En el periodo más intenso de investigación se encuentra a estas alturas Cristián Rettig, luego de ser el primer y único chileno seleccionado entre 250 profesionales de todo el mundo como Laurance S. Rockefeller Visiting Faculty Fellow en la Universidad de Princeton.
Este programa especial de la fundación Rockefeller permite a académicos de humanidades y ciencias sociales llevar a cabo sus investigaciones de forma exclusiva por alrededor de 10 meses. Solo ocho, de los 250 postulantes, son seleccionados y Cristián Rettig, académico de la Universidad Adolfo Ibáñez, fue uno de ellos. El único, además, que proviene de una universidad no estadounidense y el primero en cerca de una década que ha estudiado en una universidad latinoamericana.
Según revela mediante una videoconferencia a EL DÍNAMO, se encuentra inmerso en un contexto que pese a ser altamente competitivo ha estado marcado por la colaboración entre pares, como los profesores con los que ha trabado, Philip Pettit y Charles Beitz, ambos de Princeton.
Durante los primeros tres meses, tuvo que adaptarse a una intensa a la estimulante dinámica intelectual de asistir a seminarios de diverso tipo, que exigen interiorizarse de la investigación del expositor para luego comentarla. Esta dinámica ahora, exige que él y su equipo presenten su investigación en Princeton y otros lugares de Estados Unidos. “Ha sido una experiencia muy intensa, la verdad”, dice a este medio.

EL DÍNAMO se propuso profundizar en el área de investigación de Rettig: la filosofía analítica y el estudio de la lógica del razonamiento práctico. También en saber cómo repercuten en él los cuestionamientos a las humanidades y ciencias sociales, así como a la investigación académica que ha sido objeto de debate en Chile, luego de que el presidente José Antonio Kast apuntara contra investigaciones académicas al preguntarse: “¿Cuántos trabajos generó?”. Aquí sus respuestas:
La complejidad detrás de la toma de decisiones
—Yendo a tu área de interés, investigas el razonamiento práctico y la lógica detrás de la toma de decisiones. Al leer sobre tu trabajo, me surgió una duda: ¿cómo algo que parece tan automático y cotidiano —desde labores básicas hasta conflictos políticos a gran escala— adquiere esta complejidad teórica que estudias?
Mi investigación se centra en dos cuestiones relacionadas. La primera es una exploración normativa sobre el razonamiento práctico; es decir, cómo deliberamos. Cuando una persona debe decidir qué hacer, concluye algo a partir de ciertas premisas. Mi trabajo analiza la naturaleza y el contenido de esas premisas.
Una respuesta evidente es que ese contenido incluye razones normativas: motivos que cuentan a favor de una acción versus otra. Yo analizo qué significa que exista una razón normativa, qué peso tiene dentro del razonamiento práctico y si son razones absolutas o pueden ser desplazadas por otras, y por medio de qué método se desplazan.
—¿Y cómo se desplazan esas razones?
Existe una teoría ampliamente aceptada, aunque no necesariamente correcta, que dice que el agente sopesa diferentes razones; es lo que se llama un balance de razones. Ante una pregunta práctica —como si cumplir una promesa o apoyar una causa—, en la deliberación, uno asigna valores y decide. Sin embargo, esta teoría es un poco simplista, porque no siempre razonamos solo sopesando razones, sino sobre la base de marcos delimitados por principios, lo que denominamos razones de segundo orden.
Esto suena técnico, pero significa que, al deliberar, no entran todas las razones posibles, sino un conjunto delimitado por principios que están por sobre el razonamiento. La segunda parte de mi investigación tiene que ver con la existencia de derechos o deberes directos en la deliberación y cómo entenderlos en términos de razón, o cuál es su estructura. En resumen, es un análisis del razonamiento práctico, desde un punto de vista conceptual y teórico, de la naturaleza y las premisas que hay dentro de ese razonamiento. Y si es que ese razonamiento práctico incluye, por ejemplo, obligaciones, deberes directos.
—¿Podrías darme un ejemplo cotidiano para graficar cómo entran en conflicto estos principios?
Hay un ejemplo clásico en la literatura. Supongamos que le prometo a un amigo tomar un café esta tarde. Esa promesa es una razón para actuar, pero no es absoluta. Si de camino al café me encuentro con una persona herida y soy el único que puede ayudarla, surge un conflicto: el deber de asistencia desplaza la promesa.
¿Cuál es la complejidad que viene? Que si bien el deber de asistencia prevalece, la promesa no se esfuma ni se anula por completo. Si así fuera, yo no le debería una explicación a mi amigo. El hecho de que sienta que debo disculparme y explicar por qué falté demuestra que la razón original dejó lo que en la literatura llamamos un “residuo”. Hay diferentes teorías de por qué deja un residuo. Pero esto demuestra la complejidad que tiene explicar algo tan cotidiano. Puede que yo incluya otras dentro de este balance de razones. La pregunta es ¿cuáles podría incluir? Aparentemente no cualquiera. La gente no razona simplemente metiendo cualquier razón dentro de la juguera. Estas razones son filtradas, por principios de segundo orden.
Cómo se relaciona con derechos en conflicto
—¿Este patrón de razonamiento varía según la persona o existen estructuras que se repiten independientemente de los valores individuales? Pienso, por ejemplo, en líderes políticos volátiles.
