Sentada en su pequeño departamento ubicado en la Base Aérea de Antofagasta, con su overol de combate puesto que lleva un gran parche que luce un F-16, la teniente Francisca Caces Arias (29) habla animadamente vía telemática. Entre clases permanentes y continuas horas de vuelo, la joven se da un tiempo para conversar sobre su último logro: ser la primera mujer chilena en convertirse en piloto de combate de F-16 Fighting Falcon, el avión caza más avanzado con que cuenta la Fuerza Aérea de Chile.
A modo de contexto, la teniente Caces se acaba de unir a un club muy pequeño, ya que en el mundo son muy pocas las mujeres que pilotean aviones de combate tan avanzados. Para hacerse una idea, en Estados Unidos son solo cerca de 100 las mujeres que lo hacen, representando un mero 3% de la fuerza de combate aéreo de la principal potencia militar.

Pilotear un F-16 es una labor titánica. Primero, cada avión con los que cuenta Chile cuesta entre los 15 y los 60 millones de dólares, según la versión. Segundo, pueden alcanzar una velocidad máxima de Mach 2, o sea, sobre los 2.400 kilómetros por hora y una capacidad de maniobra de hasta 9G, lo que le otorga un poder de combate aéreo letal y una gran disuasión regional. En Estados Unidos entró en servicio en 1978, y desde entonces ha cumplido misiones en distintas guerras, como las dos de Irak. Aunque en su país de origen ya está siendo reemplazado por los F-35, son muchos países que lo siguen utilizando. De hecho, Argentina se acaba de sumar.
Para lograr su objetivo, la integrante del Grupo de Aviación N°8 de la Vª Brigada Aérea tuvo que cursar un año completo en el que sorteó un proceso formativo consistente en diversas etapas progresivas, desde una rigurosa fase teórica orientada al conocimiento de los sistemas de la aeronave, pasando por la transición al vuelo operativo, hasta llegar a fases avanzadas de combate aire-aire y aire-superficie, en donde se aprenden tácticas modernas, planificación de misiones y trabajo en equipo.
Extrovertida y risueña, la teniente Francisca Caces habla de su recorrido desde que vivía junto a su familia en Santiago. Hija de profesionales de la salud, sus padres siempre le inculcaron mucho el valor del esfuerzo y el estudio. “Siempre nos decían que era importante aprender, desarrollarse en todos los ámbitos, tratar de ser personas íntegras. No era solamente ser estudioso. También había que tener amigos, practicar deporte, desarrollarse en otras áreas. Y fue un ambiente súper bueno porque, así como yo era muy inquieta y todo me interesaba”.
Enormemente inquieta desde chica, cuenta que siempre fue muy curiosa. Quería hacerlo todo, intentarlo todo. En el colegio le gustaba estudiar, era aplicada, estudiosa, pero igual afirma que era desordenada.
—¿Y ya había alguna conexión con el mundo de la aviación?
“Me gustaban los aviones, pero sinceramente creo que viniendo de una familia donde no hay militares ni gente relacionada con el mundo aeronáutico, es difícil acercarse a esos temas por iniciativa propia. Cuando éramos chicos nos llevaban a la FIDAE y encontraba los aviones espectaculares, pero era un estímulo muy corto. No fue algo que se me quedara tan instalado desde niña. El interés real lo desarrollé más de adulta, cuando ya pude conocer conscientemente lo que era la Fuerza Aérea, la Escuela de Aviación y el mundo de los aviones”.
“Una de las pruebas más difíciles fue la cámara de 9G. Es una prueba corta, pero fisiológicamente es brutal. Cuando empiezan las fuerzas G, respirar se vuelve muy difícil. Tú botas aire y por la misma presión ya no vuelve a entrar igual. Los brazos pesan muchísimo más, la sangre se va hacia abajo y uno puede empezar a perder visión”.
—¿Recuerdas cuándo sentiste fascinación real por volar?
