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Bárbara Hernández, la Sirena de Hielo que ingresó al Salón de la Fama de la Natación: “Cuando estoy en el mar, siento que pertenezco ahí”

La deportista chilena que conquistó el máximo logro al que se puede aspirar en su disciplina, habla con EL DÍNAMO de la protección al océano, del temor al fracaso y de sus próximas metas. “Sueño con que este deporte sea más accesible”, dice.

La Sirena de Hielo, el apodo con el que Chile bautizó a la deportista Bárbara Hernández, recibió a mediados de mayo de este año el máximo reconocimiento al que un nadador de aguas abiertas puede aspirar: ingresó al Salón de la Fama Internacional de la Natación. Fue la primera persona chilena en anotar un triunfo como este y la séptima mujer en Latinoamérica.

“Esto significa mucho para mí porque vengo de Santiago, una de las regiones sin litoral de Chile y de una familia de clase trabajadora que solo podía darme el privilegio de ir a nuestro gélido mar a jugar en las olas un par de días al año“, agradecía Bárbara Hernández desde San Diego California acompañada de una de sus ídolas, la nadadora mexicana Nora Toledano.

“Espero que esta sea también una oportunidad para decirles a mi gente en Chile y Latam que siempre valdrá la pena tener el coraje de soñar en grande, abrazar nuestros miedos y seguir construyendo esas oportunidades con las que a menudo no nacemos“, añadió.

Y es que aunque parezca increíble, Bárbara Hernández ha tenido que lidiar con el miedo: aquel que va desde estar cerca de la muerte al rozar la hipotermia severa en su nado en la Antártica hasta no saber cómo va a financiar su siguiente sueño. Otros más terrenales, como el temor al fracaso han acosado a quien ha batido cuatro récords Guinness, ha sido la número uno en el ranking mundial de aguas gélidas y a quien varias veces le ha tocado ser la primera en proezas, como ser la única sudamericana en completar el desafío de los Siete Mares.

En conversación con EL DÍNAMO, la Sirena de Hielo de profesión psicóloga habla de sus siguientes sueños, su labor por la protección del océano y de cómo ha sido nadar mano a mano con lobos marinos, tiburones y criaturas bioluminiscentes. También revela su emoción al entrar al Hall of Fame. “Me faltaba el aire y trataba de no ponerme a llorar, porque ves todo el camino recorrido. Con Lalo, mi marido; estamos juntos desde antes de que me convirtiera en la “Sirena de Hielo”. Él ha visto todo: las rifas, el miedo, cuando no me daban permisos, las veces que me sentí vulnerable al tener que salir a golpear puertas, y de los cambios de equipo, que siempre son dolorosos”, relata.

También de otras victorias que tienen que ver con su niñez. “Con el apoyo y la visibilidad de auspiciadores como el Banco de Chile, la Fundación Te Apoyamos y Mazda, pude llegar a soñar en grande y buscar marcas internacionales. Por ejemplo, elegí la marca de trajes de baño Arena porque era la que buscaba con mi mamá en la ropa usada de la calle Bandera cuando no teníamos cómo comprar uno”, añade.

Los sueños de la Sirena de Hielo

—Hace varios meses dijiste que tu próximo sueño era entrar al Salón de la Fama Internacional de Natación. ¿Cómo se siente cumplir un sueño? ¿Qué tan lejano lo veías en ese momento?

Es una emoción muy grande porque no pensé que iba a llegar este año. Para entrar hay que pasar por muchos requisitos; no basta solo con tener nados muy extensos, sino que también evalúan tu trayectoria y tu nivel de influencia en el deporte. Nos da la oportunidad de visibilizar lo que significa este deporte para los latinos. Pienso mucho en todo el trabajo que hay detrás, en el equipo, en las decisiones, los cambios y lo difícil que ha sido. Por eso creo que fue tan emocionante.

—¿Esperabas que fuera, por ejemplo, en cinco años más o en un plazo más largo?

Como en diez años, de verdad. Soy la séptima latina en ingresar. La otra latina que recibió el reconocimiento junto a mí es una paraguaya que era una máquina: en la década de 1950 nadaba 300 kilómetros, una locura. Ella ya falleció. Por eso pensé que ojalá fuera en diez años, porque estos reconocimientos suelen llegar cuando uno ya no está, especialmente siendo latino. Este es un mundo muy de norteamericanos y europeos. El primer hombre que nadó el Canal de la Mancha lo hizo en 1875, y nuestro primer chileno fue en 1980. Esa es la diferencia que tenemos; son cientos de años de distancia en el desarrollo del deporte. También influye que somos un país relativamente joven.

