricas abandonaban la solidaridad municipal para cuadrarse con el gobierno. El Parlamento hizo lo suyo para agregar confusión al debate, y Vodanovic se fue quedando solo, demasiado alto, demasiado convencido, demasiado distinto a todo el resto para ser creíble o ser querible.
El misionero que a Vodanovic le gusta habría, como los de la famosa película La Misión, preferido quemarse con su gente. Un líder común, por otro lado, habría intentado hacerse olvidar y esperar que el tiempo pasara por alto la derrota. Pero Vodanovic no es un misionero ni tampoco un líder normal. El fracaso de su primer intento le enseñó el camino para el segundo. Vio lo que había hecho mal y apostó a hacer exactamente lo contrario. Después de una siesta para reponer fuerzas, consiguió reunirse con Jaime Bellolio —figura con peso propio dentro de su sector, exvocero de Piñera, no un cualquiera al que pueda descartarse como oportunista— y plantear con él una serie de acuerdos algo más que mínimos. Una jugada magistral que le quita al gobierno el protagonismo absoluto en la reforma del Estado y que muestra la cara de una oposición no solo dialogante, sino proactiva, despierta, positiva, lejos de cualquier prejuicio ideológico.
Todo eso consiguiendo, al mismo tiempo, al mover hacia él a uno de los dirigentes más queridos de la UDI, un estado de indignación seguro en la derecha más radical, esa que ve confirmado su adjetivo de la “derecha cobarde”. Esa indignación, lejos de perjudicarlo, es probablemente el activo más valioso que Vodanovic sacó de la jugada: nada consolida tanto a un outsider como la furia de los puros, y esta vez la furia no vino solo de republicanos —cuatro alcaldes de Chile Vamos, San Martín, Sichel, Desbordes, Luksic, también salieron a cuestionar el gesto de Bellolio, señal de que la incomodidad cruza el oficialismo entero y no solo su ala más dura. Incomodidad que consiguio al mismo tiempo con los suyos, confirmando que es un burgués de colegio particular que prefiere juntarse con gente de su colegio que con los compañeros. Todos anatemas para sus enemigos del Frente Amplio, que justamente acaba de elegir una directiva situada en el lado opuesto al suyo. Gael Yeomans se impuso el 16 de agosto sobre Constanza Martínez. El expresidente Boric, justo ahora, desautoriza desde Uruguay los atractivos de la moderación, advirtiendo que “el fanatismo por la moderación, al final, no lleva a ninguna parte”.
La radicalidad está de moda, y de moda están los políticos que no pactan con nadie, pero las modas mueren, su papel en el mundo es morir, y siempre las sigue su exacto contrario. Hoy sentarse con un contrincante a estar de acuerdo parece una traición; mañana va a ser una exigencia mínima.
Vodanovic y Bellolio entienden mejor que nadie que la única forma de oponerse a este gobierno no es arrebatarle los fanáticos, ni hacer más ruido y tirar más petardos, sino llevarse de vuelta a su casa —el cristianismo social— el sentido común. Este, por cierto, se sabe secuestrado en la nueva derecha, por más que el secuestro haya sido voluntario. Después de todo, por más que nos guste coquetear con la maldad, la venganza o el delirio, a todos nos educaron para ser buenos. Vodanovic entiende eso y hace de la bondad no solo un atributo personal sino un arma política.
Entre los suyos, sabe que la política de “en cuanto peor para ellos, mejor para mí” resulta suicida porque ese “ellos” también somos nosotros. Sabe que los que nos gobiernan han sido toda su vida oposición y que oponerse es su verdadera naturaleza, por lo que la mejor manera de ponerlos nerviosos es actuar como si siguiera gobernando. Sin pedirles nada, sin exigirles nada, solo separando de entre los delirios legislativos a los que este gobierno nos acostumbra, las medidas sensatas que un alcalde sensato, del partido que sea, aplicaría igualmente.
Vodanovic se ha negado muchas veces a querer ser presidente. De manera realista, quizás no veía, ante tantos líderes de más linaje y más horas de vuelo, cuál sería su lugar. La política era una misión, y la misión tenía fecha de término. Esta jugada magistral revela otra cosa y demuestra que, aunque quizás él no lo admita, hay en Vodanovic un presidente. Al menos está demostrando unas ganas de jugar a este juego que solía preferir negar. De manera paciente y astuta, ya no son los demás los que lo quieren ver una banda presidencial sobre sus cuidados abdominales, sino él mismo el que ha ido preparando los primeros pasos, muy preliminares pero seguros, para este cambio de domicilio.