“La primera vez que realmente me enamoré de esto y dije ‘esto es para mí’ fue la primera vez que volé un avión, en la Escuela de Aviación. A los que queríamos ser pilotos nos sacaron a volar para mostrarnos un poco lo que era la aviación. Y no es algo común. No es normal que a los 20 años uno ya haya salido a volar en un avión. Yo la pasé increíble. Encontré que era espectacular. Pude ver lo bonito que es volar. Era septiembre, Santiago estaba despejado, con esas nubes aisladas preciosas. Además, la persona que me llevó a volar hizo que todo fuera súper ameno, me iba explicando todo lo que estaba pasando. Fue una experiencia tan bonita que literalmente me cambió la vida. Cuando me bajé del avión llamé inmediatamente a mi mamá y le dije: ‘Me sacaron a volar y tengo que ser piloto’. Sentí que después de eso no existía ninguna carrera que pudiera llamarme más la atención”.

—Pero antes de entrar a la Fuerza Aérea todavía no tenías claro qué estudiar.
“No, para nada. Yo llegué a cuarto medio sin saber qué quería estudiar porque, insisto, todo me llamaba la atención. Una semana quería ser ingeniera, otra periodista y otra médica.
Entonces apareció la opción de las Fuerzas Armadas y me la mostraron como algo distinto, donde uno hace muchas cosas. Aquí necesitas estudiar, hacer deporte, aprender temas que nunca había visto en el colegio, como historia aeronáutica o historia militar. Y me enganchó muchísimo. Desde el primer año en la Escuela de Aviación me fascinó todo: las campañas, dormir en carpa, dormir poco, exigirse físicamente. Todo eso me pareció súper entretenido”.
—¿Cómo reaccionó tu familia cuando decidiste entrar a la Escuela de Aviación?
“Siempre tuve apoyo absoluto. Desde el primer día mis papás me dijeron: ‘Está bien, es una carrera dura, difícil, con sacrificios, pero confiamos en ti’. Ellos sabían que cuando se me mete algo en la cabeza soy muy insistente y probablemente iba a terminar la carrera militar”.
—¿Cómo viviste el momento en que te convertiste en la primera mujer piloto de F-16 en Chile y Latinoamérica?
“Para mí igual fue raro porque dentro de la Fuerza Aérea siempre me sentí una piloto más. En el curso de vuelo era una piloto más, después en combate también y cuando llegué al F-16 igual. Nunca me hicieron sentir extremadamente distinta. Pero cuando vi el impacto que causó la noticia entendí que sí era algo importante, porque no existían referentes previos.
Dentro de la Fuerza Aérea, antes de mí hubo solo cuatro mujeres pilotos de combate. Y a nivel mundial sigue siendo algo muy poco común. En Estados Unidos, por ejemplo, representan un porcentaje muy bajo”.
—¿Qué significado tiene para ti este logro?
“Me cuesta un poco dimensionarlo porque es difícil ser autorreferente. Pero obviamente lo tomo con mucho orgullo y mucha satisfacción porque es algo por lo que he trabajado y sacrificado muchísimo. Ahora, personalmente siento que el mérito está en ser piloto de F-16. Independiente de si eres hombre o mujer, la exigencia y el esfuerzo son exactamente los mismos”.
—Tu nombre de combate es Cactus. ¿Cómo nació?
“Los nombres normalmente se relacionan con la inicial del nombre o del apellido. Con la letra C no encontré muchas opciones. En algún momento me gustaba Cobra, pero ya estaba ocupado. Entonces apareció Cactus, medio en broma, por el desierto y porque uno anda vestido de verde. Y con el tiempo me terminó encantando porque siento que tiene mucha personalidad y representa esto de crecer en la adversidad”.
“Siempre existe el miedo al fracaso. El curso es muy exigente. Requiere muchísimo estudio, entrenamiento físico y fortaleza mental. Hay vuelos donde uno siente que no rindió como esperaba y eso frustra mucho. Yo además me imponía cierta presión extra porque pensaba: ‘No puedo fallar’. Sentía que tal vez tenía que demostrar constantemente que sí podía hacerlo”.

—¿Qué tan duro es el proceso para convertirse en piloto de combate?
“Muy duro. Física y mentalmente. Yo creo que una de las pruebas más difíciles fue la cámara de 9G. Es una prueba corta, pero fisiológicamente es brutal. Cuando empiezan las fuerzas G, respirar se vuelve muy difícil. Tú botas aire y por la misma presión ya no vuelve a entrar igual. Los brazos pesan muchísimo más, la sangre se va hacia abajo y uno puede empezar a perder visión. Hay gente que empieza a ver en blanco y negro o con visión de túnel, donde todo alrededor se oscurece. Y la línea entre estar consciente o desmayarte es muy delgada.