—¿Y tienes un próximo sueño?

Sí, soy súper ambiciosa, pero no por ego. Uno de mis sueños es que este deporte sea más accesible para la gente, sobre todo en un país como el nuestro, donde tenemos una costa infinita y los deportes de mar y montaña siguen siendo muy difíciles de acceder. No debiera ser un privilegio. Aprender a nadar es algo que te salva la vida. En Chile debiéramos tener las políticas que se aplican en Australia, Inglaterra o Estados Unidos, donde la gente, por más humildes que sean sus orígenes, sí puede practicar deporte porque se lo enseñan en el colegio.

Por otra parte, ahora que nos reconocieron en el Salón de la Fama, sé que existen otros premios allí dentro, como el Poseidón, y otros que premian trayectoria e influencia. Solo ha existido una latina que ha participado en ese directorio. Ojalá algún día yo, como chilena, pueda estar allí.

—Al ver tu carrera me surgía una duda respecto a la piscina de la Universidad de Chile, que fue tu espacio de acercamiento al nado constante más allá de ir a la playa. ¿Has pensado en la posibilidad de que, si esa piscina no hubiera estado accesible para ti, no habrías tenido la oportunidad de desarrollarlo de forma sostenida en el tiempo?

Sí, lo tengo súper claro y por eso trato de visibilizarlo mucho, tanto el espacio de la piscina como el rol de mi entrenador. Esa piscina teníamos que pagarla. Hablo de treinta y tantos años atrás, cuando no existía la figura del IND con piscinas municipales gratuitas. Mi papá fue chofer de micro y taxista, y mi mamá trabajaba en lo que pudiera para pagar mis libros del colegio, así que pagar esa piscina ya era un privilegio en sí mismo.

Ser excepcional después del primer intento y la protección del mar

—¿En qué momento se profesionalizó tu carrera? Empezaste a nadar de muy niña, pero ¿cuándo se dio ese paso? Y en especial, ¿cuándo surgió el interés por nadar en aguas gélidas?

Mi trayectoria es distinta. Terminé la universidad, empecé un magíster en la U. de Chile y tenía ante mí un futuro mucho más tradicional. Ya tenía casi 30 años cuando decidí que quería ser nadadora profesional. Se veía como algo lejano e imposible, más aún siendo un deporte no olímpico. En ese minuto tenía un trabajo normal y estable, pero me dije que si no me decidía en ese momento, tal vez no lo haría nunca. Ahí aposté por el Canal de la Mancha y los mares que venían.

Antes de eso, conocí a don Andrónico Luksic en uno de mis primeros viajes a la Patagonia, hace unos 10 años, cuando las redes sociales no eran lo que son ahora. Gracias a ese apoyo, además de rifas y movimientos desde la misma universidad, pude competir al mundial en Siberia. Fue la primera vez que una latina ganaba dos pruebas en natación de aguas gélidas. Ahí entendí que era mi oportunidad.

—En otras entrevistas decías que se te hizo muy difícil entrar a las competencias del equipo nacional porque no eras rápida, pero luego encontraste esta disciplina en la que has destacado muchísimo y has sido pionera. ¿Sientes que dejas el mensaje de que se puede ser excepcional en otra rama, no necesariamente en el primer intento?

Lo intento. Trato de decirle a la gente las cosas que a mí me hubiera encantado escuchar cuando era más chica. Habría sido muy difícil sin el apoyo de mi círculo cercano, porque la gente es muy lapidaria con el fracaso. Me tocó escuchar muchas veces en la adolescencia: “¿Para qué haces esto si no eres buena, si no eres seleccionada nacional o si no estás en los Juegos Olímpicos?”. Como si amar algo por sí solo no fuera suficiente para dedicarle tu tiempo, energía y corazón, o para descubrir ese camino en el que realmente puedes ser excepcional. A veces le tenemos mucho miedo al fracaso, pero este suele ser un indicador. A mí me sirvió para darme cuenta de que, aunque nunca sería olímpica, podía aspirar a lo que siempre amé: el mar. Busco crear conciencia desde ahí, llevarme al límite, lograr cosas inéditas, demostrar la importancia del trabajo en equipo y hablar de conservación desde lo que amamos hacer.

Bárbara Hernández junto a Nora Toledano en la premiación del Salón de la Fama Internacional de la Natación.

—En paralelo, has abogado por la protección de los ecosistemas y del mar. ¿Te pasa algo parecido a los astronautas, que tras ver la Tierra desde el espacio sienten el impulso de cuidarla y llamar a otros a hacer lo mismo?

