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La cobardía y la dignidad

Esos agresores no son un accidente, ni un puñado que se salió de control, ni la excepción que confirma la regla pacífica, como a algunos les acomoda convencerse. Son la expresión coherente de una convicción que una parte de la izquierda chilena nunca ha abandonado, la de que la calle otorga derechos que las urnas niegan.

Este jueves, en la Alameda, frente a la Casa Central de la Universidad Católica, a pocas cuadras de la plaza que cierta izquierda insiste en querer rebautizar como Dignidad, un grupo de estudiantes de Solidaridad y del Movimiento Gremial desplegó un lienzo contra el paro convocado por la Confech.

La respuesta fue insultos, empujones, gas pimienta al rostro, piedras, botellas, pintura, golpes de puño y patadas. Entre los agredidos había mujeres, a una de ellas, incluso la patearon por la espalda. Además, dos jóvenes terminaron en centros asistenciales. Conviene retener la escena, porque encierra una distinción que en Chile se ha vuelto borrosa. Es la que separa la dignidad de quien sostiene una idea en minoría, con entusiasmo y respeto, de la cobardía de quien necesita una multitud y una capucha para golpearla.

No nos engañemos. Esos agresores no son un accidente, ni un puñado que se salió de control, ni la excepción que confirma la regla pacífica, como a algunos les acomoda convencerse. Son la expresión coherente de una convicción que una parte de la izquierda chilena nunca ha abandonado, la de que la calle otorga derechos que las urnas niegan.

Es la misma lógica de los overoles blancos que impiden a punta de amenazas que los alumnos de liceos públicos entren a clases, de quienes lanzan bombas molotov a carabineros, de quienes queman buses.

Son ramas del mismo tronco que en octubre de 2019 confundió la destrucción con la justicia, que creyó (y aún lo hace), que la dignidad se consigue a punta de violencia, funas y golpes.

La vocera de la Confech, Laura Mlynarz, -que, no lo obviemos, convocó a la movilización por los recortes de un Presupuesto que todavía no se conoce- calificó lo ocurrido como un “enfrentamiento entre estudiantes” y, en la misma frase en que lo condenó, puso la supuesta represión policial en la balanza. Llamar enfrentamiento a lo del jueves es como llamar duelo a un fusilamiento. El lenguaje del empate no es un descuido. Es el modo en que se absuelve sin decirlo.

Más elocuente todavía es el silencio de las agrupaciones feministas. Son las mismas que durante los cuatro años del gobierno de Gabriel Boric se volvieron inaudibles, incluso cuando una funcionaria denunció por violación a Manuel Monsalve, entonces subsecretario del Interior. Hoy no hay declaraciones, cantos, coreografías, ni pañuelos. Tampoco se ha escuchado, habiendo ya pasado un día de los ataques, a los expresidentes Boric y Bachelet, tan locuaces últimamente en otros asuntos. ¿Es la defensa de las mujeres una causa o una credencial? ¿Merecen solidaridad las golpeadas sólo cuando “votan bien”, cuando piensan como yo?

No hay cartas, apoyos y solidaridad a las agredidas, ni tampoco condena a los agresores.

En poco más de dos semanas se cumplen siete años del 18 de octubre. De seguro habrá más marchas, violencia, barricadas y, con toda probabilidad, nuevos heridos. Lo que no está claro es qué hará la izquierda que se dice democrática, cómo reaccionará. Lo de esta semana no invita al optimismo.

El jueves, frente a la Casa Central de la Universidad Católica, un grupo de estudiantes sostuvo un lienzo y una turba respondió con golpes. Ahí quedó trazada, otra vez, la distinción. La dignidad estaba del lado del lienzo.

La cobardía, del otro.

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Foto del Columnista Juan José Santa Cruz Juan José Santa Cruz




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