En política, la historia tiene la porfía de repetirse casi calcada. A seis meses de asumir, el gobierno de Gabriel Boric sufrió su mayor crisis con la derrota en el plebiscito constitucional de septiembre de 2022, un golpe que marcó el resto de su mandato. Con apenas un par de semanas más en el calendario, el gobierno de José Antonio Kast enfrenta una crisis que puede definir buena parte de lo que le queda en La Moneda.
Al autorizar rebajas de condena a 56 sentenciados por abusos sexuales y violaciones contra menores, el Ministerio de Justicia alejó al gobierno, de manera dramática, de una de sus promesas centrales, que era combatir sin tregua la delincuencia y proteger sin ambigüedades a las familias, en especial a los niños. Pese a los esfuerzos de La Moneda por blindar al ministro Fernando Rabat, han ocurrido dos cosas que indican que la suerte está echada.
La primera es que la prensa tomó el tema y difícilmente lo soltará mientras Rabat siga en el cargo. Cada día aparecen nuevos detalles, unos más precisos que otros, de una decisión que nadie ha logrado explicar. Ese es el rol de los medios, y está bien que lo ejerzan. La segunda es la cacería que la oposición desplegó contra el gobierno, que ya consiguió que la Cámara aprobara una resolución pidiendo la renuncia del ministro y que está a un paso de una acusación constitucional. Aunque a algunos les incomode, es lo que haría cualquier oposición. Hasta ahí, todo ha sido parte de las reglas del juego. Guste o no.
Pero hay algo que se sale de ellas, y de manera preocupante. El diputado Jaime Bassa tuvo la inexplicable idea de inventar una conspiración global para dar fuerza a sus críticas. “Esto no es un error”, afirmó, sino la manifestación de una red de pedofilia internacional, y para completar el cuadro hiló a Paul Schäfer, Jeffrey Epstein, Donald Trump y Javier Milei. Obvio, no aportó un solo antecedente.
Bassa es abogado de la Universidad Católica y doctor en Derecho por la Universidad de Barcelona. Suma magísteres y años de cátedra constitucional en la Universidad de Valparaíso. Pocos chilenos han tenido acceso a una formación de ese calibre. Conviene, sin embargo, distinguir entre instrucción y criterio. La primera se acredita con diplomas que cuelgan en oficinas. El segundo no se imprime en ningún pergamino, y su ausencia rara vez pasa inadvertida.
Bassa lleva años así. El 15 de julio de 2021, siendo vicepresidente de la Convención Constitucional, llegó a la Tercera Comisaría de Santiago a exigir la libertad inmediata de dos convencionales detenidos en una manifestación por los llamados presos de la revuelta. No lo hizo con un escrito, como lo sugiere el Derecho, sino encarando a un carabinero con la investidura por delante. “Tengo autoridad para estar acá”, le dijo. Cinco años después, la investidura cambió y el método no.
¿En qué alivia su afiebrada tesis a las familias de los niños abusados? ¿Qué agrega a la reforma legal en curso o a la responsabilidad política del ministro? Nada. Convertir sin prueba a un ministro de Estado en engranaje de una conspiración mundial pederasta no es fiscalizar, no es empatizar con las víctimas, no es buscar una solución, es simplemente miseria humana.
Lo que en realidad Bassa busca es mucho más prosaico. Posicionarse como la voz de una izquierda dura, no de esa “izquierdita cobarde” que desprecian sus seguidores, para que en unos meses su nombre suene como presidenciable de quienes creen que hacer oposición es cultivar hostilidad e infamia. Que la UDI lo lleve a la Comisión de Ética y que el reproche haya llegado también desde el progresismo le sirve más de lo que le perjudica y él lo tiene muy claro. Para cierto tipo de político, los de más baja estofa, la notoriedad es un fin en sí mismo, así que todo vale, hasta lo de más reducida calaña.
La prensa ha hecho su trabajo y la oposición, el suyo. Jaime Bassa es abogado de la Universidad Católica y doctor en Derecho por la Universidad de Barcelona. Ninguno de sus diplomas certifica que conozca las reglas del juego, ni que quiera hacerlo.
El criterio y la honestidad no se convalidan.