Sí, creo que es parte de nuestro mensaje. Un récord Guinness o el ingreso al Salón de la Fama por sí solos no son suficientes. Nunca basé mi carrera en la importancia de las medallas. Para mí, el valor de estos logros excepcionales radica en el espacio que me gano para poder hablar de lo que realmente importa: la creación de áreas marinas protegidas, la presencia de Chile en la Antártica o la regulación de la extracción de krill. Por eso trabajo con organizaciones internacionales como Antártica 2030.

—Además de sentir el mar como propio para cuidarlo, ¿qué crees que falta en Chile para que las personas tomen esa conciencia de protección del océano, o crees que ya está encaminada?

Creo que debemos seguir visibilizándolo, pero esto va de la mano con el acceso. ¿Cómo va a cuidar la gente un océano que siente que no le pertenece? Pasa lo mismo con la montaña: siguen siendo espacios de unos pocos y poco asequibles para la mayoría de los chilenos. También falta legislación alineada con esto. Si las personas que van al mar o a la cordillera crean esa conciencia, solo entonces se lo podremos exigir a quienes toman las decisiones. Nosotros debemos exigirlo; no da lo mismo por quién votamos ni quién nos representa.

—En paralelo a tus entrenamientos, muchas veces tuviste que trabajar para costear tus gastos básicos. Antes de completar el reto de los Siete Mares, hablabas de haber aprendido a convivir con la incertidumbre de la falta de financiamiento, la cual calificabas como más angustiante que el dolor físico en aguas gélidas. ¿Está esa situación más estable hoy en día?

Intentamos que sí. Espero asegurar bien el presupuesto del ministerio, porque en general toca lidiar con la sensación de que el reconocimiento a lo que hacemos nunca es suficiente. Esa incertidumbre es lo más complejo, y por eso me entiendo tan bien con los emprendedores. Vengo de una familia de comerciantes de Patronato, así que aprendí que hay meses mejores y otros peores, y uno trata de ordenarse. Todo lo que entra a mi carrera como patrocinio o sponsor va 100% a costear los viajes y nados; de ahí no saco ni un peso para mi bencina ni mi comida. Lo mismo ocurre con los recursos del ministerio: van destinados a mi entrenador y al equipo. Yo me sustento trabajando en mis charlas a través de la agencia AGUAD Comunicaciones. Ahí mezclo la psicología con estos desafíos.

—En otros momentos de tú carrera has hablado de los sesgos de género y de cómo los habías vivido. ¿Esto sigue presente hoy en día?

Sí, todo el tiempo. Convertirte en la primera mujer de tu país en lograr algo así tiene un impacto poderoso, y trato de usarlo como inspiración para niñas y mujeres, porque en general solemos ir varios pasos atrás en comparación con los hombres. A veces los periodistas intentan compararte con un hombre, hasta que llega un punto en que ya no tienen ningún parámetro masculino de comparación. Durante mi carrera me han preguntado cosas como cuántos kilos subí o bajé, o cómo me quedaba el traje de baño después de una carrera. Cuesta que la gente se haga a la idea de que una mujer puede ser muy fuerte, enfrentar condiciones extremas en el mar y ser la primera en completar los Siete Mares, y que eso está bien.

El día a día de Bárbara Hernández (y cómo es nadar con la fauna marina)

—¿Cómo es tu rutina diaria, cómo te preparas, cómo compatibilizas el trabajo y el entrenamiento?

Mi rutina es súper exigente. Me levanto de lunes a viernes a un cuarto para las cinco de la mañana. Me voy a nadar a la piscina temperada de la Universidad Católica en San Carlos de Apoquindo, entre cinco y 12 kilómetros diarios, lo que toma entre dos y cuatro horas.

Tres días a la semana voy al gimnasio a hacer pesas para recuperarme y fortalecer la musculatura, ya que con los años han aparecido algunas lesiones crónicas en las rodillas. Ahí paso entre una y dos horas. A eso de las diez u once de la mañana empieza la “vida real” y comienzo a trabajar y en paralelo a escribir mi libro. También manejamos proyectos simultáneos; por ejemplo, estamos gestionando con un canal de televisión la posibilidad de documentar nuestros nados en territorio chileno. Mucho de lo que logramos a largo plazo requiere gestiones que realizo con dos o tres años de anticipación, como la próxima expedición para volver a nadar en la Antártica en el verano de 2027.

Si todo sale bien, espero estar acostada a las nueve de la noche para comenzar de nuevo al día siguiente. También voy al mar, como mínimo una vez al mes. Parte de mi equipo es de Valparaíso y de la Patagonia, así que nos vamos turnando para preparar la logística del nado, que incluye desde la comida hasta las luces, ya que nadamos de noche.