También hay una presión psicológica súper fuerte porque entiendes que necesitas soportar eso para operar un avión de combate”.
—¿Alguna vez pensaste que no lo lograrías?
“Siempre existe el miedo al fracaso. El curso es muy exigente. Requiere muchísimo estudio, entrenamiento físico y fortaleza mental. Hay vuelos donde uno siente que no rindió como esperaba y eso frustra mucho. Yo además me imponía cierta presión extra porque pensaba: ‘No puedo fallar’. Sentía que tal vez tenía que demostrar constantemente que sí podía hacerlo. Pero era algo mío, interno. Nunca sentí comentarios machistas dentro de la institución. Al contrario, siempre me hicieron sentir muy integrada”.
—Es inevitable pensar en Top Gun al escucharte hablar.
“Sí (ríe). Y la verdad es que algunas cosas de Top Gun representan bastante bien la aviación de combate. Los entrenamientos entre aviones existen y son muy intensos. Hay maniobras muy dinámicas, combate simulado, muchísima exigencia física. También siento que la película representa súper bien la camaradería que existe entre los pilotos”.
—¿Qué características necesita un piloto de combate?
“Primero, ser muy estudioso. Hay muchísimo contenido técnico: aerodinámica, ingeniería, procedimientos. También hay que aprender a manejar la frustración, reconocer errores, mantener un entrenamiento físico constante y tener mucha capacidad de adaptación. Al final uno tiene que tratar de ser lo más completo posible”.

—¿Cómo se maneja el miedo?
“Estudiando mucho. Mientras más preparado estás en tierra, más seguridad sientes en vuelo. Nosotros repetimos constantemente procedimientos y maniobras. Hacemos mucho vuelo seco, donde repasamos mentalmente todo lo que vamos a hacer. La idea es llegar al avión con la menor cantidad de dudas posible”.
—También fuiste líder operacional en Super Tucano. ¿Qué aprendiste ahí sobre liderazgo?
“Fue una experiencia muy bonita porque me permitió ayudar a pilotos más jóvenes y transmitirles experiencia. Cuando uno lidera una misión también tiene responsabilidad sobre el piloto que vuela contigo. Si él tiene un problema, tú tienes que ayudarlo. Mi estilo de liderazgo siempre intentó ser muy pedagógico y enfocado en que el piloto con menos experiencia pudiera aprender lo más posible”.
—¿Cómo has visto evolucionar la presencia femenina dentro de la Fuerza Aérea?
“Cuando ingresé en 2015, la presencia femenina ya estaba bastante integrada. Había instructoras, oficiales y cadetes mujeres. Pero todavía somos pocas, especialmente en aviación de combate. Ha sido un proceso gradual y todavía hay áreas donde falta presencia femenina”.
—¿La aviación de combate y la vida familiar son compatibles?
“Sí, completamente. Evidentemente la vida militar tiene ciertas exigencias especiales, como despliegues o destinaciones, pero no existe ninguna limitación para formar una familia. Por ejemplo, si una piloto se embaraza deja de volar temporalmente por razones médicas, pero después se reintegra normalmente a su carrera”.
—Tu historia tuvo muchísima repercusión pública. ¿Cómo lo viviste?
“Con mucha sorpresa. Nunca pensé que tendría tanto impacto. Mucha gente me ha escrito contándome sus propios miedos o sueños, y eso ha sido muy bonito porque siento que puedo motivar a otras personas a atreverse. Yo también tuve miedo muchísimas veces. Cuando postulé a la Escuela de Aviación, cuando hice el curso de combate y cuando llegué al F-16. El miedo siempre estuvo ahí. Pero creo que algo importante es entender que uno no necesita ser un genio para lograr estas cosas. Soy una persona normal, con dudas y miedos como cualquiera. Lo importante es atreverse, ser constante y dar el primer paso”.
—¿Qué viene ahora para ti?
“Seguir acumulando experiencia en F-16. Recién terminé el curso y todavía soy una piloto con poca experiencia dentro de mi unidad. Y a futuro me encantaría ser instructora. Encuentro muy bonito enseñar a volar y transmitirle a otros lo que significa la aviación de combate. Poder formar nuevas generaciones de pilotos sería algo muy especial para mí”.