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¿Es un mal momento para invertir cuando la economía no crece?

Las malas noticias generan miedo y las buenas, entusiasmo. Ambos pueden llevarnos a tomar decisiones impulsivas. Por eso entender el contexto económico importa, pero es distinto de intentar adivinar qué ocurrirá mañana.

Hay una reacción bastante humana frente a las malas noticias económicas: esperar. Esperar que baje la inflación. Que caigan las tasas. Que vuelva a crecer la economía. Que mejore el empleo. Que los mercados dejen de moverse tanto. En definitiva, esperar a que aparezca alguna señal que nos diga que ya pasó el momento difícil.

El problema es que, cuando esa señal finalmente llega, probablemente ya no estemos frente al mismo escenario.

Chile está justamente en uno de esos momentos. El Banco Central redujo su proyección de crecimiento para 2026 desde un rango de 1%-1,75% a apenas 0,25%-0,75%. El desempleo alcanzó 9,5% y la inflación anual llegó a 4,1% en agosto. Son cifras que naturalmente invitan a la cautela.

No son buenas noticias. Y sería un error intentar convertirlas artificialmente en buenas noticias. Pero hay algo que conviene recordar: una economía que crece poco no significa necesariamente que sea un mal momento para invertir. Tampoco significa que sea un buen momento. La respuesta es bastante más incómoda: depende.

Depende de qué se está comprando, del precio que se está pagando, del riesgo que se está dispuesto a asumir y, sobre todo, de cuánto tiempo estamos dispuestos a esperar.

Uno de los errores más comunes es asumir que economía y mercados se mueven al mismo ritmo. No necesariamente. Una empresa puede crecer en una economía estancada, un sector puede encontrar oportunidades mientras otro retrocede y un mercado internacional puede comportarse de manera completamente distinta al chileno. Los mercados, además, no reaccionan solo a lo que está pasando hoy: intentan anticipar lo que viene. Por eso pueden comenzar a recuperarse cuando los datos económicos todavía son malos.

Y esto nos lleva a una conclusión que puede resultar poco satisfactoria: no existe un semáforo económico que se ponga en verde y nos diga “ahora sí”.

Hoy, por ejemplo, Chile enfrenta una economía debilitada, pero el propio Banco Central espera una recuperación del crecimiento durante los próximos años. Para 2027 proyecta un crecimiento del PIB de entre 2% y 3%, acompañado por una recuperación de la inversión.

¿Significa esto que los inversionistas deberían anticiparse y comprar ahora? No necesariamente. Pero tampoco significa que deban permanecer al margen hasta que todas las variables se vean mejor. La diferencia es importante.

Trabajando con inversionistas vemos algo que se repite: la búsqueda de respuestas simples para preguntas que no las tienen. ¿Qué va a pasar con la Bolsa? ¿Subirá el dólar? ¿Bajarán las tasas? ¿Es buen momento para invertir?
Es comprensible buscar certezas. El problema es que, en los mercados, las certezas suelen aparecer después de que ocurrieron los hechos. Por eso creo que una conversación más útil es otra: ¿qué tan preparada está nuestra estrategia para escenarios diferentes?

La pregunta cambia completamente el enfoque. Si una persona necesitará sus ahorros en unos meses, probablemente tendrá prioridades distintas de quien está construyendo patrimonio para las próximas dos décadas. Si alguien no tolera grandes fluctuaciones, su estrategia será diferente de la de quien puede asumirlas. Y si nuestros ahorros están concentrados en un solo país, sector o tipo de activo, estaremos mucho más expuestos a que un determinado escenario termine ocurriendo.

Aquí la diversificación deja de ser un concepto financiero y se convierte simplemente en una forma de administrar la incertidumbre. No se trata de tener un poco de todo ni de perseguir lo que está de moda. Se trata de construir una estrategia que no dependa de acertar qué país, sector o activo será el ganador del próximo año.

Esto es especialmente relevante porque hoy las fronteras importan menos para nuestros ahorros que hace algunos años. Una persona en Chile puede acceder a empresas y mercados de distintas partes del mundo con una facilidad impensada para generaciones anteriores. Eso abre oportunidades, pero también exige mayor responsabilidad.

La tecnología hizo mucho más fácil acceder a inversiones que antes estaban lejos del alcance de muchas personas. El desafío ahora es que esa facilidad de acceso venga acompañada de mejores decisiones financieras. Porque hacer una inversión puede tomar minutos. Construir patrimonio toma años.

Las malas noticias generan miedo y las buenas, entusiasmo. Ambos pueden llevarnos a tomar decisiones impulsivas. Por eso entender el contexto económico importa, pero es distinto de intentar adivinar qué ocurrirá mañana.

Frente a una economía chilena que se enfría, no sería responsable decir que “ahora es el momento” de invertir. Pero tampoco que hay que esperar hasta que todo mejore. Una caída de los precios no es automáticamente una oportunidad, de la misma manera que una economía débil no convierte automáticamente una inversión en una mala decisión.Invertir siempre implica convivir con cierto grado de incertidumbre. La diferencia está en hacerlo con un horizonte claro, entendiendo los riesgos y construyendo una estrategia que no dependa de acertar qué va a ocurrir mañana. Porque el mejor momento para invertir no necesariamente aparece cuando desaparece la incertidumbre, sino cuando sabemos qué estamos haciendo a pesar de ella.

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