No hace mucho compartimos con un tercero un documento de más de 200 páginas; revisarlo a fondo era la base del trabajo que le habíamos pedido. En menos de dos horas ya teníamos sus preguntas: un puñado, genéricas, de las que no muerden. Ni siquiera reparó en que la propia velocidad lo delataba: nadie digiere 200 páginas en ese tiempo. La aritmética era la confesión. Alguien había pasado el documento por una máquina y nos devolvía el eco.
Nos vendieron la inteligencia artificial como la herramienta que por fin liberaría el potencial humano: delegado lo mecánico, quedaría tiempo para pensar, para la estrategia, para crear. La realidad apunta en otra dirección. En lugar de liberar el intelecto, estamos anestesiando el esfuerzo. Ha nacido la VaguerIA.
Esta nueva desidia es peligrosa porque viene disfrazada de competencia. Antes, al vago se le detectaba a simple vista: su trabajo era desestructurado, impreciso, lleno de costuras. Hoy la IA ha democratizado un estándar de calidad aparente. El informe de treinta páginas llega impecable —formato perfecto, prosa fluida, ni una errata— y sin embargo no jerarquiza ningún riesgo, no toma partido, no lleva la cicatriz intelectual que solo deja haber peleado a fondo con un problema. El fenómeno ya tiene nombre y fecha: en 2025, con una generación de modelos por detrás de los actuales, investigadores de Stanford y BetterUp lo bautizaron workslop en Harvard Business Review, y cuatro de cada diez empleados en Estados Unidos decían ya haberlo recibido en el último mes. Los modelos han mejorado desde entonces; el disfraz, también. Y este junio la misma revista le puso nombre a la siguiente fase: knowledge decay — los errores pulidos por la IA pasan de equipo en equipo sin que nadie los detecte, y el conocimiento colectivo de la empresa se va pudriendo por dentro. El fraude ya no está en el documento. Se delata donde la máquina no puede acompañarte: en un examen, en una pizarra, en una pregunta a bocajarro. Llama al analista que firma la propuesta de inversión que acaba de enviarte y escucharás la retirada: «déjame verlo y te contesto». No puede defender la tesis porque la tesis nunca fue suya.
Que conste: yo uso la IA a diario, y bien empleada es formidable. Obliga a ordenar el pensamiento antes de pedir nada, devuelve ángulos que uno no había considerado, acelera todo lo que ya se sabe hacer. Pero funciona con una condición: tener criterio. Hace poco impartí un curso de Excel a gente recién salida de la universidad. El curso incluía una prueba: ejercicios de formulación y modelización financiera, una hora por delante. Cuando me senté con uno de ellos a corregirla, había poco que revisar. Él mismo me dio la explicación, sin dramatismo: las fórmulas, en su día a día, se las escribe ChatGPT. No le reproché el uso de la herramienta, pero le dije lo que pensaba: para pedir algo y darlo por bueno hay que saber qué te están entregando, y quien no sabe escribir un condicional no puede juzgar el condicional que le escriben. Ese es el problema del criterio: no se aprende con la IA; se gana con la experiencia, equivocándose, pagando el error y sabiendo reconocerlo. La máquina no puede enseñarlo porque ni siquiera lo ejerce: no sabe dudar en voz alta. Cuando ignora algo, lo tapa con una afirmación rotunda y entrega la alucinación con el mismo aplomo que la verdad. Solo quien se ha equivocado antes reconoce el olor de un error seguro de sí mismo. La paradoja es incómoda: la IA multiplica a quien ya tiene cicatrices y anestesia a quien aún no las ha ganado.
El problema es que delegar el pensamiento es cómodo, y la comodidad engancha.
Y eso abre un dilema que trasciende la oficina. Si la IA acaba haciéndolo todo por nosotros, ¿cuál es el propósito del ser humano? La pregunta no es nueva. Hannah Arendt la planteó en 1958, cuando la automatización amenazaba fábricas y no despachos: lo que se avecina, escribió, es «una sociedad de trabajadores sin trabajo», y añadió que costaba imaginar algo peor. Arendt pensaba en el trabajo manual. Nosotros hemos ido un paso más allá: estamos automatizando el pensamiento, justo lo que creíamos irreductiblemente nuestro.
El motor del hombre siempre ha sido el incentivo: superar la fricción, entender lo que se resiste, crear con las propias manos y la propia cabeza. Si el algoritmo entrega el mundo ya masticado, arrebata el sentido de la victoria, y tarde o temprano llega el hartazgo de mirar la propia vida desde el asiento del copiloto.
Si esa comodidad sin fricción se impone, no esperemos una utopía de pensadores libres. Ortega y Gasset le puso nombre al tipo hace casi un siglo: el hombre-masa, el señorito satisfecho que encuentra el mundo ya hecho, lo disfruta como si fuera aire y lo exige como un derecho, sin preguntarse jamás qué esfuerzo lo sostiene. Enfrente situó la otra forma de vivir: «nobleza es sinónimo de vida esforzada, puesta siempre a superarse a sí misma». Y advirtió el peligro: la masa no admira al que se exige; lo aplasta. Un proletariado vago, conformista, adicto a la resolución instantánea, que terminará viendo con malos ojos a quien aún decida trabajar, pelear un problema y atreverse a destacar.
La verdadera trampa de la IA no es que nos quite el trabajo. Es que, si nos descuidamos, nos quite las ganas de hacerlo.