—¿En qué piensas en esos momentos de nado en aguas abiertas?

Me encanta. Como también trabajo con una psicóloga, parte de la preparación semanal incluye sesiones con ella para darle un lugar a mis miedos. La mayoría de la gente le teme al mar, a la profundidad o a los animales, porque nadamos con fauna todo el tiempo: tiburones, medusas, delfines. Yo no les tengo miedo; una vez que estoy en el mar, siento que pertenezco a ese lugar. Lo que me toca resolver son otros miedos, como el temor al fracaso.

Otras veces me da miedo el tema de la maternidad; como esta ha sido una carrera tan a pulso, me cuestiono si realmente quiero ser mamá o no. Son cosas que debes resolver antes de tirarte al agua, porque en el mar afloran esos pensamientos rígidos o limitantes. Cuando nado distancias largas, pienso en las cosas lindas de la vida para darme ánimo: en mis abuelos, en la rutina que a veces la gente no valora, como tomar la once los domingos con mis papás con pan amasado y queque recién hecho, o tomar desayuno con mi entrenador. También pienso en una de mis mejores amigas que está esperando un bebé; entreno con ella y paso la semana esperando saber de cuántas semanas va su embarazo. Llevar esos afectos al mar es lo que me sostiene.

—¿Te gusta ver la fauna marina?

Me encanta, aunque a veces me asusto. Cuando nadas entras en otro estado de conciencia y de repente metes la mano y tocas algo, pero como no puedes parar, sigues nadando. A veces tocas peces o texturas suaves o ásperas, y es una sensación increíble. Por ejemplo, ahora que fuimos a la ceremonia en San Diego, entrené con el equipo de una amiga mexicana y pasó un tiburón debajo de mí; era pequeño, pero sigue siendo un tiburón. También he nadado mucho con lobos marinos en Valdivia. Los de San Francisco son delgados y pequeños, y cuando mis amigos mexicanos se asustaban, yo les decía que no sabían nada, porque nuestros lobos valdivianos pesan diez veces más que esos. Escuchar a los pingüinos conversar bajo el agua en la Antártica es otra maravilla; pasan súper rápido. Esas experiencias me llenan de pura gratitud.

—También habías mencionado haber visto animales bioluminiscentes, ¿no?

Sí, las noctilucas. Durante el nado casi no hablamos con el equipo porque me puedo asustar o confundir con lo que me dicen, así que usamos códigos muy concretos. Casi siempre mi primera impresión al ver algo es pensar que estoy loca. Cuando vi delfines por primera vez, antes de escucharlos, me preguntaba qué era eso que se movía tan rápido debajo de mí. Con las noctilucas en Hawái me pasó lo mismo; pensé que se me habían cruzado los cables. Veía el reflejo de las estrellas en el mar y decidí quedarme callada para que no me sacaran del agua por estar alucinando.

—¿Qué trayecto guardas con especial cariño?

El nado en Hawái con las noctilucas fue increíble, aunque terminé nadando cuatro horas usando una sola pierna porque me rozó una fragata portuguesa. La naturaleza te regala algo maravilloso, pero también algo que duele. Además, fue la primera vez que no tuve frío, ya que el mar estaba a 22 o 23 grados; no tener hipotermia fue espectacular. También el cruce doble del Canal de la Mancha que hicimos el año pasado; fue extremadamente difícil, pero significó demostrarme que podíamos estar al nivel de las mejores del mundo en la historia de este deporte. Fue maravilloso vivirlo con mi equipo.

También guardo mucho cariño por todos los nados en Chile, como el Chungará o el Beagle, abriendo rutas nuevas. No hacemos lo que históricamente han hecho otros; buscamos multiplicar las distancias. Si lo común era nadar 1.500 metros en el Beagle, nosotros hicimos un cruce de casi 10 kilómetros. El nado en la Antártica también fue un gran logro.

—¿Cuál dirías que fue el más desafiante?

La Antártica, porque no teníamos un referente a quien copiarle la ruta. Propusimos una distancia inédita; debíamos batir un récord por casi un kilómetro y no sabíamos si era posible. Recuerdo haber estado muy nerviosa. Gestionar los permisos nos tomó casi diez años desde que surgió la idea, y trabajamos tres años directamente con un comandante para cumplir con todas las reglamentaciones. Tuvimos que poner de acuerdo y convencer a la Cancillería, a la Armada de Chile y al Instituto Chileno Antártico. Fue un miedo tremendo; pensaba si realmente se podría hacer o si moriría en el intento.

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