Es una gran pregunta. Mi investigación es explicativa, no pretendo decir cómo la gente debería resolver sus conflictos o qué razones deben pesar más, sino observar el fenómeno como un científico.
Incluso si dos personas llegan a conclusiones opuestas —por ejemplo, si alguien decide ignorar al herido para cumplir su promesa—, la estructura formal se puede analizar en los mismos términos : ambos operan con razones normativas, realizan un balance y lo hacen bajo ciertos principios orientativos que delimitan qué razones pueden entrar. Lo que yo intento entender es la estructura formal, abstrayéndola del contenido moral o de la decisión particular que se tome.
—En tu trabajo también hablas de cuando dos derechos fundamentales entran en conflicto. Ahí también opera esa lógica del balance de la que hablas. ¿Se relaciona con esta investigación? ¿Dónde podría aplicarse? ¿En el derecho internacional, quizás?
Ese conflicto entre derechos es parte de lo que estoy investigando. En la literatura existen dos grandes posturas. La generalista sostiene que los conflictos de derechos son genuinos y se resuelven mediante un balance: sopesas, por ejemplo, el derecho a la expresión frente al derecho a la seguridad, y decides cuál prevalece.
Por otro lado, la teoría especificacionista sostiene que los derechos son razones absolutas y que los conflictos son, en realidad, una ilusión óptica, porque si especificamos correctamente el contenido de cada derecho, nos daríamos cuenta de que encajan como piezas de un puzzle sin chocar entre sí.
Bueno, aparentemente la idea del balance, que está presente en nuestra vida cotidiana como en la práctica del derecho, no es lo suficientemente complejo, en el sentido que no sería capaz, por ejemplo, poder capturar que el razonamiento práctico no solo incluye razones de primer orden, sino que también de segundo orden, que delimitan lo que entra en el balance. No es un razonamiento chato, sino que existen ciertas asimetrías, principios que permiten jerarquizar diferentes razones.
—¿Has visto si la inteligencia artificial o los chatbots replican esta lógica humana en la toma de decisiones?
Yo diría que el fenómeno ocurre al revés: las personas ya están integrando a la IA en su propia deliberación práctica. Muchos refinan su razonamiento consultando a una IA.
Para quienes trabajan en ética aplicada, el tema es que si la IA influye en el razonamiento, necesita ser regulada y delimitada a partir de un marco de principios, puesto que existen riesgos asociados al ser asesorado por un chatbot. Esto se conecta con mi investigación, porque asume que es posible dar ese marco a partir de principios generales; es decir, asume que es posible tener un conjunto finito de principios que permitan regular la IA.
Sin embargo, esa pretensión asume el generalismo: la idea de que operamos y podemos orientarnos a partir de principios normativos generales. Esto es una premisa muy grande. Existe una teoría escéptica al respecto que representa un desafío para mi investigación: el particularismo. Para esta teoría, intentar codificar principios generales para regular la conducta humana o la IA es un despropósito, porque los principios generales carecen de lo más importante: de sensibilidad al contexto. Al ser generales, no son capaces de absorber las variables particulares de una consulta en un momento y contexto específico que incluye un montón de variables.
Aunque yo no soy un defensor del particularismo, sino de la teoría opuesta, reconozco que plantean un desafío importante. Si es que realmente podemos orientar a agentes humanos y artificiales por medio de principios generales o si intentarlo es, en realidad, un despropósito.
Investigar en el extranjero y en un contexto especial
—Pasando al programa en el que participas actualmente, ¿de qué manera te ha ayudado estar en Princeton en comparación con la rutina que tenías en Chile?
Es una posición privilegiada porque es de dedicación exclusiva a la investigación. Permite estudiar, escribir y presentar en seminarios. Hay seminarios que implican una prelectura obligatoria. Si alguien presenta un paper, el resto debemos leerlo previamente para discutirlo con seriedad. Esa sola logística genera un ambiente muy propicio para la investigación, sumado a que el grupo en el que estoy, ha sido sumamente sobresaliente y que ha buscado contribuir al trabajo de los demás, altamente colaborativo.
Además, Princeton tiene recursos de muy alto nivel, en términos de biblioteca, presupuestarios o de actividades. Para todos nosotros, mis colegas norteamericanos y yo, que soy el único extranjero, se ha dado esta situación de alta exigencia, pero a la vez de mucha colaboración.
—Te pregunto esto porque en Estados Unidos ha habido cuestionamientos políticos hacia ciertas universidades, y en especial hacia las ciencias sociales y humanidaes. En Chile hubo controversia cuando el presidente Kast puso en duda si la investigación científica genera empleo más allá de quien la desarrolla. ¿Te ha complicado llevar a cabo tu trabajo en este escenario?
En absoluto. Lo he conversado con mis colegas: Princeton funciona un poco como una isla, por lo que no nos hemos visto afectados directamente.
De hecho, más allá de lo académico, el trato humano ha sido excepcional. Han tenido gestos que me han hecho sentir como en casa. Soy consciente de que es una situación privilegiada, dentro de un contexto que es diferente. Aunque no estoy al tanto de cada detalle del debate actual, puedo decir que mi investigación ha contado con un respaldo constante, tanto en Chile como en Estados Unidos.